Lo que yo si fuera tú y estuviese allí.

 

Lo que tú si fueses yo viéndote desde aquí frente a la tele, me da arcadas.

 

La opresión había terminado. Los años de guerra y horror se ven hoy reducidos a un     recuerdo macabro que no hace más que presentarnos de una forma irónica y casi         burlesca de lo que es capaz el ser humano. Del sufrimiento que es capaz de soportar e infligir una persona hacia otra o incluso hacia sociedades enteras. Morir por unos ideales, morir por un país o morir por una religión, lo mismo es si se trata de crear una diferencia entre nosotros tan abismal que al asomarme a ella lo único que siento es una profunda sensación de asco.

La deshumanización de los sentimientos se instauró por encima del amor e incluso por encima de todas aquellas cualidades que sin alejarnos de nuestra especie nos acercan a los animales de los que, ya hace tiempo me di cuenta, tenemos bastante que aprender.

Desacostumbrarnos a luchar, desacostumbrarnos a odiar es algo que no ha resultado   tarea fácil para ninguno. Mucho menos para mí, pero al final el perdón llega para todos como un soplo de esperanza que convierte este infierno, el cual ojalá pudiese llamar     pesadilla, en algo mucho más acogedor y libertario; que no anárquico.

La injusticia grita en los ojos de todos los desaparecidos que hoy veo pegados a una   pared a modo de fotografías antiguas. El retrato del horror sufrido por familias enteras, las imágenes de la desesperación y la más incomprensible de las tristezas. El llanto más hondo del corazón.

Es inadmisible que se permita desde cualquier tipo de gobierno, dogma o manos que la pisoteen, que se pierda la libertad. Es una inseguridad colectiva la que se ve reflejada en sus habitantes, cuando se prohíbe cualquier tipo de derecho relacionado con la expresión de uno mismo y del conjunto. Es incomprensible que cualquier persona pueda permanecer impasible mientras se destruye brutalmente la dignidad de otro ser humano ante sus narices.

Que ante mi visión humilde, solo hemos venido aquí a vivir; pero en algún momento supusimos una amenaza para que las cosas siguiesen funcionando como dicen que deberían. Y lo que un día consideré cultura, enseñanza y progreso, lo vi reducido a   mierda. Y todas aquellas verdades que yo creía aprendidas, quedaron reducidas a la   ilegalidad del pensamiento que se instaura con el mismo propósito que tiene alguien al callarte la boca con la mano de un guantazo.

Si el líder de hoy o el de mañana permite lo que estas cuencas han visto arrancándome la mirada, sería un milagro sin blasfema ninguna, Dios me libre, que pudiese pegar ojo una noche entera.

En ambos bandos las generaciones aun no se han contado para saber cuándo volverá la confianza a casa de tantos que gratuitamente llevan consigo la carga del abuso.

Atrás quedaron los gritos de socorro y las plegarias de misericordia, atrás quedaron. Y aunque todavía resuene en mi cabeza el llanto de los pueblos arraigados a la angustia, condenados a un desafortunado destino en manos de aquellos que en los diarios locales no tienen nombre, empiezo a vislumbrar algo de naturaleza en el inocente semblante de los niños, ellos siguen jugando en los escombros como si no ocurriese nada, como si nada hubiese ocurrido.

Gritos al cielo alabando a Dios. Dios, ¿qué Dios permite esto si son sus gentes las que lo sufren? Si somos nosotros los que detrás dejamos la tierra que nos vio nacer y que nos dio alimento hasta que se convirtió en un campo de minas forasteras e inoportunas. Una guerra nunca tiene la oportunidad, por lo menos para aquellos que comen pan con las sopas.

¿A qué Dios tengo que preguntarle cuando suba allí arriba, si es que es él quien me     espera, qué ocurrió con los críos que cruzaban las montañas gélidas huyendo de la     catástrofe? y de sus familias que aun los esperan en otra punta de este País o en la frontera de alguno distinto. ¿A qué gobierno debo llamar Dios y creador de la histeria generalizada que se discute en son de paz entre té con pastas?

