¿Qué es ser pobre en Europa?

 

En 1901, el sociólogo británico Seeboonm Rowntree estudió a 46.000 familias de la ciudad inglesa de York para su estudio Poverty, A Study of Town Life. Después de su investigación, definió a las familias en situación de pobreza primaria como “aquellas cuyos ingresos totales resultan insuficientes para cubrir las necesidades básicas relacionadas con el mantenimiento de la simple eficiencia física”.

Ciento diez años después, en 2011, la muerte de Mark Duggan, un joven de 29 años de raza negra, desató unos disturbios inauditos en el barrio londinense de Tottenham que se extendieron rápidamente al resto de zonas desfavorecidas de la ciudad y a otras ciudades como Birmingham o Liverpool. Los expertos señalaron que el caldo de cultivo de estos desórdenes estaba en el desempleo crónico y en la desigualdad diaria que sufría la comunidad negra de Londres.

El primer ministro británico David Cameron se apresuró a castigar duramente a los participantes en los disturbios señalando como culpable al comportamiento criminal fruto de la cultura de las “pandillas”. El discursó caló en la sociedad y en un estudio de YouGov a 2.534 adultos realizado unos días después, solo un 5% de los encuestados consideraba que la causa de los disturbios era el desempleo.

La ciudadanía británica no ha sido, ni de lejos, una de las más afectadas por la recesión global. Sin embargo, durante la época de bonanza económica muchas personas no sacaron rédito del crecimiento económico, convirtiendo la desigualdad en crónica. Según Helen Longworth, jefa de Políticas de Oxfam, la pobreza en Gran Bretaña es un tema tabú, porque aquellos que viven en situación de pobreza son vistos como gente que se aprovecha del Estado social. Desde luego, ser pobre en un país desarrollado es un enorme estigma.

Pese a que el Reino Unido es la sexta economía más próspera del planeta, según un estudio de la Universidad de Sheffield más de 13 millones de británicos viven bajo el umbral de la pobreza. Por otro lado, según datos de la ONU en 2010, Reino Unido muestra un llamativo índice de desigualdad: el 10% más rico tiene 273 veces más que el 10% más pobre. En 2012, 128.697 personas recurrieron a los bancos de alimentos de la ONG Tussell Trust. Un año después, el número se triplicó llegando hasta los 346.992 usuarios.

La falta de alimentos o el desempleo estructural son solo dos de las aristas del poliédrico problema de la pobreza relativa en los países desarrollados. Mientras que en países como Suecia la pobreza energética es anecdótica gracias a medidas estatales, en Reino Unido miles de personas tienen que elegir entre comer y encender la calefacción. Y no solo en Reino Unido. Según datos de la Unión Europea, 50 millones de ciudadanos sufren el drama de la pobreza energética. Los más afectados son aquellos que pertenecen a grupos vulnerables, especialmente niños, mujeres y miembros de minorías étnicas.

Relativamente pobres

Afortunadamente, la definición de pobreza acuñada por Rowntree a principios del siglo XX ha sido prácticamente erradicada en los países desarrollados. Ser pobre ya no es ser incapaz de mantener la “eficiencia física”. En el primer mundo la noción de pobreza absoluta (vivir con menos de un dólar al día) ha sido sustituida por la de pobreza relativa.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la pobreza relativa sitúa el fenómeno de la pobreza dentro de la sociedad objeto de estudio. Entendemos así la pobreza relativa como aquella que sufren los que están en una situación de clara desventaja, económica y socialmente, respecto al resto de personas de su entorno. El crecimiento económico no solo no solventa por sí mismo las desigualdades sociales, sino que puede llegar a acentuarlas si las instituciones permiten que ese crecimiento no colabore al bienestar común.

Atendiendo a los criterios del programa Europa 2020 de la Unión Europea, el objetivo primordial para 2020 es sacar de esta pobreza relativa a 20 millones de personas. Frente al criterio fijo de la pobreza absoluta, la pobreza relativa siempre está sometida a variar respecto a la situación del resto de la sociedad. Esto le hace estar relacionada con la redistribución de la riqueza, pasando a importar no el ingreso que obtiene una familia sino el que obtiene con relación al resto del país o región. La pobreza relativa no puede entenderse sin entender su contexto: no es lo mismo un pobre en Burkina Faso que uno en Dinamarca. Además, el concepto de necesidad básica varía según este contexto, ya que poseer una fuente de calor durante el invierno no es indispensable para la supervivencia en las Islas Canarias pero desde luego sí lo es en Laponia.

La noción de pobreza relativa se transforma según la sociedad progresa. En la Europa de principios del siglo XX, no se consideraba pobre a alguien por no disponer de calefacción o agua corriente. Hoy en día sí. Y no solo considerando las tradicionales necesidades básicas como los alimentos o la electricidad, sino también nuevos componentes como el acceso a Internet, a una educación de calidad o al transporte público, nuevas fuentes de desigualdad que impiden el desarrollo equitativo a pesar de no ser bienes necesarios para la estricta supervivencia humana.

