El grito de fuego. 30 años de un país en llamas.

Desde el año 1985 a esta parte, este país aún no ha dejado de arder, ya sea por cuestiones políticas, económicas, y otras muchas (demasiadas), todas conocidas de sobra por cualquier ciudadano. En cambio, las llamas a las que me vengo a referir no se encuentran a pie de ningún titular.

Ya son treinta años los que separan estos fuegos de aquel que permitió ver la luz del álbum “De un país en llamas”. Tercer LP del grupo Radio Futura, aquellos músicos, una rara avis en el panorama del rock/pop español de comienzos de la década de los 80. Refrescando el calor de la memoria (y también para los que desconocen de su trayectoria), la formación arribó a las costas musicales españolas con el pastiche ‘nuevaolero’ “Música moderna” (1980), que recogía con ritmos funky, pop-glam y algo de rock (aunque a saber en qué lugar se encuentra), algunos de los singles con los que triunfaron primeramente, y que aún se recuerdan: de ejemplos ‘Enamorado de la moda juvenil’ y ‘Divina’, letras mainstream, de rima fácil (que no burda), destinadas a ser pisoteadas sin dilación sobre la pista de baile. No había compás en su sintonía, aquello fue un producto exageradamente comercial parido de la efervescente mente del artista plástico (y teclista, de añadido) Herminio Molero, y ambos hermanos Auserón reflexionaban sobre la evidente descoordinación ideológica entre los zaragozanos y el pintor: ‘En aquella época éramos colaboradores: la línea la marcaba Herminio […]’, ‘Aquello fue un producto tan manipulado desde el punto de vista de la producción y de la comercialización, que no nos reconocemos en él. Somos conscientes de que a gente que le gusta Radio Futura, aquello le hace gracia como objeto cultural histórico. A nosotros nos gusta también. Nos divertíamos con esa actitud ambigua y ‘semiperversa’, diciendo: vamos a tocar en plan punki este pasodoble de Herminio Molero que era “Enamorado  de  la moda juvenil”. Pero tanta ambigüedad era extrema: atrae mucho desde el punto de vista del interés publicitario, pero compromete poco con un proceso de creación durable’, afirmaban Luis y Santiago respectivamente en unas declaraciones del año 1998. Tras esta salida, la tormenta de arena (juicios, contrato discográfico engañoso incluido) dejó de arremeter contra el joven grupo.

Como buen nadador en influencias, tanto musicales como literarias, Santiago Auserón tomó el timón de su buque errante, y no dejaría de serlo, para lanzarse a la búsqueda de una huella sonora propia, surgida de las aguas colectivas del rock español. La ola intermedia llegaría con la salpicadura de la canción “La estatua del jardín botánico” (1980), primer sello reconocible de la banda, por partitura musical y lírica (surgido, según su autor, ‘de la existencia de otros mundos dentro de los estanques’, basado en las monadologías de Leibniz), que alcanzaría su apogeo en la cresta que supone “La ley del desierto/La ley del mar” (1984), disco que divide su contenido entre dos elementos: la arena del desierto, mecida en su salvaje aire caliente, y el arrullo del mar, en su vaivén delicado y metálico. Rechazado por Hispavox, el álbum supone el asentamiento de la filosofía del grupo: búsqueda rítmica y letras especialmente cuidadas. Conteniendo el gran éxito “Escuela de calor”, un paseo por parajes veraniegos y urbanos sustentados en un ritmo de batería africano, uno se percata  de la gran diferencia que existe entre sus compañeros musicales de época (¿la primera canción del verano… inteligente?). Santiago Auserón, proveniente de sus estudios de filosofía en Madrid y París, supo cautivar a sus oyentes a través del cuidado de la palabra y su elaboración en la fusión musical, como el oído percibe en “Hadaly” (basada en el personaje de “La Eva futura” de Auguste Villiers de l’Isle-Adam) o “Semilla negra”, primer acercamiento a los ritmos latinos. La miel de las ventas y los directos bañarán sus bocas, tenían la veda abierta, y a finales de otoño de 1984 se apartaron para la elaboración de nuevo material.

Bajo el frío londinense, se experimenta con lo esbozado en tierras españolas, alumbrando al año siguiente su tercer disco. “De un país en llamas” (1985) es una esquina oscura en la discografía de Radio Futura, una internacionalización de un sonido autóctono (o eso pretendían, quizás).

