Falsa semblanza: Paul Auster

 

Coincidí con el señor Auster en la presentación de su última obra, que no era narrativa en esa ocasión, sino una especie de libro de memorias, pero sin llegar a acercársele estrictamente en el término. Llevaba por título Diario de invierno, de un halo crepuscular.

Al haber tenido un cierto éxito en mi país debido a mi segundo libro, mi editora tuvo la idea (muy agradecida por mi parte) de enviarme a Nueva York para cubrir el evento, por un encargo secundario solicitado por un periódico: un acto que se celebraría en la recepción del muy célebre Waldorf Astoria Hotel, elección llevada a cabo por la editorial norteamericana, no por el autor. Aparté mi pánico a volar por esta gran oportunidad y marché hacia los Estados Unidos, trayecto que aproveché para leerme uno de los primeros ejemplares que acababan de salir en España, para escurrirme del miedo que me rondaba y no prestar atención a los molestos acompañantes que por desgracia me habían colocado a mis extremos, tan estridentes como una viola desafinada. La cubierta consistía en una foto de Auster, más joven, cercano a abandonar la veintena, y esperándola con un cigarrillo entre los dedos, que no humeaba y permanecía rígida la ceniza, al igual que su gesto, algo tenso, quizá por la frialdad que le proporcionaba el azul de la fotografía, reposando su brazo sobre la máquina de escribir, sin folio. Puede estar pensando que ‘ya no queda más por hacer, he cubierto mi cupo de resmas de papel a rellenar de tinta, pues ya no quedan más historias’, y entonces aparecería el humo del pitillo, que se llevaría el pensamiento ocasional que todo escritor debe tener al finalizar una novela o relato, y ascendería hacia el techo hasta hacerse invisible.  No sería así efectivamente en el momento en que la foto fue tomada, pues aún le quedaría material de sobra, con sus pequeños altibajos, para devorar resmas de papel durante unos años más. Quizá fumaba para olvidar, como mencionaba el personaje de una película que vi recientemente. Es la sombra en realidad lo que afecta sus letras, y aparecía en la foto: de él sólo puedo percibir el perfil, y parte de su tronco y brazos (el hombro izquierdo ha quedado ennegrecido), relajados, dispuestos a absorber el humo, observando con sus ojos saltones (como de Bette Davis masculino) la cajetilla y el mechero.

Es cierto que muchos de sus personajes poseen unas mismas cualidades compartidas con su autor, a las que tanta atención prestaba en aquella fotografía, que le hacía más grave y literario, con un cierto aire al extranjero de Camus, recluido.

Parecía un hombre herido, víctima de una sombra propia que le devoraba en la medida que su tiempo se consumía junto a la ceniza, cayendo detenidamente ante su mirada, vigilada bajo una ceja no muy doblada, pero sí algo fruncida, haciendo, debido a la luz cenital, que se juntase junto a sus pestañas, y quedase en una posición contemplativa, nublada. Es posible, ya no recuerdo muy bien, que las últimas digresiones que hiciese acerca de aquella imagen estuviesen afectadas por la combinación de pastillas y alcohol que había hecho un cuarto de hora antes, cuando aún estábamos atravesando el Atlántico, y que desgraciadamente me había empezado a hacer efecto aproximándose el aterrizaje al JFK.  Nos habían reservado a todos los invitados oficiales (habría público ajeno, pues no dejaba de ser un acto más o menos público) una habitación en el Hotel Plaza, supuse que por falta de presupuesto, ya derrochado en la sala del Waldorf. Con paso discordante, y sin saber con qué ayuda divina o humana, atravesé el pequeño tramo de frío nocturno de la ciudad que separaba el taxi de la entrada del hotel, y fui conducido a mi habitación, sobre cuya cama caí completamente rendido, como si hubiese sido derrotado en batalla. La llamada repetida del coordinador de los invitados para la presentación me despertó sin remoloneo alguno, haciéndome ver mi estado: desaseado, con el pelo completamente alborotado y la maleta en el pasillo del hotel (el coordinador tuvo la amabilidad de hacérmela pasar). Me avisó que tenía una hora y media para prepararme y tomar un taxi hasta el Waldorf, ‘muchas gracias, me dispondré a salir en seguida’ le contesté, sin caer en la cuenta de un dato relevante: era mi primer viaje a Nueva York, desconocía por completo dónde me encontraba, también la localización del Waldorf Astoria. Pasé a darme una ducha y afeitarme, bien necesario, sin mucho acicalamiento, se me notaba la sombra azulada en la barbilla, de un color similar a la foto de Auster, ese retrato invernal.