Para Eurostat, el umbral de la pobreza se marca en el 60% del ingreso medio por familia equivalente (no se juzga igual a una familia con dos hijos que a una con cuatro). Esta medida de pobreza es especialmente útil en épocas de bonanza para saber si la desigualdad está incrementándose a pesar del desarrollo económico, pero no refleja realmente las condiciones de vida en situaciones de crisis ya que el número de pobres puede permanecer estable siendo su carestía mucho más dramática.

La pobreza relativa en España

Por otra parte, como ha ocurrido durante la etapa expansiva de España a comienzos del siglo XXI, puede que los ingresos del conjunto de la sociedad aumenten considerablemente pero la distribución de éstos no cambie. Si toda la población aumenta sus ingresos de manera paralela, la relación entre los diferentes estratos sociales no varía y por tanto la tasa de pobreza relativa permanece estancada. Mientras los estándares de vida mejoran, también crecen las expectativas de una vida decente.

Según el estudio de Rosa Martínez y Luis Ayala “Pobreza y exclusión social en la Unión Europea” (2001), en 1996, España tenía una tasa de pobreza relativa del 18% considerando la línea de pobreza a partir de un umbral de 613.700 pesetas por persona, unos 3.688 euros. La tasa de pobreza en España era inferior a la de países europeos más ricos como Reino Unido. Según el INE, en 2013 los ingresos que marcan el umbral de la pobreza en España ascienden a 8.114 euros y a pesar de que el ingreso medio de los pobres se ha duplicado en nuestro país, hoy en día la tasa de pobreza relativa en España ha aumentado por encima del 20%. Uno de cada cinco españoles está en riesgo de pobreza.

Según el informe de Condiciones de Vida de Eurostat realizado en 2008, el país europeo con menor riesgo de pobreza era la República Checa, que no es ni mucho menos una de las economías de referencia de la UE. Frente a la tasa del 9% entre los hogares checos, España, la quinta economía de la Unión Europea, registraba una tasa del 20%, y eso que todavía no habíamos entrado en crisis.

Ya en 2014, según el último informe de la Fundación Primero de Mayo, se incorpora un nuevo elemento aún más dramático: la pobreza laboral. Dejando a un lado los millones de parados, en España el 12,3% de la población con empleo era pobre frente al exiguo 4% de la República Checa. Entre los autónomos, la situación es aún peor, con un 35,5% de los trabajadores españoles por cuenta propia bajo el umbral de la pobreza frente al 5,7% de los húngaros o el 9,9% de los búlgaros. Según el estudio de Rosa Martínez y Luis Ayala, en 1996, solo un 7% de la población española vivía en 1996 en un hogar cuyo sustentador principal estaba en paro.

Pese a que el imaginario social nos lleva a pensar que las economías más avanzadas como Alemania o Reino Unido son las que registran las menores tasas de desigualdad en la Unión Europea, en realidad son países de renta moderada como República Checa o Eslovenia los que más han controlado las desigualdades sociales. En un país como España, con una historia reciente convulsa, durante la época de bonanza miles de familias se incorporaron a la creciente clase media para después ser expulsados con celeridad según la economía se ralentizaba. Sin embargo, esto no se refleja correctamente en la tasa de pobreza relativa.

Por ejemplo, de 2011 a 2012 la pobreza relativa en España se redujo ligeramente del 21,8% al 21,1% pese a que el paro subió y el PIB bajó. Todo el país se empobreció y por tanto el porcentaje de pobres con respecto a la media permaneció constante. Si comparamos los datos del INE en el período 2006-2011, podemos observar que la pobreza relativa en 2006, en plena expansión económica y con los mejores datos de empleo en la serie histórica durante la democracia, alcanzaba al 21,9% de la sociedad. Sin embargo, en 2011 este porcentaje bajaba al 20,3% pese a estar inmersos en una profunda crisis y con unas tasas de desempleo inaceptables. Sin embargo, que la pobreza relativa no varíe en situaciones de recesión o incluso baje indica que las condiciones materiales de los más pobres se deterioran a un ritmo alarmante.

Paralelamente se produce una situación aún más preocupante, ya que durante etapas de crecimiento económico, aquellas familias con situaciones de pobreza tienen expectativas de salir de la carestía gracias al reducido desempleo. Sin embargo, hoy en día vivimos situaciones de pobreza crónica fruto de familias que han permanecido durante muchos años bajo el umbral de la pobreza. Para entendernos, una familia española pobre en 2007 podía salir de la pobreza aunque fuese de manera temporal, expectativa que no se ve cumplida cuando la tasa de desempleo es tan alta como la que hay actualmente.

Según el economista estadounidense Jeffrey D. Sachs, director del Proyecto del Milenio de la ONU, en los países desarrollados suele utilizarse la pobreza relativa para reflejar no la hambruna y la indigencia, sino el acceso de las personas a bienes de tipo cultural, ocio o a una sanidad y formación digna. Sin embargo, esta concepción cambia cuando un país sufre una crisis como la sufrida por España los últimos años, ya que este índice de pobreza relativa pasa a reflejar problemas tan importantes como que una familia no pueda consumir carne y pescado o que no pueda pagar el gas o el agua.

