Mar López, diseñadora y activista: “Ser voluntario es una experiencia que te marca muy positivamente, te vuelve a conectar con lo que significa ser humano”.

En el momento en el que comienzo a transcribir esta entrevista están ya embarcando a los refugiados en ferry desde la isla de Lesbos a la costa turca. A muchos de ellos ni siquiera les dicen a dónde van. Nuestros gobernantes comienzan a plantear la posibilidad de llegar a un acuerdo multimillonario como el del país otomano con otro estado que ni siquiera es estado: Libia. España, país de más de 46 millones de habitantes, se prepara para acoger a menos de 100 refugiados. Han construido campos de concentración internamiento en nuestro paraíso de derechos y libertades, donde antes había campamentos de acogida que aportaban algo de esperanza a los miles de refugiados que huyen de las guerras y la miseria.

¿Y qué puede hacer alguien como yo ante tanta mierda? Alguien como yo, o como probablemente tú, pensará que poco más que hacerse eco de las injusticias en las redes sociales y financiar alguna de las ONGs que trabajan sobre el terreno. Quizás promocionar y atender eventos locales que buscan acercar el drama a los españoles. Poco más, estamos atados a nuestras responsabilidades, nuestros trabajos. Nosotros sí tenemos futuro, no vayamos a sacrificarlo por un problema que ni siquiera nos queda tan cerca.

Hay sin embargo algunas personas que no soportan ser meros testigos desde la barrera y deciden movilizarse. Gente como Mar López, diseñadora y artista gallega que decidió un día salir de su burbuja del bienestar europeo para enfrentarse a la mayor crisis humanitaria del Viejo Continente en décadas y contribuir a aliviar la situación de las personas que lo sufren. Lo hizo desde la isla de Lesbos, puerta de entrada a la UE de miles de refugiados e infame centro de detención actualmente.

El mes largo de experiencia, según admite, le ha dejado marcada.

 

-Han cambiado mucho las cosas desde que volviste de Lesbos.

Efectivamente. Lo que antes era una gran red solidaria de ONG’s y voluntarios independientes ahora se ha destruido y han convertido Lesbos en un gran centro de detención. Hay gente que se ha quedado en Lesbos a ayudar en los márgenes que las autoridades les permiten, pero muchos otros voluntarios han desistido y se han ido a Idomeni, Atenas o los nuevos campos de la Grecia continental. El trabajo que hacen en las islas está muchísimo más limitado que antes de la entrada en vigor del acuerdo UE-Turquía.

Por ejemplo, si antes había colectivos de voluntarios que cocinaban para abastecer a los campos, ahora el ejército subcontrata un catering tan escaso que la gente pasa hambre y los grupos de voluntarios lo único que pueden hacer al respecto es lanzar kits de comida por encima de la verja en Moria (hasta ahora el campo de refugiados más importante de la isla, hoy centro de detención).

 

-¿Hay problemas de alimentación en el centro de detención de Moria?

Les dan muy poca comida, la gente está pasando hambre. Por eso hay ONGs que hacen todos los días bolsas con sandwhiches, una manzana y un botellín de agua y tratan de introducirlo en el campo pero no es suficiente, especialmente para los niños y las mujeres embarazadas que tienen necesidades nutricionales específicas.

 

-Oímos hablar de Lesbos, pero quizás haya personas que no sepan por qué llega tanta gente a esta isla.

Lesbos está pegada a Turquía. En el punto más cercano entre la isla griega y el continente hay solo 10 km de distancia. Desde hace años los refugiados que huyen de guerras en Asia y África (no olvidemos que no son solo sirios) la utilizan esta ruta como vía para llegar a territorio europeo. Sin embargo, la gran avalancha comenzó el año pasado, coincidiendo con la mayor presencia y violencia del ISIS tanto en Siria como en Iraq.