La factura técnica aumenta y devora el trabajo grupal, y también lo encriptado del contenido: la interpretación se vuelve libre dependiendo de cada oyente, el sonido queda oculto bajo un velo de ruidos y arreglos metálicos, palmadas lejanas y redobles tamboriles sobre el hierro. Se criticó, y hoy día es el único mal adjetivo que se le sigue pudiendo achacar, de producción barroca, aunque es precisamente ese ‘fallo’ el que hace de su envoltorio más apetitoso a los ávidos de una música de calidad. La atmósfera se levanta en este disco como la arena sobre las ruinas, sus diez canciones quedan envueltas en una bruma sombría que alberga voces que proclaman a tientas una serie de situaciones, lugares o reflexiones acerca de lo que rodea al individuo, voces errantes en un paisaje plagado de imágenes violentas e impactantes.  Ya el título destaca, indicando una procedencia, dejando patente que se encuentran en pleno viaje, y la memoria decide mirar hacia atrás, cuyo remite tiene que ver con un hecho que sucedió en pleno viaje por carreteras andaluzas: en el tour de “La ley del desierto…”, toparon con la visión de la tradicional quema de rastrojos campesina, altas hogueras entre ramas secadas al sol. Aquella imagen hace que Santiago Auserón pase una capa de pintura negra a sus letras. “No tocarte” puede entenderse como lo más cercano que puede haber en el disco, y casi en toda la discografía del grupo, a una declaración de amor. Si en algunas letras de “La ley del desierto/la ley del mar” se apreciaba la palpación en aras del deseo, aquí se mantiene una distancia autista, una especie de adoración juvenil oscura: ‘No tocarte y pasar todo el día junto a ti/ […]/Ve despacio, el bosque se llena de humo/[…]/ Dame un poco de leche y del pastel de mamá/ no comprendo tu cara de felicidad/ Sé que estás pensando en cuerdas y cuchillos/ no voy a tocarte, prefiero no mirarte’. La extrañeza en la figura humana aparece ilustrada en “El tonto Simón”, radiografía de un cualquiera, portador de la desdicha (‘Dicen que siempre cuentas la misma historia/ […]/Que tu padre murió por quemar la iglesia/que tu desdicha es castigo del señor’), un hombre que va divirtiendo al personal con una historia repetida en bucle, un personaje desterrado de la sociedad (quizá debido a cierta deficiencia mental, pues en letras inteligentes, un ‘tonto’ nunca es gratuito) y echado a los brazos de la naturaleza, al guardo de los luceros y animales. También en “Han caído los dos” y “Un vaso de agua (al enemigo)”, pero con diferencias importantes: en la primera, dos personas se encuentran en una prisión, interpretándose que ha sido cavada en el suelo, vigilados por ‘un mismo dios, un punto de vista exclusivo’. Puede recordar al cuento de Borges “La escritura de Dios”, en la que un hombre, buscando unas enigmáticas palabras, cae en un encierro acompañado de una fiera. En la canción, Santiago Auserón incluye un elemento femenino (‘Ella sabe lo que el hombre espera, sin haberlo aprendido’), para así poder encontrar un elemento de discordia común entre los prisioneros (pocas veces se ha leído-escuchado una discusión de amor tan literaria como ésta). En la segunda, no hay figura humana, sólo una sombra que huye de un error grave, socorrido por una visión (puede que la muerte, como salvación). Así de nuevo, encontramos (como en la poesía de Baudelaire y Mallarmé) el enfrentamiento a demonios ajenos, que a su vez, se reflejan en los propios.

“La ciudad interior”, “El viento de África”, “En el chino” y “La vida en la frontera” (posiblemente el mejor trabajo del disco) presentan las peculiaridades del entorno, bajo la mirada de Auserón: en primer plano, la tierra abierta, su calor (‘[…] hay vientos que abrasan/ y vientos que secan la mente?), danzas (‘Bailan las mujeres en la hoguera/ desnudas, con el rostro cubierto’) y peligros (‘Es mejor callar, cuando es preciso’) constituyen un fresco atrayente de la naturaleza (aunque no exenta de amenazas), una visión exótica (algunos ecos a Juan Rulfo, también a los simbolistas franceses). En segundo, la ciudad, el reino del asfalto, de la velocidad (‘Una inquietud
más veloz que la luz/ recorriendo la ciudad’
) y de la sumisión a la soledad (‘Te he clavado mi navaja/ Estoy acostumbrado a morir’). Como anexos, más cercanos al paroxismo, tenemos “En alas de la mentira” y “Las líneas de la mano”, sonoramente enclaustradas. Son sendas reflexiones sobre el tiempo y el embrujo de las palabras, de divagaciones místicas (‘Ha venido un ángel y el cielo existe/ Ya no tengo más que perder/ Mis presentimientos han estado puliendo la verdad’) o las decisiones que marcan un destino (‘Cuando tus dedos trenzan los hilos del porvenir’).

¿Han quedado huellas en la cultura musical posterior a este grupo? Posiblemente, puedo afirmar que escasas. Radio Futura fue un grupo único en trayectoria, géneros musicales explotados, manera de componer, etc. Ningún grupo español, rock o pop o cualquiera, ha conseguido seguir su misma senda (aunque tampoco demasiados lo han citado como influencia, no refiriéndome a la sonora). Este fue un disco de transición, gestado en plena crisis, pues antes de la llegada de “La canción de Juan Perro” (1987), el grupo reformaría sus posiciones. En su momento, España también se encontraba entre diversas reconversiones, quizá, debido al permanente estado de convulsión político-económico-social (y la resaca que había dejado la movida), fuese bullendo el caldo de cultivo para esas efervescencias más terrenales, más incombustibles, para la creación de algunas de estas telúricas letras. Eran un grupo de indudable savoir faire difícil de continuar, fueron una estela de fuego que no dejó brasas tras de sí. Sólo queda (de vez en cuando) volver la vista atrás y observar las altas sombras de aquellos fuegos, pero también las musicales, y así ‘acabar con las voces de lo incierto en ti’.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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