Una luz al otro lado

 

Había llegado con tiempo suficiente a la estación, quedaban todavía unos minutos para que el tren partiese y las voces resonaban por megafonía anunciando la llamada a los pasajeros más rezagados.

Entró en el vagón que le correspondía, cargada con una maleta y algunas bolsas de viaje, mientras miraba a una familia que aún se encontraba en el andén.

Era un matrimonio con un niño pequeño de unos cuatro años, con una sonrisa preciosa y unos ojos oscuros y grandes que ocupaban todo su rostro.

El niño jugaba con su padre, quien le cogió la mano en ese instante para que no siguiese corriendo por los alrededores del tren. Parecía muy emocionado, feliz. Le recordó a su hijo, Luis. Se reía de la misma forma que él cada vez que su padre corría detrás mientras jugaban.

El matrimonio se despidió con un beso y la madre abrazó al pequeño mientras le besaba la cabeza agachada en el andén. Aquel crío tenía la misma mirada que su hijo. Ella se quedó sonriendo desde el vagón contemplando la escena cuando la madre ya se disponía a subir al tren. Cuando este echó a andar, el pequeño corrió al lado de la ventana, agitando las manos. Como si su madre no se fuese a ir a ninguna parte.

Ella, desde el interior, reía casi emocionada.

El padre sonreía junto al humeante convoy que ya les dejaba a ambos atrás al alcanzar mayor velocidad.

Tras sentir una inmensa ternura por la escena que acababa de presenciar, ella miró a la mujer que seguía riendo mientras pegaba su mejilla al cristal. Se giró entonces para colocar sus bolsas y la maleta con la que cargaba.

Tras unos instantes, levantó de nuevo la cabeza sonriendo hacia la madre del crío. Cuando, para su sorpresa, descubrió sus intimidantes ojos posados sobre ella, con una mirada que no esperaba encontrar, en absoluto. Un semblante serio, casi desafiante, que le hizo retroceder en el vagón con un sentimiento de incomodidad recorriendo su estómago.

 

Nunca había visto una mirada similar en el rostro de una persona. No entendía por qué razón aquella mujer la observaba de aquella manera. No comprendió qué habría podido hacer para molestarla, simplemente se dio la vuelta y se dispuso a buscar su asiento.

Intentó olvidar el casi grotesco episodio anterior.

Podía contemplar el paisaje a través de la venta, entretanto el sol entraba inundado todo el compartimento. Hacía un precioso día de primavera.

Entonces, se limitó a escuchar el ruido que los vagones hacían contra las vías mientras los pensamientos recorrían su mente. Por un momento se sintió feliz meditando sobre cómo había trascurrido su vida.

Estaba muy orgullosa del trabajo que había conseguido en el laboratorio. Su marido siempre la había apoyado para cambiar de empleo, pero cuando nació Luis todo quedó en el aire. Hasta que ese año, por fin, entró a formar parte de una de las más prestigiosas empresas farmacéuticas.

Intentó, en ese momento de calma y tranquilidad, alejar toda clase de pensamientos negativos de su imaginación. Pero no pudo evitar, como le sucedía a menudo, pensar en el día en el que la noticia de su diagnóstico se abalanzó sobre ella.

Siempre recordaría la incredulidad que la atrapó cuando leyó aquel informe médico: irrefutable, frío, distante… Desde entonces, esa sensación se había vuelto constante.

El reflejo del sol le hizo sentir calor rápidamente. Se levantó para abrir la ventana situada justo al lado de su asiento. Fuera la temperatura era muy agradable, y le convenció la idea de notar el aire fresco en su rostro mientras el tren avanzaba entre las llanuras borrosas del horizonte. Tras varios intentos fallidos, entendió que la ventana estaba atascada, ella sola no sería capaz de abrirla. Por lo que se volvió a sentar y miró a los pasajeros de su alrededor para decidir a cual de ellos le pediría dicho favor.