Nadie quería sino mirar para otro lado y llorar de perfil el desastre que vivíamos nosotros; pero de lejos, como espectadores intranquilos queriendo parecer algo solidarios con las víctimas de una sociedad creada por todos, materializada en capital y capitales.

Ahora respiro más calmado, ya que si hay una paz que recuperar urgente es aquella que dejamos de sentir en nuestras almas. Esa es la que me corre prisa, la de la madre cuyo amigo más fiel es el insomnio. Y el perdón, el perdón que tantas veces se ha escapado por la boca y que vemos en un frío apretón de manos ante los focos, en blanco y negro ante los públicos y más falso que las monedas de 30. Supongo que es aquél que necesito encontrar en mi interior ahora que todo esto ha acabado.

Y Dios mío o de quién seas, yo no te hago responsable de las atrocidades cometidas. Y es que son los hombres, con sus manos y sus ansias de poder, los que nos quitamos el aire que respiramos si se trata de llenar la cartera. La ley del más fuerte impera siempre que olvidamos la cordura necesaria para vivir en sociedad. Tengo miedo de mirar a mi mujer y no poder prometerle un futuro más allá de las aguas del río seco que nos da de beber de vez en cuando, si es que su Majestad quiere que llueva.

Pero miren, por mi que llueva el aire de una vez y arrastre el viento y las ascuas que aún nos queman, y lo demás ya vendrá luego.

He visto en las líneas de sus manos que hay pan para todos por igual, por igual digo. Si algún día nos damos cuenta de que esto es tan cierto como que aquí nadie más merece ya sufrir, igual ahí podremos pasear tranquilos equilibrando la balanza de la vida que no entiende de codicia para nadie.

Vaya crimen Señor, el de darnos ese ansia de poder que se incrusta en la podredumbre de los que ya lo sufren y, por supuesto, quieren mantenerlo.

Más que él, más que tú, más que nadie es el castigo impuesto al ser humano como riña a su infinita codicia. Y al final, ¿qué es lo que queda? dejar en la historia esa huella que hace peso hasta convertirse en hueco, el hueco de la historia. Las guerras son huecos en la historia del hombre y la humanidad y deberían ser tratadas como tal, deberían olvidarse con la cabeza casi abajo en el subsuelo. Como la deshonra procesada a aquellos que en la antigüedad confiaron en que el hombre sí puede, debe, vivir en sociedad.

Qué vergüenza, así me siento; con mucha vergüenza al pensar en los estúpidos peones que nos convertimos cuando nos toman por marionetas. Cuando el alcance de estas   palabras no llegan a ser más que una opinión salida de otro charlatán de tres al cuarto que pide vida y no muerte, que ha visto muchas ya.

Y aún con la vergüenza que sentí al llamarme humano, mi finalidad en este mundo es   seguir apreciando que lo somos. Seguir confiando en que aquellos cuya fuerza no es más que la que invita a vivir humildemente y ver así el lado más agradecido de la vida que nos queda. Me explico, si aun prevalece el afán por hacer algo que se aleje un metro del   propio ombligo, si el egoísmo no se ha convertido en la matriz del éxito como persona. Yo me conformo con dos migas de pan al día con tal de no volver a asomarme a aquello que me perseguía cuando perdí la fe en cualquiera.

Si alguna ciencia puede centrarse entre tanto horror en aquello que nos lleve a hacer de este un mundo más compasivo , creo que encontraré un motivo y una respuesta a porqué yo sigo soñando más allá de los muros de este imperio arrasado. Por qué considero que la vida; dada por quien sea que así lo haya decidido, sin quitar ningún mérito a la madre que me parió, continua siendo un regalo bendito mientras lo que corra por mis venas siga fluyendo.

 

Acerca de Sandra Cáceres

Un poquito de aquí y un tanto de allí, de donde sienta. Creía que escribir era una forma de desahogarme -Desahogar: Dar rienda suelta a una pasión o dejar que un sentimiento se manifieste abiertamente-. hasta que descubrí que las letras eran mi océano donde respirar. Periodista de carrera y escritora de fondo. Viajera. Más impulsiva de lo que se consideraría estrictamente necesario. Coleccionista de libretas y diarios. Congelando la relatividad del tiempo bajo estas teclas.
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