A mi cabeza comenzaban a llegar diversos pensamientos, muy vagos, pensé que fuesen algo de indigestión debido al cóctel somnoliento que me dejó tan vencido, sobre mi situación actual. ¿Llegaría a volver a saborear un éxito como el que gozaba en aquel momento? En España las ventas habían dado cifras muy generosas, también para mi cuenta bancaria, pero sólo me encontraba con dos novelas publicadas, la segunda con derechos de traducción vendidos a tres países, al menos, y con respuesta similar por parte de sus lectores. Es posible que la página en blanco, inamovible, estuviese a punto de hacer aparición en mi ordenador, ese cursor que parpadea frente a tus ojos expectantes, y cada golpe intermitente te significa un minuto menos sin ideas originales. Tuve que sentarme, y tomé un gesto similar a la foto de Diario de invierno, cigarrillo incluido (no importa la recomendación del médico, la ansiedad lo requería a gritos). Recordé uno de los pasajes, en los que el escritor relataba el momento de su adolescencia en el que tuvo la epifanía de su profesión futura. Auster se encontraba en casa de sus tíos, en un pequeño conjunto de elegantes casas (de dos plantas, madera de pino pulida y jardín) en la zona costera de Nueva Inglaterra, en el condado de Plymouth, cercado de extensas playas arenosas y poblados recreados de la época colonial. De visita una tarde a uno de ellos, Pilgrim Village, cuya construcción original se remontaba al año 1627, el joven Paul, de doce años de edad, decidió separarse de la compañía de sus tíos y recorrer alguna de las ajadas casas, rodeadas con interminables vallas compuestas por tablones irregulares. El mar hacía llegar el sonido de sus olas, agitadas debido al viento otoñal, y la espuma volaba en el aire, refrescando a los allí paseantes en sus rostros. Cercano ya a la arena, el joven Paul contempló a una mujer que portaba una botella, y se iba acercando hacia ella, al igual que la mujer a la orilla, donde la arena es más húmeda y quedan huellas, pero sin que aquella misteriosa muchacha (no debía tener más de veintitantos, a ojos del adolescente narrador) se percatase. El movimiento esperado era que fuese arrojada al mar, y que el imaginario mensaje que escondiese tras el cristal viajase por las corrientes marinas, hasta el puerto o barco del correspondiente amado, o quizá sería un mensaje de despedida, o un epitafio en papel que su bella (lo era) amada le debía a su amante, ya enterrado en las profundidades.

‘Maldita sea’ dije en voz alta, quemándome la ceniza la mano. Tenía que interrumpir aquella historia recordada a la mitad si quería llegar a tiempo a la presentación. Me vi en la necesidad, ante mi emborronado inglés (tantas horas de vuelo y poco sueño) tuve que llamar a mi mujer, Helena.

—¿Helena? Cariño, disculpa si te he despertado, pero necesito que me ayudes.

—Bueno, no, no importa, ya estaba levantada de todos modos. ¿Qué tal por Nueva York, vas camino del Waldorf Astoria?

—Bien, maravillosamente. Unas vistas espléndidas desde el hotel, es increíble la cantidad de taxis que se pueden divisar desde la habitación…

—¿No tienes ni idea de donde está el Waldorf, verdad cariño?

