Rotos los cristales

No era algo habitual en él este tipo de encuentros, pero por segunda vez, Javier se dejó aconsejar, si es que esa pudiese ser la palabra adecuada, por un compañero del trabajo y le fue concertado un encuentro a ciegas con una mujer.

Podría considerarse un hombre atractivo, no explícitamente guapo, pero no conocía el fracaso inicial con una mujer, es decir: nunca recibió una sola negativa cuando pidió salir a las distintas chicas que por sus manos han pasado. Todas quemaban sus naves por su atención, por una llamada suya, un simple paseo sin rumbo, sin que este poder de seducción fuese una corona de egocentrismo. Pero era tímido, antes y después, su punto débil. Sólo una mujer pudo ver aquel talón de Aquiles, confundiéndolo (o no) con miedo, lo que propició en aquella ocasión que fuese Javier quién tuviese que cerrar la puerta a una relación. Nunca superó aquella pérdida, es posible que desde ese instante su miedo se mezclase con su noción seductora, alterando para siempre su autoestima, baja, salvo en ocasiones como la de aquella tarde. Con la ventana entreabierta, dejaba que pequeñas brisas del frío aire en los últimos días de octubre se llevasen el humo que expiraba su cigarro, marca francesa importada, un pequeño lujo permitido, observando cómo en las ventanas del edificio próximo a su apartamento la gente aprovechaba los últimos ápices de luz que se irían a consumir en pocos minutos. Estaba algo nervioso, su mano derecha temblaba en el bolsillo, y la del cigarro, impasible. Quedaba un cuarto de hora aproximadamente para que su acompañante llegase, la mesa estaba preparada, copas, platos impolutos, botella de vino tinto, hasta las servilletas estaban dobladas de un modo específico. Vestía de traje, prestado por el amigo que ayudó a la cita, bien planchado, sin mancha alguna ni intención de profanar semejante pulcritud. Quizá debido a tan maniática perfección (o cuidado) por las situaciones importantes, Javier disfrutaba simplemente de fumar a ratos frente a los ventanales de su piso, cercano al Paseo de la Castellana. El silencio, levemente interrumpido en ocasiones por el ruido del horno proveniente de su cocina, comenzaba a molestarle, y optó por cerrar la ventana, y continuar sus caladas viendo la tele, cualquier cosa, dejando al azar que decidiese con que ‘aberración’, pensó para sí, podría calmar tal ansiedad que estaba adquiriendo a medida que pasaban los minutos y se consumía la ceniza. Sentado cómodamente, pero alerta por si llamasen al timbre, encendió desinteresadamente un canal. No convencido, tras un breve zapping, topó con uno en el que emitían una película, comedia romántica casualmente. Javier tenía la sensación de haberla visto ya, pero no recordaba el título en castellano, ni siquiera el original, ni menos los que correspondían a la pareja protagonista, se mordía las uñas mientras mordía su propia memoria para intentar sonsacarse los dichosos nombres. Llamó su atención, debía ser una escena cercana al desenlace. Una mujer contempla, sola, desde el mirador del Empire State la iluminada nocturnidad neoyorquina, observa una pequeña mochila, la recoge y, rebuscando en ella, encuentra un pequeño osito de peluche, y como ocurre en el cine, coincide ese descubrimiento con el esperado momento: se encuentra con sus dueños, un chico pequeño y su padre, siendo éste último, con quién debía encontrarse desde horas antes de metraje. Sintió alivio mientras contemplaba dichas imágenes. ‘Sería horrible que se estropease este momento’ pensó en alto. Era algo a respetar para él, no sólo en las películas, en cualquier lugar que se precie: las parejas enamoradas eran dignas de la admiración de Javier, un extraño sentimiento, mezcla de envidia, alivio, casi melancolía le invadía al ver a dos personas juntando sus labios en medio de no importa cual lugar. Ceniza ardiente cayó sobre su mano, e hizo que se levantase con rapidez, ante todo, le esperaba una cita, y no deseaba ni la camisa ennegrecida ni una piel quemada.

