Un domingo negro

 

No la creí cuando se me acercó para comentarme su anécdota, que no fue una de tantas como cada tarde:

–He encontrado dos gallos muertos frente a mi casa.
–¿Cómo?
–Sí, lo que te digo. Eran ya dos cadáveres, dentro de un círculo de velas.
–No doy crédito, Helena –y reí.
–Había muchas plumas alrededor, algunas volaron cuando cerré el portal. ¿Raro, no crees?
Su costumbre era la de meterme miedo, en absoluto como una broma inocente, sino con saña y voluntad de superarse a sí misma, y ya se iba convirtiendo en una experta. Sentados en una terraza me guardaba con su perorata de la multitud que cruzaba incesantemente por el transitado Postigo de San Martin, céntrica y pequeña calle de ladrillos caobas en sus muros y hordas turísticas en sus suelos. Helena me miraba sin pestañear, muy seriamente mientras me cogía la mano, haciéndome querer ver esos gallos muertos frente a nuestra mesa, para que el terror supiese tan real como a ella en el instante en que los vio. El camarero trajo dos cafés, nos miró sin pretenderlo y ralentizó su acto servil para escuchar.
–Deja de tomarme el pelo, de verdad.
–¡Cómo no puedes creerme Javier! ¿Alguna vez te he contado algo tan verazmente?
–La semana pasada tu cama estaba poseída, te arrodillaste para que te creyese. Hace dos, soñaste que un demonio yacía íncubo sobre ti mientras tomabas el sol en casa de tu segunda tía. El mes pasado me asegurabas que Jordi Hurtado era el mismísimo Satán y que cada vez que sus concursantes respondían erróneamente, él ganaba un tercio más de sus almas… ¿Sigo?
–Es posible que exagerase un poco, lo admito. Incluso algo me lo inventé –y miró al camarero para que este se fuese, ya empezaba a acomodarse frente a nuestra mesa.
–Helena sé perfectamente que no había gallos frente a tu portal. No es precisamente nuestro barrio un destino turístico para los que practiquen la magia negra.
–¿No me crees, verdad?
–Nada de nada –y sorbí algo de mi taza, hirviente.
Ella bajó su rostro, apenado por mi fuerte incredulidad, y mientras realizaba su teatrillo yo me aseguraba a mi café. El pelo se le peinó de forma autónoma sobre sus facciones redondas y amables, pero en absoluto en aquel instante, pues comenzaban a volverse siniestras.
–No hace falta que te aflijas tanto. Consuélate pensando que otro día encontrarás una historia más inesperada y mejor.
No hubo respuesta por su parte. Pagamos –lo hice yo– y bajamos la Gran Vía como un par de minúsculas hormigas entre sus aceras atestadas de chicos adolescentes ya arreglados para la fiesta nocturna y mujeres septuagenarias que llevaban sin saltarse su cita con el bingo desde tiempos pasados. Como la marcha anterior había sido demasiado repentina y la luz de la ciudad todavía no invitaba a volver a nuestras casas, decidimos girar hacia la izquierda y volver por la Plaza de Oriente para salir directos a Bailén, deteniéndonos en unos escalones grisáceos, más por todas las pisadas.
–No has dicho nada en todo el rato.
–Es que me molesta que no me creas.
–Helena, miles de gallos pueden morir en un mes, por suerte o desgracia. No lo sé, no me importa, la verdad. ¿No vamos a hablar ya de otra cosa el resto de vida que nos quede?
–Quizás tú, sí.
Miraba hacia otro lado, no pude oírle tal respuesta y me volví para decirle un tibio ‘Perdona, ¿decías?’.
–No, nada importante.
Varias semanas tuvieron que pasar para que pudiese volver a saber de Helena, y no fue en buenas condiciones, para ella. Hasta ese momento, recordaba su última frase en silencio, pasando por mis labios como el agua por la roca salvaje, ‘nada importante, no, nada importante’. Jamás desprecié tanto una frase tan simple pero directa, y me envolvía la culpa, sin vuelta atrás. ‘Si me haces daño, te convierto en canción’ decía su canción favorita, pero ella ya no es, sólo fantasma que me vuelve mientras la invoco. Una amiga común, más afectada por la situación, me pidió que charlásemos un domingo, un rato para poder despejarse de su habitación, debido a la negra desidia que le invadía pensar en Helena, en su presencia que nunca más será posible, y el dolor se nos haría infinito, al citarlo o al pensarlo, su nombre.
–¿Sabes qué ocurrió realmente? –dijo la amiga.

Regresó el tono de temblores que adoptaba también ella cuando iniciaba una de sus macabras ficciones, entonces quedaron como una añoranza.

–Helena me dijo que quedasteis un domingo, fuisteis al centro y demás. Te habló de una historia sobre dos gallos muertos, pero que en absoluto la creíste, algo que no me parece extraño, para nada, pues tendía bastante a mentir y crearse fantasías. Pero no fue de ese modo aquella vez Javier –y del bolso sacó dos plumas, de la cola posiblemente, de un verde umbrío que destellaba más claro según le diese la luz. Las giraba en su mano, y tenían puntos rojos.
‘Había velas frente a su portal el día que la policía cercó su puerta, cuando la dieron por desaparecida’ y me las entregó, cayéndose algunas plumas menores. Helena sabía que iba a desaparecer, y podría haberme alertado de sus peligros. Una llamada, un llanto que calmar y dice seguridad. Poca cosa, no hubo auxilio alguno. Por la presión de las bromas constantes y el engaño fácil ambos quedamos mudos, y ella lo ha pagado. No creo en la magia negra o en sus miles de nombres y vertientes, esta historia se la llevará el viento y no volverá a repetirse porque resulta demasiado inverosímil. Pero una vez nuestra amiga terminó su explicación, en el mismo tono de cuento, no reí.

 

 

 

Fotografía: Max Sat

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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