La guerra de las lenguas

Me dice una buena amiga chilena que el español de España es “una lengua opresora e imperialista”. Como somos muy amigos y nos queremos, le contesto con el chascarrillo de Unamuno para que me deje un ratito en paz: «Pídele cuentas a tus abuelos, que fueron los que partieron para tus tierras, los míos se quedaron en España y tú tienes más genes de aquellos españoles que yo mismo» —le digo entre bromas. Pero si esto es un absurdo retórico, igualmente me lo parece pedirle cuentas a un español del siglo xxi por su genealogía o por su historia humana pasada.

Puedo leer cientos de páginas de cualquier traducción al español sin encontrarme con un solo localismo no reconocible con facilidad, y más hoy que todos los hispanohablantes nos conocemos mejor que nunca cultural y lingüísticamente gracias a internet. Además, confieso, no soy capaz de distinguir tampoco la procedencia del traductor si la traducción es buena. ¿Mexicano, colombiano, venezolano, chileno, peruano, argentino, español? Qué sé yo.

Mientras que los Estados Unidos, el Reino Unido o Francia llevan muchos años haciendo estudios del impacto de sus lenguas en sus respectivos PIB anuales, nosotros los hispanohablantes hemos tenido que esperar un informe DAFO (Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades) hasta el 2011. Parece que solo estos primeros países han sido conscientes del enorme impacto económico que tiene una lengua hermanada, mientras que nosotros, hispanohablantes todos, seguimos discutiendo que si son galgos o son podencos.

Cuando desde España trabajo a diario con amigos de las Américas me vuelvo a dar cuenta de un hecho que ya no debería sorprenderme a estas alturas y viniendo de donde vengo. Qué perra nos ha dado a todos con poner el acento en la mínima diferencia para obviar lo mucho, muchísimo más, que nos asemeja a todos.  La tribu, el pueblo, la nación, la lengua; la identidad o su folclore, siempre dando por saco en primer plano.

Dice Chomsky que una lengua es «un dialecto con marina de guerra». Las lenguas con poder económico efectivo son siempre lenguas de Imperio, pero eso hoy es genealogía muy rancia ante el nuevo panorama económico global y tecnológico. Centrarse hoy en genealogías historicistas es matar a un muerto.

Resulta tan absurdo a la filología sostener la pureza prístina de una lengua que ya ni merece la pena entrar en ese debate. Sin embargo, y esto no se ve tan claro, no son pocas las veces que el discurso indigenista está plagado igualmente de una jerga cristianoide con que defender falsamente los derechos de una lengua como si las lenguas fueran minorías humanas y no factores económicos reales. El Náhuatl, el quechua, el guaraní, el aimara, tan traídas y llevadas como lenguas de minorías muy respetables fueron igualmente lenguas de Imperio. Las cuatro lenguas elegidas en el Concilio de Trento y que excluyeron a las otras dos mil lenguas americanas con métodos poco amables. Todos los procesos de koineización, de criollización, de estandarización de las lenguas tienen un origen impositivo, pero pensar hoy en el español de todos como una lengua históricamente subyugante es matar a un muerto muy muerto para dejar muy vivo al inglés y a su clara primacía como lengua franca mundial.

Alberto Gómez Font, lingüista de origen colombiano y excoordinador de la Fundeu (Fundación de Español Urgente) dice con conocimiento y experiencia propios: «No tiene nada que ver cómo habla la gente de Bogotá con la de Medellín, o la de Cali con la de Cartagena de Indias [ciudades todas colombianas]; uno de Cartagena de Indias habla mucho más parecido a alguien de Cádiz [España] que a otro de Bogotá. Y uno de Bogotá habla mucho más parecido a alguien de Madrid que a uno de Cartagena».

Ni existe el español de América ni existe el español de España. La diferencia entre el español de América y el español de España, como dos bloques discretos y distinguibles, es simplemente falsa, y para afirmarlo solo hace falta apelar al sentido común y a la experiencia o darte un paseo por tus países hermanos de habla. La variedad de hablas que toda lengua contiene, de acuerdo a sus evoluciones económicas y socioculturales, es tan evidente como buena noticia cuando estas diferencias no se usan para separar o para debilitar, y estos debates rayan el absurdo cuando, además, el español no llega todavía a muchas escuelas de las Américas. No será nunca la misma el habla de un campesino que la de un negociante en el comercio digital, porque, evidentemente, las exigencias son diferentes y cada lengua evoluciona con arreglo a los intereses de sus hablantes. Afirmar la superioridad de unas hablas sobre otras, en una u otra dirección, es simplemente un sesgo producto de la mala fe o de la ignorancia. El español castellano de España, en su habla, si atendemos a los estudios clásicos de historia de la lengua española, no se contrapone al español de América (“Latin American Spanish, dicen algunas editoriales para evitar la transacción en euros), sino que se contrapone al español atlántico, y este incluye al de América, sí, pero también al cordobés, al malagueño, al sevillano, al extremeño, al murciano, al canario, etcétera. Por eso conviene dejar claro de una vez que, en contradicción con algunas de las barbaridades que se pueden leer por internet, el español que se debería enseñar en las escuelas, el español escrito, de todo el mundo, es o debería ser solo uno: el español culto, y además es o debería ser un derecho global como lo fue la educación en México tras su Revolución, donde el español, efectivamente, fue “impuesto” a todos los niños, y además de forma gratuita y universal hasta la secundaria. Eso es luchar contra la exclusión, lo demás son gilipolleces o interés político muy avieso. Claro que todos tenemos gusto por lo que es más nuestro o cercano, pero en términos económicos y de posibilidad, la identidad es una buena mierda, una metáfora matemática que no dice absolutamente nada de bueno en un plano de realidad más allá de carnicerías históricas. La nacionalidad es un accidente sexual, no un orgullo. ¿Dónde está el mérito que te arrogas para defender un orgullo u otro? El mérito del orgullo radica en tu acción moral, no en tus accidentes azarosos. Se puede estar feliz por ser español o chileno o cubano, pero ¿orgulloso? Eso es lenguaje de parvulitos, si nos  ponemos serios y queremos entender qué significa realmente “orgullo”. Aquí hablamos de pesos o de euros, y no de pamplinas emotivas con que separarnos más y más para poder defendernos menos y menos los de siempre.