Lo que hacen estas personas que huyen de conflictos armados y de persecución, es cruzar como pueden hasta Turquía, donde se ponen en contacto con mafias. Hay que tener en cuenta que, según una ley turca de después de la II Guerra Mundial, solo obtienen el status de refugiados los ciudadanos europeos. Al excluir a los sirios, iraquíes, afganos y demás nacionalidades que huyen de sus países de origen, solo les queda dos opciones: o quedarse de manera ilegal malviviendo en Turquía (no pueden trabajar ni enviar a sus hijos a la escuela) o intentar cruzar como puedan a Europa y pedir asilo político. Muchos se juegan la vida al cruzar porque tienen la idea romántica de que los estados europeos siguen siendo los garantes de los derechos humanos, que aquí podrán vivir dignamente y seguir adelante con sus vidas.

 

-Pero Europa tampoco los considera oficialmente refugiados hasta que no les concede el derecho de asilo ¿no?

Un refugiado, como su nombre indica, es alguien que tiene un refugio. Un sirio atascado en el barro de Idomeni no tiene ni siquiera eso. Encontrar el término preciso es complicado: son personas que han sobrevivido a un conflicto y han huido de él.

 

-Cuéntame un poco sobre tu experiencia personal: ¿cómo y por qué decidiste ir a Lesbos?

 Llega un día que no puedes con la impotencia de ver como tantos seres humanos mueren ahogados tratando de escapar de una guerra cruel y que los gobiernos no hacen nada por solucionarlo y decides entrar en acción.

 Tomé la decisión impulsivamente tras ver en las noticias a otras personas que se iban a Lesbos como voluntarios en sus vacaciones de Navidad. En ese momento me di cuenta que una persona corriente como yo, sin tener ninguna formación específica, ni hablar árabe o farsi, ni ser médico ni socorrista, también podía ir a poner su granito de arena.

Fue después de comprar los billetes que comencé a leer y a ponerme en contacto con gente que estaba allí, pero fui sin un plan cerrado. Al principio decidí instalarme en el norte de la isla, donde hasta ese momento, el flujo de llegadas de refugiados era mayor. Antes de llegar me puse en contacto con las personas que gestionan Dirty Girlz of Lesvos, una pequeña ONG que hacen la gran labor de recuperar toda la ropa mojada con la que llegan refugiados, lavarla y secarla para volver a ponerla en el circuito de donaciones en los campos. Así se depende menos de las donaciones externas y se reduce significativamente la huella ecológica, que es importante. El día que llegué, las Dirty Girlz no estaban trabajando en la lavandería y me al final me uní a otros dos proyectos: The Hope Center (un hotel abandonado que estaba siendo rehabilitado por voluntarios para convertirlo en un campo de tránsito) y Starfish, otra organización local que gestiona ayuda en diferentes campos de la isla y primera atención en las llegadas.

 

“Un refugiado, como su nombre indica, es alguien que tiene un refugio. Un sirio atascado en Idomeni no tiene ni siquiera eso. Encontrar el término preciso es complicado: es gente que ha sobrevivido a un conflicto y ha huido de él”.

 

-Por lo que veo, en su momento había un montón de pequeñas iniciativas en la isla.

Muchas, y son estas iniciativas pequeñas las que están haciendo realmente lo significativo.

 

-¿Por qué lo dices?

Porque tienen mucha más facilidad para moverse. Por ejemplo, cuando la situación en Idomeni (campo informal en la frontera con Macedonia) comenzó a ponerse mal muchos voluntarios recogieron la pequeña infraestructura que tenían y se fueron a otro punto donde les dejasen ayudar. Los grupos de trabajo pequeños con infraestructuras móviles son mucho más ágiles y adaptables ante los cambios de la situación ya que están libres de la burocracia de las grandes organizaciones.

-¿Cómo siguió tu experiencia?

Durante la primera semana compaginé mis turnos en Starfish con The Hope Center, hasta el momento que me lesioné una mano y tuve que dejar el trabajo físico exigente en el hotel. En Starfish el trabajo era más variado y todos los voluntarios hacíamos turnos rotativos: organizar los almacenes de donaciones, recibir a los refugiados en el puerto, ayudar en los campos importantes como Moria o el del IRC (International Refugee Committee) o limpiar las playas de los restos de los naufragios y las llegadas.

