España, o la lucha de la ficción

Nota: las siguientes ideas expresadas en este artículo son completamente subjetivas y personales; no soy un experto en política, no pretendo serlo, ni evaluar datos ni números ni encuestas, únicamente escribir ciertas reflexiones.

Este pasado fin de semana no dediqué mi tiempo libre a muchos quehaceres: lo más destacable, terminé la lectura de un libro de Eduardo Mendoza y vi un documental que esperaba con alegría sobre un escritor que admiro —que no es Javier Marías, por si me leen ojos conocidos— y al cual tuve también oportunidad de visitar en esta pasada Feria del Libro de Madrid.
Poca cosa, sin quejas y bien transcurrió el tiempo. Paralelamente a mi ensimismamiento y desconexión, ambos merecidos y necesarios para disfrutar bien del sábado y domingo, ocurría el redoble de tambores que anticipaban las Elecciones del 26J. Solamente salí de mi mundo aparte para poder ejercer mi derecho al voto. Pero nada más, pues de noche no quise hacer caso alguno a la evolución del recuento y las muchas y muy variadas cábalas que hacen los tertulianos en los platós televisivos sobre los vencedores, vencidos, vencedores a posteriori, vencidos “pero todavía con posibilidades”, pactos, pactos “acordados a priori”, y así infinitas combinaciones.
Lunes, día que normalmente el mundo desprecia por razones variadas, entre las más repetidas y normales: por trabajo, por comentarios entre equipos de rivalidad legendaria cuyos hinchas han seguido fielmente la jugada la tarde-noche del día anterior, o por comentarios referidos a unas elecciones. En esta ocasión es la tercera y última opción la que atañe la importancia a este texto que aquí se va elaborando. Del mismo modo que en las anteriores elecciones, germen de las actuales ocurridas, y que las que tuvieron lugar hace cuatro años, el Partido Popular ha quedado por encima del resto de propuestas políticas, unas más centristas y otras situadas más a la izquierda. Los medios televisivos, radiofónicos, virtuales e impresos rebosan información, especiales dedicados, memes; todo por el mismo hecho. Echando un vistazo por la web de El País me fijo en algunos títulos de la opinión editorial: Una victoria que refuerza el bipartidismo, Del “sorpasso” al “zarpazzo”, “nostra culpa”, Sube el PP, baja Podemos y el PSOE decide, entre otros. Llamativos, y aunque claman su lectura prefiero no hacerlo para no diluir mi visión con la suya todavía durante la redacción de este artículo. Me detengo en una imagen de un mapa de España cuyos municipios y regiones han sido coloreados con los colores de los partidos votados: recuerda esta visión de la Península Ibérica a las imágenes que los doctores dermatólogos pueden guardar de los diferentes tipos de erupciones que puede padecer la piel humana; un país con un sarpullido político es a lo que se me asemeja: azul (mucho), rojo, naranja, morado (muy disperso), y demás. Resumiendo el símil médico, España parece estar enferma de política. La aparición, correcta y necesaria estos últimos años, de diversos partidos que ofrecieran otras propuestas a parte de las dos ya conocidas desde la creación de la democracia, parece no haber causado efecto alguno, pues según los resultados, continúan vigentes —uno de ellos, por desgracia, el que más— los dos partidos políticos que tantos vaivenes han dado a la población española, con sus luces y sus sombras.
