Etiquetas en la frente

 

“La guerra es un acto monstruoso contra la humanidad en interés de los financieros de Wall Street”. Charles Schenck, 1919

 

Cuatro años después del inicio de la guerra en Siria, la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial se retransmite en directo con los teléfonos móviles y las redes sociales. Cuatro años después, saltan las alarmas en la parte del mundo en la que no tenemos que lamentarnos por nuestro lugar de nacimiento. Entran las aparentes y superficiales “prisas” por dar solución a un problema que venía fluorescente.

Países que propiciaron e hicieron realidad una guerra con una máscara corroída de intereses económicos que decía luchar por la democracia, ahora, buscan sitio a la sombra. No dan la cara, dan dinero que, en el mundo en el que vivimos, parece lavar la destrucción, la miseria y la responsabilidad moral. Estados Unidos es el país de acogida más grande del mundo que aún no ha dicho a cuantos refugiados aceptará.

Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea dice que se trata de “una crisis mundial” que necesita “una respuesta europea”. Es una pena que se pongan fronteras a la solidaridad.

Las voces en trajes que orquestan el mundo piden tolerancia a los cuatro vientos “Que ningún país se esconda”, pero no solo hay que mirar hacia afuera, muchas veces también para adentro. En los titulares queda muy bien poner ceros de más al número de refugiados que vas a aceptar, pero luego la realidad no siempre lo refleja.

 

Según los datos de Eurostat, hay grandes diferencias entre los países europeos a la hora de decidir favorablemente una solicitud de asilo en condición de refugiado. Bulgaria se situó a la cabeza de los países europeos con el mayor porcentaje de decisiones favorables en 2014 y 2015. Durante esos años, nueve de cada diez solicitudes de las que se tomó una decisión en primera instancia acabaron de forma positiva. Sin embargo, Alemania y Hungría, los dos países que más peticiones de asilo recibieron durante esos años, se ubicaron al otro lado de la balanza. En el país germano, el 42% de las decisiones en primera instancia que se tomaron en 2014 y el 43% en 2015 fueron favorables. Por el contrario, en Hungría apenas una de cada diez veces que se tomó una decisión fue favorable a la concesión de la condición de refugiado. ¿Cuál es la vara que se utiliza para decidir?

Personas procedentes del malestar continuo de los Balcanes Occidentales, de la agitación en el gran Oriente Medio, de las guerras civiles y de los conflictos en África esperan días, semanas y meses en tierra de nadie a una respuesta favorable a su petición de condición de refugiado. Separados de sus familias o sin saber que es lo que les deparará en las próximas horas, totalmente expuestos e indefensos a los traficantes humanos y redes terroristas que les venden una falsa solución a su infierno.

Esperando a la etiqueta. Refugiado o migrante. Etiquetas que aprovechan muchos países para reducir el número de asilos concedidos. A los etiquetados como migrantes se les devuelve a su país, pero no es la única etiqueta que te pueden poner. La religión no iba a ser menos en este pastel. Depende de la religión que seas te ponen una etiqueta que te hará más fácil o te complicará conseguir la condición de refugiado, por ejemplo, Eslovaquia ha declarado que solo quiere aceptar refugiados cristianos.

Los países más cercanos a Siria son los que más refugiados están recibiendo. Solo a Macedonia llegan entre 1.500 y 2.000 personas al día de las cuales el 30% son niños. Países que necesitan urgentemente una ayuda que llega a cuenta gotas.

La Unión Europea, esa que aboga por garantizar la paz más allá de los propios intereses, es incapaz de llegar a un acuerdo para repartirse equitativamente la cuota solidaria que les corresponde. Nadie parece querer “manchar” sus tierras y balancear su Estado de Bienestar. Por suerte, todavía hay personas en el mundo que no esperan a las iniciativas de los de negro sino que, por sí mismos, crean soluciones que demuestran solidaridad y apoyo. Refugees Welcome es un proyecto de tres jóvenes alemanes que conecta a personas refugiadas solicitantes de asilo con ciudadanos alemanes.

Veintiséis años después de la caída de la cortina de hierro estamos construyendo vayas metálicas de cientos de kilómetros para impedir el paso a personas que tienen el derecho legal y legítimo al asilo con un solo objetivo: sobrevivir.

¿Por qué seguimos sin tratar a las personas como lo que son, personas?

 

“No entendía por qué el mundo miraba todo aquello y callaba”. La esperanza es la última en morir. Halina Birenbaum

 

 

 

Acerca de Lucía Barba

Madrileña inquieta. Curiosa por naturaleza y optimista por definición. Apasionada de la vida y de todas las cosas que le ponen los pelos de punta. Hablando por los codos la escucharás unos gramos de “sabes” y un kilo de “porqués”. Fan de las personas y las marcas. Eligió la publicidad como el viaje que le permitiría estudiar a las personas. Le encanta agitar las cosas, darles la vuelta, cambiarlas, descomponerlas y volverlas a componer. De ahí Melettea, un baúl abierto y volátil con destino la inspiración, donde poder volcar su curiosidad y agitar más de un pensamiento.
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