Y fuera de estos turnos, a veces nos acabábamos organizando entre los voluntarios para irnos en coche a otros puntos de la isla donde poder echar una mano en otra tareas o pasar una tarde jugando con los niños.

La última semana la pasé en el campo de Pikpa, en la costa sur. Allí se destinaba a los casos más vulnerables: madres con niños pequeños, personas heridas, enfermas o muy traumatizadas… Un antiguo camping que se había convertido en un campo completamente autogestionado por voluntarios griegos e internacionales. Es un sitio muy bonito, la verdad. Tiene una dignidad que no tienen otros campos.

 

“Los grupos de trabajo pequeños con infraestructuras móviles son mucho más adaptables y ágiles ya que pueden atender a las necesidades cambiantes de forma más eficaz, libres de la burocracia de las grandes organizaciones”.

 

-¿En qué sentido?

No se basa en una caridad vertical, sino en una solidaridad horizontal. Los voluntarios y los “huéspedes” forman una gran familia. Allí se acoge a personas que necesitan quedarse más tiempo en la isla, crean una comunidad y tejen nuevos lazos personales… y al final se implican más en el mantenimiento del campo, en la limpieza, se preparan su propia comida, lavan su propia ropa…

Por el propio ritmo del campo, tuve la oportunidad de conocer las historias personales de algunos huéspedes y de compartir tiempo con ellos. En ese sentido la experiencia fue muy enriquecedora, pero a la vez más triste.

 

– ¿Cómo se hace para que todo lo que ves y te cuentan no te afecte y poder mantener el tipo? Imagino que habrá que construir una barrera emocional para no derrumbarse.

Un voluntario ha de ser como un médico: has de atender a mucha gente cada día y les tienes que dar lo mejor de ti en cada momento. Te debes preocupar pero no te puedes involucrar emocionalmente en cada caso, porque todos son importantes y tienes de reservar un poco para ti misma para poder seguir ayudando durante más tiempo. Aunque, la verdad, siempre hay alguna historia que te llega más que el resto y algunas caras que nunca se olvidan.

Una de las cosas que me fascinó del momento que me tocó vivir en la isla fue que, en medio de tanto drama, había una combinación de gente que necesitaba ayuda con gente que quería ayudar. Personas que aparcan su vida durante un tiempo para ayudar altruistamente a otras personas. Al final vives 24 horas al día en un microcosmos de solidaridad y bondad. Éste es verdadero flotador en medio de una situación así.

 

-¿Cuál es la actitud de los habitantes de Lesbos hacia los refugiados?

Creo que la actitud de los ciudadanos griegos en general es para quitarse el sombrero. Están en primera línea de esta crisis humanitaria y han comprendido que tienen que responder. Son muy solidarios pese a todas las penurias que ellos mismos están sufriendo.

Por supuesto, cierta parte de la población no está tan cómoda con la situación. Y no olvidemos que Amanecer Dorado es una fuerza importante en el país. Aún así, la mayoría están demostrando ser gente muy solidaria. En el campo de Pikpa conocí a dos profesoras locales que se turnaban cada tarde a jugar con los niños, a darles clase, etc. Dedicaban horas de su tiempo libre, tras salir de trabajar, a ayudar como podían a los refugiados. Asimismo, muchas de las organizaciones que operaban en la isla habían sido creadas por griegos. O por extranjeros que llevaban décadas en la isla. Personas que de repente se vieron sobrepasadas por el drama y respondieron a la impotencia que sentían organizando una red de solidaridad.

Sea como sea, me parece muy injusta la situación en que ha puesto la Unión Europea a Grecia, la verdad.

 

 

“Al final vives 24 horas al día en un microcosmos de solidaridad y bondad. Éste es el verdadero flotador en medio de una situación así”.

 

-¿Y cómo es el trato entre los propios refugiados?

Bueno, esa cuestión es un tanto complicada. Parte de nuestro trabajo en Moria era precisamente tratar de organizar las personas que llegaban por idiomas y/o nacionalidades y por situación familiar. Por un lado, se trataba de evitar que surgiesen asperezas entre ellos por culpa de la barrera lingüística, y por otro, que las familias con niños o mujeres solas durmiesen en un lugar más seguro y protegido del frío.

