Cien años de tropezar

En “Cien años de Soledad”, de Gabriel García Márquez, es difícil llegar al año 100. No por su impecable literatura o extenso vocabulario sino porque de vez en cuando el libro se torna lento y monótono. Aun así recomendable por mi parte, el pueblo de Macondo da para mucho, “Cien años de soledad” representa la historia de Latinoamérica en uno de los mejores libros de la literatura moderna. Recordar puntualidades que ocurren en él se vuelve difícil, sobre todo por la cantidad de personajes que aparecen; de hecho, al comienzo del libro, hay un árbol genealógico para que no te pierdas con el discurrir familiar de los Buendía. Pero si hay algo que queda en la memoria de los lectores de esta gran novela es lo cíclica que es la vida y por ende, la humanidad.

Veo en la televisón y en los medios digitales imágenes que bien podrían ser de hace menos de cien años. Alambradas que separan personas, trenes abarrotados de gentes con vidas enteras en sus maletas. Europa llena de vallas, de soldados, del dilema moral por no saber cómo afrontar algo que ya se tuvo que haber afrontado en su día, y que da como ganador a Bachad Al Assar y a los gobiernos de Rusia y Estados Unidos en su afán histórico por convertir el mundo en una partida de Risk.

Mientras que sucede eso a lo que ya no llamamos guerra fría, el ultraderechista Viktor Orban detiene refugiados a los que los medios ya empiezan a numerar quitándoles toda la poca humanidad que, parece, ya perdieron al subir en una barca allá por el mar Egeo. La numeración mediática y la detención injustificada, recuerda a estrellas de David y triángulos cosidos en roídos pijamas de rayas.

Estados Unidos y Rusia, a diferencia de lo que pasó a finales de los años 30, ya está activa en el desarrollo de esta guerra en la que financian a ambos bandos. Esta vez, y dada la pronta aparición de estas dos últimas potencias que nombro, parece que han querido resumir la historia del siglo XX lo más pronto posible. Juntando causas y efectos pasados para concluir que, en cuestiones de guerra, hay pocas causas y muchos efectos.

Nazismo y Guerra Fría, una aparente relación causa-efecto que azotó el mundo el siglo pasado y que parece no querer dejar de dar sus últimos coletazos. Dos imperios antagónicos destrozando tierras que no son suyas. Etnias vagando por Europa en tiempos de una Islamofobia con tendencia a parecerse a otros movimientos racistas de ese siglo pasado que hablo. Alemania es tierra prometida, qué contradicción, sobre todo tras el vídeo de Merkel haciendo llorar a una niña palestina: Aquí no cabemos todos, bonita.

Por si fuera poco, y con la que está cayendo, instituciones fomentan una oleada racista en defensa de la seguridad y en prevención del terrorismo. La embajadora Húngara en España hablaba de las dificultades de una composición étnica para el futuro de Europa, crecen hogares sociales neonazis  y mejor no mencionar palabras de ministros a lo largo de una Europa que presume de Unión y democracia. Si de verdad fueran terroristas, la quimera del Estado Islámico y otros grupos, acabó en la orilla con el sueño eterno de Aylan y su pijama de rayas. Europa “ha reaccionado” por el poder de la imagen, pero las firmes ideas contrarias a la llegada de refugiados no se acaban ahí. La negativa general de Europa a aceptar su llegada hace que resuenen tambores por “La noche de los cristales rotos de la modernidad”. Porque si no hay terroristas, habrá que inventarlos. Otra vez.

Como Bush hijo cuando copió a Bush padre, como la Alemania culpable de dos guerras. Y como en Macondo, la familia Buendía y la Latinoamérica de G.G. Márquez. Como Bill Murray Atrapado en el tiempo. Como Hobbes diciendo que el hombre es un lobo para el hombre porque es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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