Elisa

Alguien me ha deshecho la cama. Las sábanas no estaban así, las sábanas no estaban así, las sabanas no eran así.

Ha debido de ser Elisa.

Ha debido de ser Elisa.

Ayer le puso nombre a mis estrellas, pintó de colores mis pasados. Escribo por la noche más feliz de mi vida, y es que aún puedo sentir sus caricias en mis tobillos, los susurros en mi ombligo y los ‘ojalá’ en los lunares que tiene en la espalda.

Ella ha debido de arrugar las sábanas esta mañana, haciendo arte por donde besan sus pies. Pero ahora mi cama no aguanta el vacío de su abandono y mi espejo llora melancólico el reflejo de su figura.  Yo, mientras, me he rebelado al tiempo hasta que vuelva a oler su mirada.

Elisa, te escribo porque yo solo no puedo con el peso de estos pensamientos.

Va a volver en unos momentos, quería ir a comprar algo de comer y una botella de licor para ver de forma menos cruel la vida, ha bajado a la calle y le he dejado sola ante mis demonios, solo digo que cualquiera se la lleva.

Elisa es actriz, es pintora, Elisa es escritora y Elisa será eterna sobre el papel. Elisa es musa, Elisa enamoró a Cupido y Elisa inspiró a Bethoveen. Canta Elisa para que los pájaros despierten de buen humor. Juega al despiste con la literatura, escondiéndose de los poetas, desordenando tramas. Mi Elisa vive por todo el mundo.

Se oyen pisadas en las escaleras de mármol. La puerta se queja porque le falta el aire y la ventana se ha cerrado para no dejar escapar su esencia que se propaga. Ahí debe estar, abriendo mi puerta que me hace temblar las rodillas, se ha hecho de noche porque ella ha entrado en mi edificio, me ahogo en un grito de socorro, porque va a entrar y yo aún estoy así, desnudo de razones con las que enamorarla.

Abre y trae rodajas de fruta y licor de hierbas, va en camisón y zapatos de cristal. Me besa el ojo y se sienta en el sofá sin dirigirme la palabra, sin darme la oportunidad de explicarle que me muero por dentro, que estoy podrido y solo ella me puede colorear. Ella solo quiere comer mientras hablamos de la vida triste que llevan los payasos y de la injusticia de ser un orangután. Me cuenta que hoy le han tocado el culo catorce veces y que le ha gustado solo la séptima, porque se ha sentido deseada, me lo cuenta y se ríe, pero sabe que me hace desgraciado por dentro. Y no puedo más, yo no puedo más. No puedo más.

Entonces le pregunto por su opinión acerca del matrimonio, de formar una familia, de tener niños con sus mismos labios y la única contestación que recibo son unos preciosos ojos en blanco que escriben en mi pecho que jamás haré madre a esa mujer, que mi familia nunca tendrá la marca de su pelo rubio.

A  mi encanto personal le huele el aliento, mi naturalidad se ha esfumado porque soy desgraciado, tanto que podría escribir comedia y los ricos llorarían.

Elisa, por favor, si solo pudieras mirarme como te quiero yo. Si solo pudieras llorar por mí como muero yo por tu risa.

Ella sigue riendo, despreocupada, caprichosa de una vida sin desgracias, porque de ellas me encargo yo. Grita que quiere unos zapatos rosas y un vestido azul con los que salir a la calle y seducir a sus próximos maridos, que quiere pintar un cuadro y quiere escribir las memorias de un negro que ha luchado contra un estado racista, quiere ver la luz al final del túnel, y yo no la entiendo.

Pasamos otra noche juntos. Cruzamos cataratas, descubrimos el fuego y pintamos en cuevas. Pasamos otra noche juntos, extinguiendo la especie.

Voy a abrazarla una vez más y ha desaparecido.

Ha desaparecido.

Ya no está, la he ido a abrazar una vez más y ya no estaba, ni su huella en la cama, ni su sombra en la pared, ni su sujetador en mi puerta.

Paso días recorriendo la ciudad, marcando las esquinas con papelitos en los que le pido que vuelva, visito todos los bares y hablo con los vasos de cerveza para preguntarles si es que acaso se la han cruzado, que tiene unos  ojos que no se olvidan. Subo a todas las terrazas que me encuentro y grito su nombre, porque siempre he pensado que estaba en el aire, en todos los suspiros y en todas las ojeras de los hombres mayores de cuarenta años.  Paso días volviéndome loco, confundiendo la música con maldiciones y a las personas con novelas. Lloro por lo solo que estoy, hasta que un día empiezo a pensar en la posibilidad de haber recuperado la cordura y por eso Elisa ha desaparecido.

O igual es que Elisa aún está por llegar.

¿Es que Elisa es algo?

¿Es que Elisa soy yo?

Imaginarla entre las cuatro paredes blancas de este lugar se hace cada vez más difícil.

Porque antes, en imaginarla, se encontraba la clave de nuestro amor.

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2 comentarios

  1. Y a nosotros que te encante! Un abrazo y gracias por comentar y por leer!!

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