Apuntes ácidos sobre el debate de anoche

“Tenemos suerte de tener una democracia en la que podemos ir y votar el 20 de diciembre”

Esta frase de Albert Rivera cae como un tupido telón sobre la miseria humana de nuestro país. No pasa nada. El mundo no se está yendo a la mierda. Tráguense de nuevo la pastilla azul y cuando despierten el 21 de diciembre nada de esto habrá sucedido.

Por desgracia decir que tenemos una democracia es poner la mano en el fuego por algo más que unas papeletas que los ciudadanos podemos ir a meter en una urna, recordemos, cada cuatro años. Es suponer que gozamos de unos medios de comunicación libres y objetivos. Es suponer que existe una separación de poderes, con un poder judicial realmente independiente. Suponer que tenemos una democracia es pensar que los partidos que participan en ella no le deben favores a las grandes corporaciones. Es suponer que son los votantes los que cambian al sistema y no el sistema el que cambia a los votantes a su antojo. Y eso es mucho suponer.

Anoche hubo sobre todo teatro. Naumaquias por todas partes. Pedro Sánchez convertido en un Troy McClure que le roba las propuestas a Pablo Iglesias; Pablo Iglesias luchando por contraatacar una vez que ya ha aceptado totalmente el juego del márketing de Albert Rivera; Albert Rivera sacando escandalosas portadas sobre la corrupción y restregándoselas por la cara a la representante del partido al que ayuda a gobernar en comunidades como Madrid, el PP; y el PP descabezado, con Soraya recibiendo los palos que debería comerse Rajoy. Y lo peor no fue el bochornoso intento del partido que mejor representa el patriarcado en nuestro país por erigirse como feminista. No. Lo peor fue la oportunidad desperdiciada del PP para disculparse por todo lo que nos han hecho estos cuatro años. Y ya de paso de disolverse y entregar las armas.

Rivera sabe de lo que habla cuando se refiere a nuestra querida y adulterada democracia; el conglomerado que ha logrado auparlo en las encuestas y hacerlo aparecer como el nuevo mesías, el nuevo Suárez. Él mismo se encargó de recordarnos durante el debate que algunas encuestas lo presentan como el ganador de las elecciones, bienvenido sea el efecto bandwagon.

Ahora, llegado el momento de la Transición 2.0, España se encomienda de nuevo al espíritu de aquel Suárez que antes de ser el primer presidente del gobierno que conocimos fue el ministro-secretario general del Movimiento (Movimiento Nacional, se entiende). Y lo hace de muy buena gana, porque al fin y al cabo Ciudadanos es el partido de los triunfadores.

En no pienses en un elefante, George Lakoff nos enseñaba que la gente no vota programas electorales, vota a los candidatos con los que cree compartir valores. Y todo español que se precie quiere verse a sí mismo con ese Rolex de oro y esa pinta de guapete que lucía Albert anoche. No como esos perroflautas de la coleta, sudando ridículamente sus camisas baratas de Alcampo y señalando con el dedo la mierda que nadie quiere oler.

El decorado en plan “lluvia de estrellas” en el que se desarrollaba el debate de anoche tal vez nos ayude a recordar que un programa de televisión es una forma más de manipulación informativa, una manera de que nos trasladen un mensaje. Por eso la gente no tiene memoria, Pablo (aunque gracias por intentarlo), porque hay demasiadas personas intentando llamar nuestra atención, o distraerla con bobadas, o incluso intentando “ lograr transmitir una imagen de solvencia y confianza” en palabras del secretario de comunicación de Ciudadanos, Fernando de Páramo, quien poco después del debate se dirigía a la audiencia como el que hace un brainstorming en una agencia de publicidad. Sin tapujos.

Al final la culpa no es de los políticos. Pobrecitos, sometiéndose a esa batalla dialéctica sin poderse ni sentar en dos horas. La culpa es de los votantes por asumir que espectáculos, como el programa televisivo de anoche, pueden sustituir al ejercicio diario del pensamiento crítico que necesitan los ciudadanos para formar su opinión.

Pero tampoco nos alarmemos; al fin y al cabo solo nos estamos jugando la intención de meter uno u otro papelito en una urna, recordemos, cada cuatro años.

Acerca de Adán Cuesta

Manchego y caballero andante por los humeantes páramos del Imperio en busca de vida inteligente. Huyendo. Exprimo a las palabras mientras afuera crecen las ruinas, intentando que enuncien el rostro de nuestra decadencia, intentando que enuncien una verdad que no se puede conocer de otro modo. Libertario y Antiautoritario. Porque aquel que no es capaz de oir la música siempre piensa que los que bailan están locos
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