 

‘Absolutamente ninguna’ le contesté, pues no tendría sentido mentirla. Se apresuró, compadeciéndome con guasa, dándome unas indicaciones bastante exactas sobre que calles debía tomar, y las apunté en un mapa que había en el cajón de la mesilla, tan acertadamente oportuno. Salí del Plaza con un aire aventurero en mi rostro, dispuesto a vencer a capa y espada todos los obstáculos que se me presentasen en esa urbe desconocida, pero mi coraje se vio rápidamente templado debido a la salpicadura de un charco cercano al bordillo provocado por uno de aquellos taxis. Caminé con el ansia de épica ya relajada, por las calles trazadas en el mapa, sujetándolo con discreción, pues no quería llamar demasiado la atención y desvelar mi rol de turista en ese gran laberinto de hormigón. Doblé una esquina cuya pared era hipnótica por su cantidad de ladrillo rojo, tan bien colocado, piedra a piedra, y los variados colores de los carteles publicitarios que a ella estaban pegados (uno cuando es turista se asombra de las cosas más nimias), y divisé el Waldorf Astoria, a escasos pasos. Dado que había superado la prueba de no perderme, y el miedo que me rondaba a ser atracado, me di mi tiempo para relajarme y saqué otro cigarrillo. En aquella calle la mediana de la carretera estaba dividida elegantemente por un tramo de césped, demasiado verde, puede que regado a determinadas horas, o artificial. Tenía algo del espíritu de la ciudad, ese mélange de acero, piedra y naturaleza, conservada para no caer en el brutalismo que se podía respirar en su gente y  arquitectura cosmopolita. En el resto de las aceras, algunos mendigos empujaban sus carros, llenos de enseres de vertedero y trapos harapientos cubriéndolos, y a escasos metros los hombres de negocios, móviles en mano, junto a sus mujeres, bolsos de Gucci en brazo, y el aire de fría satisfacción. Era divertido en su conjunto, bajo una visión extranjera al menos, algo exótico.

Quedaban unos tres cuartos de hora para que empezase el despliegue de medios, pues era un escritor muy reconocido, y que afortunado, pues no se me quitaba de la cabeza mi preocupación sobre mi futuro en el territorio literario, no la había espantado el paseo, ni las vistas, se me había pegado como una telaraña con la que accidentalmente se tropieza, y la llevas contigo un rato, días o meses, o más tiempo. A la entrada del hotel se la había condecorado con dos grandes pancartas de cartón a color, con la foto de la portada y la correspondiente información, y me detuve de nuevo en la expresión derrotada de Auster, en ese azul melancólico. Una vez reunidos todos los invitados especiales (me resultaban originales los distintos tipos de pases que había colgados de cada persona, señalados como distintas cabezas de ganado), hicieron pasar al público que se había congregado en una larga fila a las puertas del hotel. Tras la cortesía merecida, Auster apareció a un tranquilo paso, tras una de las puertas del salón, sin avisar, del mismo modo que haría un Rey ante su corte: ni trompetas ni voces, sólo bastaba la presencia para encandilar las miradas. La suya, que no se percibe en la foto del libro, allí se veía inundada de extrañeza, eran unos ojos que observaban todo con cierto desencanto, cansados, escudriñando cada rostro presente, cada roce de bolígrafo apuntando lo que sus compañeros de mesa anunciaban con declamación teatral. Sus ojos, casi al borde de salirse pero protegidos por el cerco ojeroso de sus párpados inferiores, le dotaban de un poso de sabiduría: traían un sendero recorrido tras su iris. Fue entonces cuando recordé la historia comenzada en el hotel, cuando nació su vocación. A la espera del acto, tan romántico, esperado por el joven Paul, y acorde a la situación, la muchacha únicamente decidió romper la botella a golpes contra la arena, clavándose los cristales contra la arena. Disgustado, volvió con sus tíos, que le esperaban para regresar. Aquella noche soñó con aquella mujer, pero del cristal roto salía un papel, y el viento otoñal se lo arrebataba, mientras la muchacha corría tras él para intentar cogerlo, pero en vano. Arrepentida por su error, cayó de rodillas en la arena, mientras contemplaba el océano al atardecer, y en silencio, la nieve comenzaba a caer a su alrededor. Comprendió que podía cambiar las historias, y se levantó apresuradamente a escribir el sueño, a la luz de su escritorio, con la cabeza muy cerca del papel, para que no se perdiesen las palabras. El señor Auster perdía su atención en algunos momentos de la presentación, y mientras el resto escribía de un modo frenético, yo observaba la profunda quietud de su rostro, enmarcado en un  pelo largo y ya blanco, como el color de la nieve en aquella playa. Puede que se sintiese en determinados momentos cerca de ella, donde quedan huellas.

 

 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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