Pantallas

Menos mal que yo llevo mi libro para leer en el metro. Es una forma de evadirme de todos esos ojos pegados a cuadriláteros que destellan luz y más luz con letras, imágenes publicitarias y  fotografías del compañero de universidad que nunca pisó la clase y ahora anda trabajando en Sao Paulo . ¿Qué pensarán de mí las señoras que no sueltan el Whatsapp en todo el camino? Cómo son las generaciones de ahora, con lo bonito que es el olor de las páginas de un libro abierto. Señora, le juro que no lo quería, el ebook fue un regalo.

Salgo del metro, encima Navidad, más luces en escaparates, marcas por doquier aprovechando los pocos segundos que el homo sapiens de hoy gasta en mirar hacia arriba. Abro mi móvil, Facebook claro, para escapar de esa sobrecarga de información acrecentada por estos tiempos electorales y veo al compañero que ahora está trabajando en Sao Paulo, curiosamente se parece mucho, la sonrisa, el áurea y el atuendo, al que anunciaba formación en el extranjero en un anuncio en el metro.

Llego a la oficina, pantallas. Periódicos cargados de banners aburridos, intrusivos, como la foto de mi compañero en Sao Paulo. Post patrocinados, 140 caracteres patrocinados, recomendaciones personalizadas para formarte en Brasil y vídeos virales que no dejo de ver por miedo a levantar la cabeza, no vaya a descubrir algo nuevo y sea yo el que, encima, tenga que grabarlo; para eso ya están otros.

Aprovecho mi descanso laboral para consultar el móvil, el mus ya no se juega después de comer. Más vídeos virales, conversaciones absurdas en grupos y un gran porcentaje de marcas detrás de un contenido sobrecargado y malo recorriendo internet. Los diez mejores restaurantes, las diez mejores escapadas o las diez mejores técnicas para escribir un post, este último, no lo escribiría alguien que realmente supiese escribir o al menos respetara este oficio.

Ahora he quedado, sé la calle pero no donde está. Activo Google Maps, me aparecen algunos comercios en el camino (en la pantalla, se entiende), no suelto el móvil porque no sé llegar, tampoco preguntar. Me choco, te chocas, se choca, nos chocamos y se chocan cada uno consumiendo información que realmente le cansa, por falta de calidad las veces, por sobrecarga de información siempre.

El otro día un señor mayor, que presumía de no usar móvil, me explicó algo que yo ya sabía pero de lo que parecía no acordarme; el significado de Homo Erectus, que no es otra cosa que hombre erguido y que, a su vez, es el predecesor del actual homínido que somos, el que empezó a andar recto y a levantar la mirada. Para concluir, y con un halo de misterio típico del tipo de gente que se para a dar lecciones a jóvenes dijo: “El día en el que el hombre deje de mirar hacia arriba, dejará de ser hombre”. Silogismo disyuntivo, de toda la vida, si p entonces q. Hay p, ergo, irremediablemente, tarde o temprano, habrá q.

Pronto seremos Homo Whatsappiens y  entre las innumerables ventajas de estas pantallas, yo resalto un defecto, ella ya no me mira en el metro.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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