 

Su asiento estaba dentro de una cabina con tres más, aunque solo un pasajero ocupaba el asiento frente a ella. Se trataba de un hombre canoso y elegante, vestía de traje y tenía un gran reloj que asomaba por fuera de la manga de la camisa izquierda. Nunca le habían gustado ese tipo de asientos, le resultaba muy violento viajar durante tantas horas cruzando miradas con personas desconocidas.

 

En ese momento advirtió el nerviosismo que invadía al señor del traje. No paraba de mover el pie, cada vez más rápido. Subió la mirada para contemplar con asombro a su compañero de vagón, un rostro que le resultó singularmente familiar. Habría jurado que le había visto anteriormente, en otra ocasión. Quizás en más de una, pero para ella era indudable que, en cualquier caso, nunca le había visto así vestido. La persona que ella se figuraba siempre llevaba encima una bata blanca. Por lo que pensó que posiblemente ese hombre se pareciese de una forma insólita a algún compañero del laboratorio.

Otra vez el pie le llamó la atención, con un movimiento horrible, nervioso. Haciendo un ligero ruido contra el suelo que comenzó a inundar sus oídos. Ella no podía apartar la vista distante de aquella imagen. Una voz dentro de su mente suplicaba sin cesar a aquel hombre que dejase de zarandear su pierna. Que parase de apuntar hacia arriba y abajo con ese irritante y distinguido zapato. La ansiedad le llenó la garganta formando un nudo inamovible. Comenzó a respirar rápido, y dirigió su rostro hacia la ventana del vagón, intentando centrar su atención en otro punto. Debía calmarse.

Otra vez el sol, exánime, la cegó.

Respiró profundamente durante unos minutos hasta que se tranquilizó y notó como el sueño la vencía, por lo que se dispuso a dormir hasta que el convoy llegase finalmente a su destino.

 

Un momento más tarde pudo notar como alguien le rozaba el hombro hablándole en un tono de voz muy suave.

Se incorporó en el sillón que se encontraba al lado de la ventana de la habitación.        El Doctor Sánchez colocó entonces una silla frente a ella. Merche se quedó mirando fijamente el gran reloj que ocupaba la muñeca izquierda del hombre. Rondaba los cincuenta.

–¿Cómo te encuentras, Merche? Me han comentado las enfermeras que estos días has estado mucho más tranquila.

–Sí. Hoy muy bien, la verdad. Ha sido un gran día. He ido con mi familia en tren a ver a los padres de mi marido. Viven en el norte y Luis ve a los abuelos muy de cuando en cuando. Ya sabe, cuando podemos ir todos. Además al crío le encanta viajar en tren.

–Eso está muy bien. Hoy hace muy buen día, al fin ha vuelto a salir el sol después de toda la semana lloviendo. Mañana volveré sobre la misma hora y seguimos charlando. ¿Te parece?

 

Él colocó la silla en la esquina de la habitación donde estaba antes de su llegada y salió, cerrando la puerta muy despacio a la vez que sujetaba una carpeta gris con la información de algunos pacientes de la clínica.

Ella volvió a girarse hacia la ventana, pensando en las últimas palabras del Doctor.    Era cierto, hacía un día precioso en el jardín. Se quedó allí contemplando las impasibles rejas que custodiaban el otro lado. Había vuelto a salir el sol, un sol cegador que resultaba más que agradable contemplando ese horizonte, borroso e incierto.

Acerca de Sandra Cáceres

Un poquito de aquí y un tanto de allí, de donde sienta. Creía que escribir era una forma de desahogarme -Desahogar: Dar rienda suelta a una pasión o dejar que un sentimiento se manifieste abiertamente-. hasta que descubrí que las letras eran mi océano donde respirar. Periodista de carrera y escritora de fondo. Viajera. Más impulsiva de lo que se consideraría estrictamente necesario. Coleccionista de libretas y diarios. Congelando la relatividad del tiempo bajo estas teclas.
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