Algunos días el flujo de llegadas era tal que la capacidad del campo se veía rebasada en cientos o miles de personas. En esta situación, algunas personas eran un poco reticentes a compartir un barracón sobresaturado con otras que no conocían de nada.. Es normal, sienten miedo y desconfianza. No saben si la persona con la que dormirán estaba en el bando contrario en la guerra, por ejemplo.

 

-Buf.

Tú imagina que llegas a las 12 de la noche abrumado por todo lo que has vivido y sufrido hasta ese momento y de repente, alguien que podría ser yo, te dice “tienes que dormir con esta otra gente que no conoces de nada”. Hay una barrera de recelo y miedo a la que hay que enfrentarse y que desde fuera se puede confundir con racismo.

A mediados de febrero, las autoridades griegas decidieron derivar directamente todas las barcas que interceptaba Frontex al campo de Moria. Y de pronto, en noches de bastantes llegadas, un campo habilitado para 1.500 personas llegaba a recibir 4.000. Lo único que podíamos hacer era recibirlos con una manta para que durmiesen en el suelo, al raso en una noche helada. En ese momento pedías disculpas por no poder ayudarles con más y ellos siempre respondían con gratitud; te decían que eran conscientes de que están llegando muchos y que comprendían que no se pudiese ayudar a todos.

 

¿Te atreverías a hacer una radiografía del tipo de refugiados que encontraste en Lesbos?

Lo que más me encontré fueron familias o mujeres solas con sus hijos. Niños, muchos niños…

La gente en Europa tiene la idea errónea de que los que están “pasando” son los hombres musulmanes a los que han estigmatizado por sucesos como el de Colonia en Nochevieja, aunque luego se demostrase que nada tenía que ver con los refugiados.

Si preguntas a las refugiadas madres y padres por qué arriesgan las vidas de sus familias cruzando el mar en un bote, lo único que te dicen es que buscan una vida mejor para sus hijos. Esa vida no se la pueden dar en Turquía o en un campo de refugiados de Líbano o Jordania, porque allí los niños no tienen derecho a la escolarización ni los adultos permiso para trabajar. Su obsesión es salvar a sus hijos de la condena a la pobreza.

Obviamente, huyen también de las bombas. Están dejando sus países porque no quieren morir. Es tan simple como eso: al final la pulsión por vivir es mucho más fuerte que cualquier razonamiento.

 

¿Percibiste la idea de que llegaban a Europa de forma temporal o es gente que ya ha tirado la toalla y quiere quedarse permanentemente aquí?

Hay cosas que me fue difícil conocer, tanto por falta de tiempo para profundizar en el trato con los refugiados como por la barrera del idioma. Aún así, tuve más trato personal con los niños y con ellos te dabas cuenta de que todos echan de menos a sus amigos, sus colegios, sus casas…

 

-Es decir, cosas básicas que nosotros damos por hecho.

Exacto. Es gente que todavía no tiene muy claro qué pasará con su país, y claro, depende de cómo se resuelva este conflicto querrán volver o no. Por supuesto, también depende de cómo los acojamos.

 

“Pedías disculpas por no poder ayudarles con más y ellos siempre respondían con gratitud; te decían que eran conscientes de que están llegando muchos y que comprendían que no se pudiese ayudar a todos”.

 

-¿No debería ser acogerlos en condiciones decentes una de las principales responsabilidades de los gobiernos democráticos europeos?

Opino que sí. Hay voluntarios que he conocido en Lesbos, de países como Alemania o Suecia, que tras su estancia en la isla han decidido volver a sus países de origen a centrarse en la inclusión e integración de los refugiados: en darles clases, ayudarles a buscar una casa, un trabajo, el apoyo psicológico…

Hay una cosa clara, algo que siempre suelo argumentar ante la gente que se excusa en que no podemos acogerlos: esos 6 mil millones de euros que estamos dando a Turquía, más todo lo que se está gastando en el refuerzo de las fronteras, está saliendo de nuestros bolsillos. Si ese dinero lo dividiéramos entre todos los refugiados que Europa puede acoger tendrías una especie de bolsa de subsidio para ayudarles a integrarse, educarles en el idioma, en las costumbres…

 

-Y además, como comentabas antes, la mayor parte de ellos son niños. Los niños aprenden enseguida y no tienen ese bagaje que a un adulto le cuesta tanto dejar atrás.

