La tierra áspera

Se volvió para dedicarme una amable sonrisa y me dijo: ‘Lo que ocurre es que tú tienes nombre de escritor’. No pude evitar una cierta extrañeza en mi mirada, sin palabra alguna que pudiese ser devuelta por mi parte. Debía meditar más esa frase que me llegó como una flecha encendida. Él añadió: ‘Diría que en la cara también lo llevas, no sé, las facciones, los gestos’. Yo continué mi silencio, desentrañando si aquello era un comentario amable, o quizás una maldición.

Ya hace bastantes años de esa frase, pero todavía el recuerdo permanece cerca de mí, como el aliento frío del fantasma en la nuca. La coincidencia, cruel, hizo que acabase transformándome en lo que aquel amigo me dijo. Durante una firma de mis ejemplares que tuvo lugar en una librería de la Calle Mayor, que ya nadie apenas recuerda, volví a encontrármelo. Frente a mí estaba, su mirada lluviosa, el pelo canoso –él con más entradas– y con la mente descansada, puede que todavía rememorando algunos momentos muy vívidos –yo también–. ‘Vaya’ comenté, ‘imagino que querías ver con tus propios ojos cómo finalmente tú te saliste con la tuya. Tú tenías toda la razón’. Y fue él quien se extrañó de la frase dicha, ahora más una ironía que un halago, y se me dirigió con un: ‘Lo siento caballero, pero no sé a qué se refiere con eso. No sé si he ganado algo, o si tuve razón o no respecto al momento que usted me menciona. Discúlpeme si no lo entiendo ahora, pero ¿me puede firmar el libro igualmente, no?’. Me volvió la extrañeza y la inmediata mudez. Sabía que él era Rafael, que fuimos compañeros (nunca se llegó al grado de amistad, pero no importó) de clase en la universidad, que su principal interés era mirar a las alumnas recién entradas en la facultad, con sus caras de inocencia y jovialidad, que se entretenía la mayor parte del tiempo que coincidíamos en contarme historias –reales o no, pero no importó– como aquella del aborto que sufrió la corista de los Rolling Stones al finalizar la sesión de grabación de la violenta, enigmática y atractiva Gimme shelter. Reconozco que esa me impresionó por su particularidad, e imaginaba el sufrimiento de aquella mujer tras haber hecho uno de los acompañamientos vocales más emblemáticos de la historia del rock. ‘Si es una broma Rafael, veo que no has perdido tu guasa’ le contesté, más rápidamente que la última vez que consiguió dejarme callado, hace tantos años. Pero él permaneció impasible, asombrado al darse cuenta de que podía conocerle, pues había mencionado su nombre, y reavivé su frase en mi memoria: ‘Lo que ocurre es que tú tienes nombre…’ Pero algo se le debió haber perdido en el camino, ya no se apoyaba sobre sus pies de mismo modo, ahora lo hacía con cierta desgana, arrastrando un peso, un vacío. ‘Lo siento, señor Del Val’ y me tendió el libro abierto para que le firmase, con gesto de urgencia, puede que impacientado de tanta palabrería y misterio. Había firmado el libro de un desconocido, había escrito el nombre de un conocido en un libro que era propiedad de un hombre sin memoria. ¿Qué le habría sucedido al tan efervescente Rafael? No tardó mucho en acabarse el acto, a pesar que la cola parecía no tener fin, pareciéndose aquella discreta librería al Palacio de los Deportes antes de un concierto pop o acontecimiento deportivo. Salí con cierta prisa del lugar, olvidando que ya había dejado de fumar, y por tanto, viendo inútil el hecho de palparme los bolsillos en busca de un cigarrillo y mechero. Caminé bajo el sol, como un foco de estudio, que se proyectaba en picado sobre la Calle Mayor, en dirección Bailén  para poder doblar a la izquierda y llegar cuanto antes a mi piso. Pero topé, entre filas de turistas y ciudadanos y obras y tráfico, con la figura desencantada de Rafael, detenido frente a una fachada de amarillo pálido –en ese momento, un poco menos debido al efecto de la luz–, con la mirada algo gacha. De golpe caí en la cuenta, y le contemplé del mismo modo que él hacía con aquel edificio, que en su infancia había sido su primer hogar. Se frotó la tripa, cubierta por camisa y traje, y pensé en la corista de la canción, que dio lo que seguramente más quería en su vida por unos segundos de perfección grabados en una pista musical. No pude acercarme por pudor, ya me había rechazado en la librería, en un momento de extrema proximidad, también física. Sentí que debía consolarle, únicamente con una mano apoyada en el hombro, pero no sabía siquiera que fuese a acordarse de mí, aunque me hubiese visto hace unos minutos, hace unos años. Aquel hombre que había sabido mirar el futuro de las personas en tan sólo una frase (‘tú tienes nombre de escritor […] en la cara también lo llevas’) no había podido adivinar que se iba a quedar sin voluntad alguna de poder conservar todos los hechos que le hubiesen pasado o dicho, las personas o los rostros, las ciudades o sus nombres.

Aunque fuese a convertirme en escritor, como Rafael bien supo calarme, él había sucumbido a su propia maldición, y como decía ese poema, su nombre le acabó sonando raro –también el de los demás– ‘entre los juncos y la baja tarde’. Le dejé allí parado, frente a su fachada de recuerdos que nunca se le aparecerían, en un Madrid que no lo volvería a ser para él, llevándose la mano a la tripa, puede que como la corista de los Rolling Stones, mientras aúlla a la melodía ‘dame refugio’, puede que para protegerse de su desgracia, de impedir que sus pies se rozaran con una tierra áspera. Rafael permaneció allí, sin recuerdos, en silencio.

 

Fotografía: Jim Forest

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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