¿Nacemos o nos hacemos inteligentes?

Cada persona es única.

La diversidad está en el corazón de la naturaleza humana. Por eso, cada uno es inteligente a su manera. Según nuestro desarrollo personal, el periodo histórico y la cultura dominante seremos inteligentes de una manera u otra. La inteligencia no es un don o una fatalidad, sino una oportunidad para desarrollarnos que debemos aprovechar. Cualquier tipo de ésta no es, en sí misma, ni buena ni mala, todo depende de lo que queramos hacer con ella.

 

Todos cuando nacemos tenemos una misma estructura mental con diferentes facetas, las cuales moldearemos según las experiencias y oportunidades que nos ofrezcan nuestras circunstancias. Uno de los aspectos más característicos de nuestro sistema nervioso es su plasticidad, es decir, la capacidad de transformarse según la experiencia.

Nacemos inmaduros y esto es una de las grandes ventajas que poseemos, dependemos de otras personas para desarrollarnos, nos aportan una importante fuente de experiencias que nos acercan a nuestro legado cultural. Es obvio, cada uno nacemos con unas potencialidades intelectuales que varían de una persona a otra, pero éstas variaran con factores tales como la experiencia y la educación.

Con esto en mente podemos interpretar el famoso refrán “De tal palo tal astilla”, “es igualita que su padre, no le entran las matemáticas”. ¿No será que, a parte del peso de la herencia, que seguramente algún papel desempeña, los hijos se parecen a los padres por el conjunto de experiencias y valores comunes, de momentos compartidos o de ilusiones transmitidas?

 

Nacemos con determinadas potencialidades que no son capacidades fijas sino que necesitan el alimento de la experiencia para que puedan expandirse, es aquí donde la educación desempeña un papel fundamental. Definimos educación como las prácticas encaminadas a facilitar el desarrollo de las personas para garantizar su adaptación cultural. En el lenguaje coloquial, decir que una persona es educada, tiene que ver principalmente con sus dotes de urbanidad. Pero la educación va más allá, en el ámbito de la inteligencia la educación realmente influye muy poco. Es común pensar, por ejemplo, que si uno es negado a las matemáticas lo es de nacimiento y de por vida. Gran error pensar así.

Alejandro Dumas decía: “Que los elefantes sean tan inteligentes y los hombres tan bestias debe ser debido a una cuestión de educación”.

La escuela es la creación cultural y, por tanto, conduce los valores de una determinada sociedad, esto no es malo en sí mismo pero puede hacernos caer en algunas trampas.

En algunas culturas no existen las escuelas, las escuelas son la calle. Niños y jóvenes aprenden de sus mayores, participando en tareas cotidianas y en todo aquello que les permita sobrevivir en su comunidad. No hay escuela, se aprende de la vida.

 

Desgraciadamente esta manera de aprender no sería eficaz en una sociedad tan especializada y compleja como la nuestra, que obliga a que los jóvenes a que manejen aprendizajes difíciles de adquirir fuera de un lugar especial, con personas especiales y con métodos de enseñanza también especiales.

 

¿Ser buen alumno garantiza tener éxito en el fututo profesional?

Todos conocemos casos de famosos que no fueron muy brillantes en sus estudios y, sin embargo, triunfaron. Einstein, Gandhi, Ferran Adriá, Miguel Poveda…

 

¿A qué prepara entonces la escuela? Nos enseña a manejar el lenguaje oral y escrito, dominar el lenguaje matemático, resolver problemas (muchos ajenos a la realidad del día a día), nos enseña a aprender cosas sin muchas veces saber para qué sirven, a ser ordenado y puntual y seguir sin rechistar la disciplina escolar.

 

La escuela alejada de la vida cotidiana educa en una dirección que no necesariamente es garantía para el éxito profesional. ¿La labor de la escuela es inútil? En absoluto, la escuela es esencial como formación básica para adaptarnos a nuestra cultura, sobre todo es una garantía para educar a niños, que por razones de falta de recursos, no tienen en sus familias las garantías de un buen desarrollo. Sin embargo, las escuelas deberían valorar los perfiles de inteligencia que, aunque no se ajusten a los estándares, pueden tener un potencial para el futuro profesional.

 

También, influye,  el estilo de educación de los padres; si animan al niño a hacer cosas por su cuenta, si están atentos a que las haga bien, y al mismo tiempo refuerzan sus logros sin dar demasiada importancia al fracaso ocasional.

 

Nos guste o no, nuestra mente, con todo su equipamiento biológico y su desarrollo posterior, nos pertenece. Al igual que nuestro perfil de inteligencia, con sus aptitudes y limitaciones. Dejemos de lamentarnos y ser esclavos del pasado, donde seguramente, encontremos motivos para expresar nuestras frustraciones: “nuestros profesores fueron un desastre y no entendieron nuestra manera de ser”, “mis padres no podían costearse una academia de idiomas”…

El gran peso de la importancia recae en la edad temprana pero eso no significa que estén los dados tirados. Cultivemos nuestra inteligencia a lo largo de la vida siempre con nuestras circunstancias, cada etapa vital nos ofrece oportunidades para ello.

 

“El error de la juventud consiste en creer que la inteligencia compensa la falta de experiencia, el error de la edad madura es creer que la experiencia sustituye la inteligencia” Lyman Bryson.

 

Bibliografía: Las siete inteligencias. Eduardo Martí.

Fotografía: Gothandy

 

Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.