Derecho a ser una madre diferente

Soy una feminista convencida y “practicante” y, además, y esto aún no me lo creo ni yo, soy licenciada en sociología. Soy de esas que hacen trabajo de gabinete en la mesa de su despacho, pero que siempre “que puede”, y digo “puede” porque para mí el popular refrán de “querer es poder” es mera utopía, saca fuerzas y acude a las manifestaciones feministas para reivindicar con mis “iguales” la erradicación de la dominación patriarcal; esa que legitima la discriminación de la mujer por el mero hecho de serlo. Pero, si os soy sincera, casi siempre acabo con un mal sabor de boca…

Cuando me encuentro entre la masa, mayormente rodeada de mujeres, me siento sola. Me sumerjo en una especie de vacío existencial, de melancolía emocional, pero enseguida pongo, metafóricamente, “los pies en la Tierra” y me doy cuenta de que lo único que siento es una mezcla entre indignación, tristeza, dolor y rabia; mucha rabia… ¿por qué todas gritamos “aborto libre y gratuito”, “nosotras parimos, nosotras decidimos” y nadie reclama “no a la esterilización forzada”? La impotencia recorre mi cuerpo, por un momento me ilusiono, y confío en que puedo subirme al pedestal más alto de la plaza para gritarlo con fuerza yo sola, pero en décimas de segundo, me vuelvo a hundir. Y es que soy lo que la ortodoxia médica ha calificado como “tetrapléjica”.

Si os soy sincera, no es esto lo que más me duele; lo que de verdad me duele es que he dejado de ser mujer, para ser, simplemente, discapacitada y, aún peor, he perdido la posibilidad de cumplir mi sueño de ser madre. Me pregunto por qué  es más legítimo hoy “el derecho de poder ser “no madre” y de no cumplir con el rol de reproductora” que el que tengo yo para reivindicar lo contrario. ¿Qué hay de aquéllas que soñamos con dar vida?

No recuerdo el día que me operaron de apendicitis, era demasiado pequeña e inocente…por aquel entonces los médicos aún me parecían unos héroes. Decidieron anestesiarme. Cuando me desperté de la operación no tenía apéndice, pero tampoco la capacidad de reproducirme. Todos mis derechos sexuales y reproductivos habían sido sepultados a golpe de bisturí.

Muchas estaréis pensando que la culpa la tienen mis padres, por haber cedido a esterilizarme forzosamente. Reconozco que alguna vez, los odié por ello. Hoy, entiendo que son víctimas del sistema capitalista, igual que todos, y que estaban asustados. Fueron coaccionados, presionados y perversamente desinformados. Con lágrimas en los ojos, aún a día de hoy se lamentan de haberse visto desbordados cuando tuvieron que enfrentarse a la cuestión de decidir sobre mi futura descendencia. Las injusticias y miserias que ellos habían vivido en sus propias carnes por tener una hija como yo, aunque sólo tenía 8 años por aquel entonces, les llevaron a tratar de evitarme lo que ellos consideraban que podría llegar a ser un infierno para mí.  ¿Cómo cuida una mujer tetrapléjica a su hij@ en esta sociedad excluyente, sin recursos ni derechos? Los entiendo, pero yo sé que puedo, bueno, más bien sé que hubiera podido. Al menos, me hubiera gustado contar con la libertad de decidir sobre mi proyecto de vida.

Como venía diciendo es el sistema capitalista, sistema inherentemente violento, el que excluye a los cuerpos que él mismo considera “no productivos”, que no aportan nada ni al mercado laboral ni al de consumo. Pero sobre todo condena, a los cuerpos que no cumplen el ideal de cuerpo bello-sano (a cuya lógica subyace el concepto de “normal” como cuerpo “deseable e imitable”). Desde que la ciencia médica me diagnosticó lo que, apoyados por la legitimidad gubernamental, decidieron conceptuar como “deficiencia”, me convertí para la sociedad en un sujeto deficitario.

Las violentas tecnologías del poder disciplinario del Estado neoliberal depositan todas las prácticas autoritarias de poder en los cuerpos oprimidos como el mío. De la mano de la ciencia médica, las instituciones gubernamentales crean un caldo de cultivo idóneo para reproducir el orden social que se les antoja, enmascarando cínicamente las relaciones de dominación y violencia simbólica que detentan y de la que hacen uso para dar forma al tipo de sujeto promedio que desean y excluir al cuerpo superfluo, bajo la excusa simplista de una “enfermedad”. El cuerpo es una construcción bioética, y yo soy la encarnación de la violencia hecha cuerpo. Soy el cuerpo puede ser violentado cultural, estructural y por supuesto físicamente con total impunidad.