Si algunos leyeran la I Acta Internacional de La Lengua Española igual revisaban su gusto por poner el dedo en las diferencias que se dan entre nosotros los pueblos hermanos de habla, pues de eso ya se encarga la lingüística profesional y lo hace muy bien, además. Entre los que niegan el panhispanismo por impositivo y los que defienden derechos por las diferencias todas, habrá un justo medio donde la unión se entienda como una forma de sumar capacidad y competencia y no de debilitarnos con permanentes desgajamientos falsarios e interesados solo para unos pocos.

El inglés sigue ganándonos por goleada como lengua franca de los negocios, de internet, de la tecnología, mientras nosotros, en lugar de buscar hermanamiento, seguimos que si galgos o podencos dejando que el inglés nos de sopas con honda, bien apelando a la pureza del origen y otros mitos tan absurdos, bien a la autocomplacencia desinformada del mayor número de hablantes. Que seamos muchos los hispanohablantes no garantiza que una lengua sea un valor económico tan eficiente para el futuro como sí que lo es de hecho el inglés. España edita más libros al año en español que toda América junta y esto da idea de qué importancia tendrá en este caso la cantidad de hablantes. Muy poca. Que no, que hablamos de plata, no de emotividad por lo materno. En igual sentido para los españoles, si en lugar de malvivir serviles en esta Europa que nos han colado dedicáramos esfuerzo en el hermanamiento con las Américas saldríamos todos beneficiados. España necesita a América y América necesita a España en pie de igualdad para el futuro (para los más historicistas, recalco: en pie de igualdad).

Por supuesto que todo respeto merecen las diferencias. Ahora bien, para hacernos fuertes como lengua franca internacional me parece más importante el trabajo conjunto de todas las academias por aglutinar las diferentes normas del español, vengan de donde vengan, que la cantinela de los que quieren hacer política ficción marcando diferencias que nos debilitan. Cuando decimos que una lengua cambia mucho lo que queremos decir es que el léxico de una lengua cambia mucho según la suerte de su uso. La ortografía, y en menor medida la sintaxis, pero también, nos vienen dadas desde arriba, y así debe ser porque el criterio que se requiere para la norma ortográfica ha de ser profesional, lingüístico, y no solo de uso del pueblo, al menos si queremos aglutinar fuerza común con un español de todos. Las entradas aceptadas en la RAE son cada vez más plurales (tan legítimo ha sido dar entrada al “que” galicado mexicano, como lo es la secuencia de preposiciones española “a por”, cuyo uso es solo peninsular pero ayuda a desambiguar).

Las lenguas caben todas, y más hoy que los niños las aprenden con facilidad pasmosa. Como valor económico para el futuro, sin embargo, el español panhispánico y hermanado de todos los pueblos hispanohablantes resulta más determinante, me parece, que tratar de seguir buscando en el aimara o el castellano de mi pueblo la igualad de oportunidades aquí y allá. Monserga política de señoríos y aldea, otra vez. No es ninguna broma: ¿Quién se acuerda hoy del Plattdeutsch? La lengua germánica que antecedió al alemán en el norte y el noroeste de Alemania solo necesitó un siglo para desaparecer.  Así es, por difícil que parezca: Hace solo un siglo el Plattdeutsch tenía más hablantes que el gaélico, el galés, el bretón, el gallego, el catalán y el irlandés, juntos. Hoy ya no lo habla nadie. El español es no solo la lengua nativa de cientos de millones de hablantes, es también la lengua franca en España y en América Latina y de todos nosotros depende que siga siendo un puente entre culturas afines de incalculable valor económico. O sea, que cada uno hable lo que le dé la gana, las lenguas deben ser un derecho, no una imposición, pero el enorme valor instrumental que tiene el español no te lo da un idiolecto. Y eso lo saben muy bien nuestras lenguas competidoras.

 

 

 

 

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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