Hembrismo

Me sorprende una amiga, menos machista que yo por cultura y naturaleza, cuando hace uso del jodido neologismo sin ninguna claridad ni distinción a cuenta de un argumento político.

Qué duda cabe, sin embargo: La misandria, u odio a los hombres, varones nosotros, es otro ejercicio más de exclusión metafísica basado en un desprecio fundamental. A mí no me viene bien, y es que no creo que a nadie, si pensamos en un bien social o comunitario donde quepamos todos y de una vez sin mucho ruido ni revanchismo.

Hace ya bastantes años seguí un curso de doctorado sobre feminismo e interculturalidad en una globalización por entonces incipiente como eslogan teórico. A este ciclo me acompañaban como alumnos un cura muy abierto a conocer, no te engaño, y un montón de feministas, mujeres todas, de muy diferente cuño y moderación —o falta absoluta de ella, en algunos casos. Todos juntitos. Pero sí, algunas intimidaban por su extrema militancia (el señor cura y yo, decir, ni mu, los dos con los huevecillos en el alzacuellos como estábamos). Créeme que acojonaban. Otras, la mayoría, aparecieron allí pues como el cura o como mi menda, para aprender historia y filosofía política o porque no daban nada en la tele. El temario a mí se me prometía muy interesante, ya que en la nómina de pensadoras, junto con esa primatóloga de los Cyborgs, Donna Haraway, habría cabezas tan dispares e inteligentes como las de Judith Butler o Sophie Bessis; y además, colofón de mi mayor interés, la mamá de Mary Shelley (la de Frankenstein): Mary Wollstonecraft, junto con las sufragistas del Siglo de las Luces. Yo pretendía con las sufragistas curarme de todo ese machismo que me fue prestado (aunque ya me dan ellas con el codo aclarándome que nones).

No hubo tal curso ni tal programa, y Bessis y Butler y las Ilustradas nos fueron hurtadas a cambio de un monográfico de varios meses sobre la feminista de moda: Haraway y esa falocracia que combatir por medio de la idea de asociación y con toda su literatura de ficción universitaria. Haraway propone un mundo político ya sin sexo para luchar contra las desigualdades de sexo. No veía otra. Antes yo cazaba y tú cocinabas. Ahora tú cazas, cocinas y además tienes que sufrir a Donna Haraway y a sus Cyborgs sin gracia ni sexo. Perdemos todas.

Aquel feminismo me pareció y me parece de un elitismo tan académico que todavía estoy por entenderlo. Me pregunto qué entenderán las beneficiarias últimas de aquellas vindicaciones sociales (¿políticas?) basadas en Cyborgs asexuados, y me pregunto también cuáles serán los beneficios de hecho para todas ellas, más allá de alguna cátedra muy exclusiva como premio para alguna. Y es que me da en la nariz que mi madre o mis hermanas, beneficiarias ellas también, se habrían quedado igual que nos quedamos el cura y yo mismo ante tanto Cyborg vindicativo: In albis. Como vacas mirando al tren. Feminismo para élites académicas y muy literarias. No añado más. De la puta calle, ni una palabra. El señor cura, después de todo, ya estaba curado de espanto, pero a mí tanta iglesia y tanta milicia me estaban cargando cosa mala.

Para mi contento luego, el feminismo de Mary Wollstonecraft era sin embargo, como tuve que estudiar ya motu proprio, absolutamente inapelable y sin resquicios teóricos que denostar por muy primate que tú quieras ser. Lo entendías a la primera. Los ilustrados de L’Encyclopédie se llenaron la boca de justicia social hasta que ellas, las sufragistas más tarde, haciendo solo uso de premisas conquistadas por esos mismos varones ilustrados, exigieron sentido común, consistencia, y sufragio para todos y para ellas a la luz de ese ambiente de aparente “Iluminación”. Curioso que esa idea de justicia social, por ellos ideada, no quería referirse a la mitad de ese cuerpo social igualmente vindicado. El voto era solo para ellos. Aquello, una farsa con la que el macho enciclopedista puso su marchamo de Ilustrado en una cuarentena muy vergonzante. Y él solito.

¿Por qué cuento todo esto? Porque me parece tan peligroso no distinguir entre hembrismo, este neologismo ahora tan en boga, y un feminismo ilustrado que hasta el más bruto de nosotros defendería si se lo explican (vale lo mismo para tu madre que para tu mujer o tu novia, acaso peor pagada que ese fulano inútil de la oficina que tienes a lado); como, en efecto, tan peligroso resulte abanderar militancias con que mutar un orden injusto con otro igualmente torcido y sobre la base, otra vez, del desprecio a tus otros congéneres. Tan delirante me parece todo esto como inútil me parecía el feminismo de literatura ficción y de metáforas cultas de la Haraway. Esta gente está forrada y les importa un pito que les entienda tu madre. Feminismo aristocrático de izquierdas. ¿Qué te parece?

Ahora bien. Escuchas y lees de buena mañana a algunos señores muy reaccionarios, muy brutos todos, y corres de inmediato el riesgo de que te intoxiquen con el abrazo de un Todo bajo el mismo y solo título de “hembrismo”; porque si me apuras, hoy hasta la vindicación por meros derechos humanos motejan algunos de “hembrismo” y aprovechando idearios de nuevo muy porcinos y muy machistas. Otro fundamentalismo de nuevo cuño. No seamos bestias. No te hagas líos. Quedan cosas por hacer y el espacio público no es igual para unos transeúntes que para otras. Manuel Delgado lo cuenta muy bien: «El flâneur baudeleriano difícilmente podría ser una flâneuse, puesto que su hábitat natural –la calle– es un dominio usado con libertad sólo por los hombres y controlado por ellos». O, más explícitamente, la mujer no puede hacer igual uso todavía de la calle ni con idéntico anonimato o derecho a la indiferencia. «Una mujer en un parque público, sola, con rasgos fenotípicos extranjeros, o está esperando a alguien o es una puta», explica Delgado con estudio de campo avalándolo. No me digas que no se lo has visto así. Sin duda que aún quedan cosas por hacer, y encerrar todo el debate en una sola etiqueta (hembrismo) resulta tendencioso si con ello quieres ya despachar la polémica de todo y sin otra distinción. ¡Eh! No te vayas. Alimentas así lo más reaccionario de nosotros, lo simplificas mal, y peor aún en no pocos casos, justificas lo más reaccionario de nosotros y de nosotras con esa mierda de neologismo. Conviene cierto mimo por los matices. Además de hembristas y hembronazis, queda también mucho sentido común que reivindicar con todo el derecho. No te lo hurtes. Disolver de un plumazo esa distinción entre desprecio e igualdad de derecho merece un nombre todavía más feo.

Hay que cuidarse de las modas léxicas. Nunca son del todo inocentes.

 

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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