Según un estudio de la escuela de negocios EADA, en 2013 el sueldo medio de los directivos españoles alcanzó los 80.330 euros anuales, un incremento del 7% con respecto al año anterior. Mientras tanto, los empleados de base obtuvieron 21.307 euros, un 0,5% menos que en 2012. Incluso en recesión profunda, la desigualdad sigue aumentando. España es el país más desigual de la Unión Europea, solo por detrás de Letonia. El número de ricos en España (fortunas superiores al millón de euros) aumentó un 13% en solo un año. Durante el siglo XX, crecía la brecha entre las sociedades desarrolladas y el resto, mientras se reducían las diferencias dentro de los países desarrollados. Ahora ocurre exactamente lo contrario.

La pobreza de los ricos

Según Eurostat, en 2008 el 17% de los habitantes de la UE estaba en peligro de exclusión social. En 2012 ya representaban el 24,8%. Esto significa que uno de cada cuatro ciudadanos de la unión está en riesgo de pobreza (absoluta o relativa). Mientras que en países como los escandinavos, el Estado de Bienestar todavía puede sostener a la población necesitada, las medidas de austeridad en el sur de Europa han llevado a la población de estos países a vivir en condiciones tercermundistas. El economista griego Costas Lapavitsas declaraba a BBC Mundo que “en Grecia el sistema de salud ha colapsado, la gente no puede prender la calefacción y los bancos de alimentos están a la orden del día”.

Países que han sufrido la crisis de refilón, como los Países Bajos, no han escapado de las fauces de la desigualdad. De 2010 a 2012, el porcentaje de holandeses que vivía por debajo del umbral de la pobreza pasó del 7,4% al 9,4%. Según el informe “Pobreza infantil y exclusión social en Europa” de Save The Children, uno de los países con mayor PIB per cápita del mundo, Suiza (47.603 $), tiene a un 18,8% de niños en riesgo de pobreza frente al 16,4% de Eslovenia (27.392 $), un país mucho más golpeado por la recesión. Esto demuestra que la desigualdad no es solo fruto de la economía sino de decisiones políticas.

Alemania, señalado como modelo a seguir por los medios de comunicación, oculta tras su reluciente industria y su fuerza exportadora, una realidad social inaceptable. Sí, los alemanes disfrutan de una baja tasa de desempleo (alrededor de un 5%), crecimiento económico y exportaciones en constante aumento. La otra cara de la moneda está en los ocho millones de alemanes que viven con un ingreso inferior a los 450 euros mensuales y subsisten gracias a los archiconocidos minijobs.

La locomotora alemana empeora aún más sus cifras si atendemos a la medida de pobreza relativa establecida por Eurostat (60% del ingreso medio), ya que un 16,1% de los alemanes, prácticamente uno de cada seis, sobrevive con menos de 979 euros mensuales según la Oficina Federal de Estadistica (Destatis). Obviamente, si solo atendemos a los números, este nivel de ingresos en Rumanía o Letonia significaría la pertenencia a una clase media acomodada.

Así, una familia en Bucarest con 979 euros mensuales por individuo podría permitirse comer carne y pescado a diario, pagar a sus hijos una universidad privada e incluso disponer de una vivienda y un par de brillantes coches plateados (probablemente alemanes). En cambio, en un apartamento de Frankfurt estos ingresos pueden significar exclusión social, porque el crecimiento económico trae consigo un aumento paralelo de los precios de la cesta de la compra, la vivienda o la educación. Sin embargo, los estómagos de esta familia alemana están probablemente llenos, aunque sea de pasta y arroz. De nuevo, relativamente pobres.

Un mercado laboral tan flexible como el alemán permite que en 2012 se batiese el récord histórico de empleabilidad, más de 41,5 millones de personas. El problema es que hoy en día hay alemanes que tienen trabajo pero no pueden ni cubrir sus necesidades básicas. Como se refleja más arriba, uno de cada seis alemanes se sitúan bajo el umbral de la pobreza.

Recordemos ahora el exiguo 9% de pobreza relativa de la República Checa. El 6,3% de desempleo, gran parte desempleados crónicos desde la caída del comunismo. Y el 4% de pobreza laboral. Uno se pregunta si no estaría más contenta aquella familia de Frankfurt en un coqueto apartamento a un puñado de paradas de metro del centro de Praga. Con unos ingresos moderados si los comparamos con la media europea (renta per cápita de 14.500 $), pero con una tasa de equidad (0,256 en el índice GINI) solo superada por los prósperos países escandinavos.

Quizá esta familia recién llegada a Praga no pueda permitirse unas vacaciones de dos semanas en las Seychelles, una Harley Davidson o enviar a sus hijos a Yale, pero seguramente puedan salir a cenar de vez en cuando, ir a ver la última de Spielberg en familia, visitar museos, mandar a sus hijos a la universidad sin hipotecarse o poseer un auto y una vivienda dignas. Relativamente ricos, relativamente pobres.

 

 

 

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