Es cierto que sobrevivo, pero ¿qué hay de esas otras necesidades de las que habla Galtung y que te dan la felicidad? Mi “bienestar”, es más bien su negación: el sufrimiento. Y qué contaros de la salud. ¿Qué hay de mis derechos sexuales y reproductivos? Evidentemente mi libertad es reprimida por la violencia simbólica y cultural del poder neoliberal de las economías capitalistas de mercado. Son los gobiernos de estas sociedades los que legitiman esa violencia cultural que acaba por crear el marco socio-político que da paso a la impunidad de la violencia más directa que he soportado hasta el momento: la esterilización forzosa, o como yo la siento, la mutilación. Así, mutilan mi identidad con la negación de mi subjetividad; a través de una violenta des-socialización y re-socialización de la persona, que acaban naturalizando mi sentir como “sujeto de la violencia”, tal cual leí un día en un texto de un tal Wieviorka y, ¡qué razón tenía Bourdieu cuando aseguraba que en toda sociedad, hay “un orden de las cosas”¡

La eugenesia es, etimológicamente “el arte del buen nacer”. Hoy el prometeismo ingenieril se vuelve contra mí. Los avances biotecnológicos y biomédicos de los últimos tiempos prometen la perfección humana y las personas como yo nos vemos abocadas a la extinción. La esterilización forzada simboliza todo un imaginario en el que rechazamos directamente lo que entendemos que es diferente, defectuos ¿para qué vamos a tener hijos como yo si se pueden hacer “hijos a la carta”? ¿Es esta la sociedad “avanzada” de la que presumimos?, esa que se aproxima vertiginosamente a la eugenesia mientras la disfraza de avance científico y libertad individual. A veces siento que el fantasma del sueño de la “raza aria” nos sopla la nuca. ¿No debería la ciencia estar al servicio del ser humano, preservando su dignidad inviolable? Hemos escogido el camino fácil: eliminar las desigualdades sociales, erradicando a las propias personas desiguales, en vez de implementar una infraestructura sociopolítica competente para afrontar la diversidad de todas y todos sus miembros.

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Un comentario

  1. ¡Ostras, Pedrín! Ahora me ha dado por leer de física teórica (no entiendo nada) porque cada vez que leo ensayo político, real o social, o periodístico, y me contáis estas cosas acabo odiando un poco más a los míos… y eso debe ser también malo pa’ algo, Carla. Lo “tuyo” hay que posponerlo otra vez un poco porque ahora estamos todos demasiado ocupados con lo de los sirios, que es recentísimo y de “rabiosa actualidad”. ¡Por los cojones! I beg your pardon.
    El asunto que planteas, o los muchos, me parece de esos que solo se alivian emocionalmente atacando al modelo neoliberal o a su sistema; de esos de los que nadie suele devolverte intelectualmente una mierda más allá de lo puro obvio o amable.Socialmente,a lo mucho te devuelven el insulto de la comprensión cuando muy comprensiva. Empatía a regañadientes que enseguida te deja tan sola como lo estabas ante esa muchedumbre de la que tú creías formar parte. Luego, más a lo íntimo, nos damos todos de tortas porque, efectivamente, el universo de nuestras minorías privadas es inconmensurable y rara vez atendido o siquiera escuchado. ¿Quién no ha vivido eso antes de uno u otro modo? Yo no tengo ni idea de cómo se arreglan estos problemas. Confieso. Pero tampoco estoy tan de acuerdo en que un pataleo metafísico contra el todo capitalista resuelva algo a nadie en concreto ni creo que suscriba esa parte de tu conclusión porque parece un cierre de tesis, como si cada problema encontrara al ladito su posible solución. Y me jode porque estoy harto de leer a profesores decir que el problema es el capitalismo. Blablablá cuando lo que realmente quieren es despachar el problema. Claro que el problema es el capitalismo. ¿Y AHORA QUÉ? Las cosas no parece que funcionen así cuando toca resolverlas y a mí me ha pasado creer que hay algunas para las que ni los humanes ni los dioses tenemos solución sencilla ni culpables tan evidentes con que cerrar una idea; por eso desconfío de la filosofía de la sociología para estas cosas. No es solo posibilismo. No existe ningún sistema, Carla, ni creo que se pueda imaginar sin tres copazos, cuya obra común resuelva las carencias de esa ayuda del tercero que necesita una madre, es decir, su familia o allegados, quienes sean; que necesita toda tribu y todo quisque, obviamente, pues jodidas o jodidos estamos si antes no hay la cercanía y el apoyo del más cercano. Todas las diversidades funcionales, por muy diversas que sean, nos igualan en eso, creo: necesitan de un primer apoyo en nuestra comunidad más íntima, ya sea el barrio o el vecino o la madre, antes de apelar o interpelar a lo Social en abstracto. Ya pinta mal cuando son los propios padres quienes se niegan a dar ese apoyo. Las cosas se pueden y deben hacer mejor, eso es así: yo empezaría, tú que sabes escribir bien tus pensamientos, por educar a mis padres y los padres de otros antes de apuntar más lejos.

    Bueno, pues ya lo he dicho. Confieso que cuando no encuentro una solución buena, como es el caso, tiendo a callarme o a cagarme en el capitalismo, pero al poco me quedo igual que si no hubiera escrito lo que ahora creo. Como tú, más o menos, ante tu muchedumbre de iguales.

    Un abrazo

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