La noche fue frondosa

De forma pausada, la hojarasca se iba arrimando al portal, de una madera vieja, como el color de las propias hojas, ya secadas por el viento seco que se arrastraba sin murmullo entre los huecos que la selva permitía (y no siempre).

Él se había marchado con la luz encendida del amanecer, sin palabras intermedias, dispuesto a bajar al pueblo. Pero por la puerta trasera de la cabaña, el sol comenzaba a ponerse. Al son de las hojas sobre el suelo, bajaba gradualmente el color del cielo a un azul oscuro. Recostada en el lecho, sintió la sangre helada en la convulsión que la despertó, y tuvo que levantarse con rapidez, como el perro a la caricia. Ella debía permanecer atenta siempre que él se retrasase.

-Sé que volverás pronto- se repetía en voz baja.

‘Debes permanecer aquí quietita, que yo volveré’ le repetía cada día.

-Yo debo permanecer aquí, quietita como bien me dice, él sabe- y sus brazos en cruz, inmóviles, con clavos invisibles.

De la lejanía podían observarse los pueblos cercanos, las luces de las calles de barro eran pequeñas luciérnagas que se aglutinaban en la distancia, en grandes lagunas amarillentas entre la espesura, allí donde aún podían oírse las voces humanas. Ellos se habían retirado al interior negro, porque un robo se convirtió en rumor (mitad cierto y mitad verdad) que ensombrecía la figura de él, a quien llamaban (erróneamente) ‘el mestizo’, y ahí la razón de haber comenzado nueva vida rodeados del desconocimiento y el silencio que ofrece la selva.

-Él viene de lejos, pero volverá.

Sólo los animales saben que ocurría en aquella angosta casa, toda la madera oscurecida por la humedad, tomando el color de su pelo, largo y enrevesado, que de su cara se apartaba para poder divisar el horizonte (más negro a cada minuto que pasaba). Después de un tiempo asentados en aquel lugar, ella dio por sentado que su cabeza había tomado el sendero de la locura, pero qué mejor opción para un cuerpo que conserva su calor joven que el enfriamiento de su sesera, así llevaría mejor la asimilación de esa nueva realidad (pues tuvo que dejar atrás familiares, y amigos, y demás ecos que nos recuerdan que somos humanos  y estamos vivos).

-Puede que esas voces sean la suya y la de sus compadres, puede ser que sean…- se repetía, y avanzaba despacio pisando las hojas y las piedras, y se arrastraban como ella hacia su amado. El cielo ya era el lomo de una pantera, ni de la colina, ni el árbol más erguido podía ya alcanzarse las luces titilantes de los pueblos.

-Es su voz la que se acerca, sé que ese sonido pertenece a su cuerpo.

Una mano se llevaba al vientre, pues el frío comenzaba a surgir de las ramas, y chocaba contra su piel mientras caminaba por el estrecho camino hacia el fondo de la selva.

-Si viene acompañado, podrá ser buena compañía, pues hoy no habrá luna en el cielo, y todos saben que ocurre en estas noches…

Llorando, y el vestido desencajado de su cuerpo, dejaba entrever la piel erizada ante el velo negro de los árboles. La puerta golpeaba contra la jamba, y la madera vieja se torcía creando extrañas figuras sonoras, como unas uñas vivas dentro de un ataúd.

-¿De dónde volverá mi amado?- repetía frotándose las manos.

‘Debes permanecer aquí quietita…’

-¿Por qué me trajiste acá adentro? Aquí no hay voces, todas se han perdido. No laten corazones, pero se escuchan tambores, a lo lejos, cuando cierras los ojos.

De la maleza llegaba aire caliente, y ella se detuvo súbitamente.

-¿Eres tú?… O quizá es sólo el aliento del mestizo…

Y abrió los brazos, saliéndose del pequeño camino, dispuesta a abrazar la negra frondosidad, y tiró sus ropas al suelo, y rodaban junto a las hojas y el viento. En la casa sólo quedaban recuerdos, y el cuerpo de ‘el mestizo’ en su interior, en el lecho (de su amado), con su boca emitiendo un grito sordo, los ojos fuera de sí, y un collar morado en el cuello, del tamaño de las manos de una mujer. Y allí lejos sólo se oían los tambores.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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