El asado estaba dispuesto, ya horneado en su punto, con la carne dorada, más incluso por las esquinas, un aspecto digno de las fotos de los menús de los bares de carretera (había pensamientos bastante infantiles que contrastaban fuertemente con su varonil planta). A la aguja le esperaba menos de medio minuto para que llegase a la cifra señalada y diese las nueve menos cinco en el antiguo reloj de péndulo que ocupaba el salón, en una pequeña y oscura esquina, uno de esos objetos, fruto de alguna herencia, que la gente posee, pero sin motivo (ni interés) de explicación. Apagó el cigarrillo en el cenicero cercano a su plato en la mesa de la cita, pero lo apartó, quizá a su acompañante le desagradase observar a un hombre fumando mientras come, o sabiendo que va a hacerlo nada más acabar el acto, de modo que lo dejó en una estantería, ‘si hay fuego en la mesa, que sea de otro tipo’ pensó sonriendo socarronamente. Un grito sordo llegó hasta la ventana que minutos antes tenía abierta, uno de dolor, de golpe seco. Se asomó hacia la calle desde un lateral, pudiendo ver, con cierta dificultad, pues sentía algo de pudor visualizar la escena a quemarropa, a un par de hombres (una complexión demasiado ancha y alta para tratarse de mujeres) acorralando a un tercero frente a un muro, quizá de ladrillo oscuro (no quedan muchos ya en Madrid de ese tono), pero era ya noche, no importaba mucho ese detalle. Uno sacó de su gabardina una pequeña llave inglesa, o eso le pareció a Javier, quién observaba con atención y náusea tan macabra escena, como un niño pequeño que ve por primera vez una película de terror, y se esconde tras la mano de su madre, así como Javier lo hacía detrás de la cortina. El otro matón comenzó a gesticular con las manos, rápidos sus movimientos, señalando repetidas veces al pobre sujeto que yacía ya con una rodilla en tierra y las manos en señal de rogar perdón, ‘dinos dónde está el dinero, el señor Leiva no puede soportar más su morosidad, paga ahora o aprenderás a andar sin piernas, pedazo de cabrón’. Ante la imposibilidad de hacer algo, Javier sólo podía poner diálogo a aquella violenta escena muda. La llave se alzó sobre la cabeza de hombre, con la fuerza de caer sobre ella, pero sonó el timbre, ella había legado.

—Hola, yo soy Miriam, un pajarito me ha hablado muy bien de ti, que eres todo un cocinero- exclamó nada más abrir la puerta, sin esperar a la cordialidad de los besos en las mejillas.

—Sí, bueno, siempre se exagera todo- contestó Javier, desconcertado. Tomó su abrigo, dejándolo sobre el sofá, con despreocupación, con la cabeza en otro lugar, sin asado, sin cena, sin cita. Ella se sentó de manera lateral en su lado de la mesa, con las piernas cruzadas, gratamente admirables, acabadas en unos zapatos de tacón rojos, como la sangre de ese tipo de la calle.

—Disculpa si esto te asusta, ¿has visto si alguien te ha seguido? ¿Has oído algún grito de socorro cuando venías hacia acá?- preguntó inquieto. Mientras miraba su pequeño bolso, ella negó con la cabeza, con la expresión que explica evidencia de su negación, pues hubiese oído algo al venir. Era insultantemente guapa, sin duda su amigo le había hecho un gran favor, no sentía ningún tipo de preocupación más al verla, pero oyó un golpe y un quejido lastimoso, que acabó en silencio. Javier volvió a dirigir su mirada a la ventana, con la intención de acercarse, pero su intento se frenó por la mano de Miriam, posada en su pecho. La rapidez de ambos movimientos hizo que ella moviese ligeramente el mantel y una de las copas cayese al suelo, y el cristal rompiéndose enmudeció debido al beso que propinó ese acercamiento. El vino había teñido de rojo el mantel, tan cuidado, tan blanco hace unas horas en los preparativos, el empeño puesto en la pulcritud, ahogado en el rojo, destrozado en los cristales esparcidos por el suelo.

—Ven- dijo casi susurrando mientras se dirigía al dormitorio. Javier tenía carmín en sus labios, pero con la vista fija en la ventana, sabía que ese pobre diablo debía de ser ayudado, una llamada rápida  y  ya la policía y ambulancia se ocuparían del resto. Se volvió hacia ella, sentada en su cama, las piernas aún cruzadas, quizá no por mucho tiempo. No eran correctos sus actos, pero la cabeza de ese hombre es posible que estuviese ya demasiado abierta, la fuerza de esos tipos parecía inmensa, no era una herida salvable, y el asado ya comenzaba a quedarse frío. Descolgó el teléfono fijo, apagó su móvil, observó los cristales en su parquet, ‘sería horrible que se estropease este momento’ pensó caminando hacia ella, y la puerta entornada.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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