El gran peligro de esta situación es que si les cerramos las puertas y no llevamos a cabo una buena política de integración, estamos sembrando a los fundamentalistas y terroristas del mañana. Si tú le das la espalda a alguien esa persona crecerá odiándote. Fíjate lo que ha pasado en París o Bruselas, se trata de personas que no encuentran su sitio en la sociedad europea. En mi opinión éste es precisamente el reto más importante al que nos enfrentamos.

 

-Sí, claro, pero cuéntale a un ciudadano europeo que vive con miedo que va a venir gente de países donde supuestamente que imperan ideologías en las que se excusan los terroristas a vivir con ellos puerta con puerta.

Los exiliados sirios o afganos están huyendo de las mismas bombas que pusieron en París o en Bruselas. El discurso del miedo y del odio es muy fácil y eficaz, pero al final con las políticas de estado europeas no estamos más que alimentando la raíz del problema.

 

-Cómo crees que podría a alguien como yo, con su vida cómoda en España, contribuir a ayudar a los refugiados?

Hay muchas formas. Alguna gente me dice: “qué valiente por ir allí a ayudar”. Para mí lo que he hecho no tiene nada de heroico, me ha salido de dentro. Es una experiencia que te marca muy positivamente, te vuelve a conectar con lo que significa ser humano y que se la recomiendo a todo el que pueda ir hasta allí.

Y quienes, por lo que sea, no pueden desplazarse hasta Grecia, siempre pueden colaborar ayudando a los que sí que van a ayudar, o implicándose con grupos que estén trabajando a nivel local para ayudar a las personas refugiadas que están llegando (a cuentagotas) hasta nuestras ciudades y nuestros barrios.

Pero la implicación no se limita solo al voluntariado, el activismo es igual de importante. Debemos seguir alzando la voz por la defensa de los derechos humanos. Hoy son los suyos los que están siendo pisoteados, pero mañana pueden ser los nuestros.

 

-Tú eres diseñadora y artista. De qué te sirvió tu vocación en un lugar como Lesbos?

En el campo de Pikpa que me centré a ayudar a los niños residentes a través del juego y arteterapia. Con la colaboración de otra voluntaria palestina, desarrollamos actividades para ayudar a los niños a “soltar” el trauma y reforzarles el pensamiento positivo.

 

-Ahora has creado True Colors, una iniciativa que busca ayudar a los refugiados a través del arte. Cuéntanos un poco sobre el proyecto, ¿y cómo se puede colaborar con él?

Volví de Lesbos sabiendo que tendría que regresar a Grecia para ayudar más y mejor. Al principio tuve dudas del cómo, porque la ayuda asistencial sigue siendo muy necesaria en muchos puntos del país, pero tras la entrada en vigor del acuerdo UE-Turquía, quedó en evidencia la necesidad de poner atención en la salud mental de los refugiados, especialmente los niños. Así que la idea de retomar esa primera experiencia de arteterapia en Pikpa y llevarla más allá fue tomando forma.

True Colors es una plataforma solidaria en la que colaboran diferentes profesionales para analizar la carga traumática de este colectivo de refugiados en concreto y tratar de diseñar actividades que a través del arte y del juego vayan poco a poco liberando el dolor y recuperando la alegría.

A principios de junio haremos el siguiente viaje a Grecia para poner en práctica todas estas actividades y después poderlas compartir públicamente si otros voluntarios quieren desarrollarlas por su cuenta. Nuestra idea es que en otoño podamos comenzar a poner en marcha el programa en Barcelona. Por desgracia la llegada de los refugiados, al final, solo depende de decisiones políticas arbitrarias.

 

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