Bahía

En la bahía sobrevuelan secretos que acusan a la muerte de no ser objetiva, al amor de no ser leal y a la tristeza de estar en todas partes.

Hay una casa. Construida a manos de un viejo, que recoge las estrellas caídas, las arregla y las manda a un lugar insospechado del mundo.

Cuentan las estrellas que ese viejo está muy solo, porque solo amó una vez y ya no recuerda si fue verdad o un juego de la locura. Salta a la comba los domingos para que el niño que aún le vive dentro no llore al ver que nadie les prepara la cena caliente. El resto de días por las mañanas se acuesta con mujeres, a cambio de no dinero.

Los vecinos del barrio se estremecen, pues no saben lo que el viejo da a cambio del sexo, ni cuán valioso será para dar una explicación a la larga cola de mujeres que se forma cada mañana en su puerta. Sin embargo, todas salen igual que entran. Ni más altas, ni más bellas, ni más hombres. Ni mucho menos ricas.  Pero el hombre, sin embargo, siempre sale igual de solo.

Por las tardes sale a pasear de la mano de nadie. Directo al punto más alto y por un ratito- nadie ha sido capaz de contar el tiempo exacto- desaparece. Haciéndose del mar, haciéndose del viento o quizás de los dos.  Pero siempre vuelve solo y ese hombre, nunca muere.

Hay leyendas e historias escritas en la arena que cuentan verdades y mentiras pero siempre a medias, y es que nadie ha sido capaz de excavar en esas lágrimas que encienden preguntas.

Nadie excepto ese amor del que habla en sueños. Al que reza por las noches y nunca olvida en las mañanas. Porque como el bien sabe, ella lo ve todo. Su amor viste de negro y es protagonista de historias. No viste. Nos desviste a los demás. Susurra en nuestro oído una vez en la vida. Es a ella a la que compran las mujeres cuando se desnudan en la casa del viejo. Sexo- por favor. Sexo por salvación del ser querido.

Solo las estrellas cuentan esta historia, porque a ellas también les llega la hora y ellas también van en busca del viejo de la bahía.

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