Con filosofía

 

“No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa.”

José Ortega y Gasset

 

La desaparición de la pausa y el pensamiento es una constante, y más en un mundo comandado por rápidas imágenes y tuits que ofrecen conocimiento en pocos segundos. De ello ya escribió Platón en su mito de la caverna, en donde un grupo de personajes se limitaban sólo a ver sombras que pasaban rápidas sin poder ver la verdad que se encuentra tras ellas. Parece que hemos retrocedido desde aquel pensamiento clásico en el que se instaba a pararse a reflexionar e intentar ver más allá de aquellas sombras ahora convertidas en anuncios publicitarios, tuits y sobreinformación en internet.

En España volvemos a sufrir otro batacazo al respecto de intentar pensar y encontrar, ya no verdades absolutas, pero si medios de inteligencia para acercarse a ellas. Sumado a los intentos por menospreciar la creatividad en épocas de formación, ahora el turno es el de la filosofía. Esa asignatura que no sirve para nada en un mundo en el que el valor se mide en cuantías económicas y a la que relegan a descansar junto con sus compañeras música o literatura.

¿Cuál es el precio de la razón y el conocimiento reflexivo?

Ninguno.

Más bajo la firme intención de crear un mundo completamente estructurado lejos de la admiración de la belleza y la comprensión escéptica de la sociedad, cualidades que las humanidades ayudan a conseguir.

Una de las excusas de aquellos que deciden su extinción, en esta séptima reforma de la educación española,  es la limitación que tiene la filosofía en cuanto a su enseñanza, siendo ésta una materia que ocupa un espacio innecesario en el conocimiento de los estudiantes al limitarse, “simplemente”, a enseñar a pensar, como pueden hacerlo otras asignaturas. Pero dejar de lado la filosofía es quitarle al humano una cualidad básica a la que muchos le tienen miedo: Preguntarse por qué.

Decía Pedro Argüello en una carta al director en El País “que éste sería el siglo de las máquinas. Tristemente, así será: no porque el hombre las construya, sino porque se habrá convertido en una de ellas.”

Humanos robotizados en los que el pensamiento se convertirá en un medio para fines que él mismo desconoce, que él mismo ha sido incapaz de valorar pues ha aprehendido alienado por el desconocimiento de la crítica, el respeto a los puntos de vista y de las diferentes formas de hacer y de pensar. Asustado por la oferta de una formación continuada que no ofrece conocimiento o sabiduría, sino puestos de empleo o marginación social.

La filosofía enseña a ser un libro en blanco, un niño que pregunta por qué y que matiza la ingente cantidad de contenidos que esta sociedad moderna nos ofrece. Preguntarse aquello que filósofos dejaron a entender, como de dónde procede el bien o las teorías políticas, ayudan a la correcta evolución del hombre y al desarrollo de su propia democracia. Nos enseñan a saber elegir o, al menos, a poder elegir, a tener libertad de pensamiento, quizás último resquicio de libertad real.

“El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.”

Immanuel Kant.

 

La generación más preparada de la historia de España y la que más problemas tiene para desenvolverse laboralmente. Será que no hablamos inglés o que la inversión en materia de investigación está bajo mínimos. Culpable: La filosofía.

La tragedia es que no hay interés ya en el mundo de las ideas en una sociedad dominada por los sentidos y en la que gustan las sombras.

Dinero rápido para comprar sensaciones sin ideas: escapadas a la montaña sin saber el significado de la libertad, visitas a París sin conocimiento de qué es el Louvre ni qué esconde la Gioconda tras esa mirada o tras la historia de quien la creó. Apuntes en papeles y en escuelas de negocios que se reproducen sin saber que no sé nada. Twitter luego existo y Descartes ya no aparece ni en el mus.

Saquen la sabiduría de las aulas que nos sentaremos en esa caverna de Televisión y dogmática enseñanza reproductora.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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