Lo grave es que el Partido Popular está de un tiempo a esta parte más ensombrecido que iluminado. Día tras día, las noticias no parecían dar abasto al informarnos acerca de tanto caso o trama de corrupción, la inmensa mayoría con personalidades de dicho partido, algunas más famosas públicamente que otras. Sí, es innegable, los partidos de la oposición también han tenido su espacio para lucir la sinvergüencería que tanto se lleva cultivando en la política española (los ERE de Andalucía, por citar alguno), y eso los hace igual de tachables que a los Populares, pero éstos —también es innegable— han ocupado un plano mayor. No obstante, no pasa nada, a pesar de haber reunido una amplia galería de casos y denuncias por corrupción y demás circo, la gente los ha votado, y en masa. Aquí el detalle: “en masa”, la fórmula de éxito de la derecha, desde siempre. No importan cuantas opciones haya de partidos políticos de izquierdas o menos de izquierdas, o cuantas campañas de desprestigio se lancen a través de las redes sociales o los medios de comunicación: a la hora de tomar la decisión, voto en mano, la derecha siempre será arropada en masa. Y eso es algo que la izquierda no entiende en la hora decisiva y final, y cae endeble frente a la victoria (de votos) de la derecha. Se bloquean a la hora de unirse contra el derechismo y prefieren atacarse como niños en el recreo, o dicho más coloquialmente, demostrarse unos a otros “quién la tiene más grande”, mientras la derecha va haciendo la cama. ¿Por qué se perdió la Guerra Civil? Sencillo y directo: por el carácter divisorio de la izquierda. Y la historia se repite, en circunstancias menos bélicas y crispadas, para nuestra suerte.
Han robado (directa o indirectamente), mentido (la hemeroteca tiembla con las apariciones de políticos españoles antes y después de una campaña), tergiversado imbécilmente (el “Finiquito en diferido”, de un surrealismo casi postdaliniano; “Un vaso es un vaso, un plato es un plato”, se ve en las ideas de Rajoy su admiración por Magritte; el célebre “España es una gran nación, y los españoles muy españoles y mucho españoles”; el berlanguiano “Es el vecino el que elige el alcalde…”, y un largo y ácidamente hilarante etcétera), y otras muchas acciones repartidas en estos cuatro años de legislatura. La gente que ha elegido a Mariano Rajoy y a su séquito como opción para continuar gobernando no tienen memoria, sólo ven lo positivo realizado por el gobierno popular. ¿Han sido elegidos democráticamente? Por supuesto, faltaría más. Pero eso no les hace mejor opción en absoluto, no confundamos el término “democrático” con “lo correcto”, pues caeríamos en los pervertimientos lingüísticos a los que tan mal acostumbrados nos tiene el Partido Popular. Resulta desasosegante su victoria, pero no me sorprende el resultado. Es más, suponía que ocurriría de tal modo, era previsible.
Regresemos un instante a las dos actividades que he mencionado al inicio del artículo. El libro de Mendoza en cuestión es su último, El secreto de la modelo extraviada (2015), y el escritor del documental es Enrique Vila-Matas. Ambos de una gran calidad literaria, sin duda. Aunque en un principio se pueda pensar que estos dos escritores no tienen nada que ver con el tema en cuestión, explicaré como sí. En el libro de Mendoza, sin hacer hincapié en detalles que desvelen la divertida trama, se hace mención a una ficticia asociación de personas poderosas (políticos, empresarios, etc.) que gracias a ella urden una serie de negocios ilegales en Barcelona, abarcando su existencia desde los años ochenta hasta la actualidad. Por otro lado, en el documental sobre Vila-Matas, amigos suyos comentaban que lo característico de su estilo y obra era la poca conexión con la realidad, escasa más bien, lo cual también durante mucho tiempo, hasta su reconocimiento —con Bartleby y compañía (2000), para interesados—, le había sido reprochado.
Bien, por partes. El azar, que ha llevado en mi cabeza el hecho de mezclar el acontecimientos política con mis entretenimientos, me hace pensar que este país está empezando a ser consumido por la ficción, y esa lucha que crea es la que nos lleva a nuestra esperpéntica actualidad. Como persona que pretende intentar dedicarse a un oficio —o varios— que utiliza la ficción como herramienta, pienso que evidentemente la ficción es mejor que la realidad. Si más gente no pensase así, no existiría ni una sola novela ni película. “Ficción es ficción” como dijo Nabokov. Pero en la política española esa barrera ha desaparecido, pues el partido que estos últimos cuatro años ha gobernado nos ha tenido al día de su estupidez, hipocresía e invenciones varias. Todos sus integrantes podrían encontrar su doble en cualquier película o libro: María Dolores de Cospedal, con su tono altivo y calculador, podría ser la Marquesa de Merteuil en Las amistades peligrosas de Choderclos de Laclos o Stephen Frears; Mariano Rajoy podría ser el abuelo Abraham de Los Simpsons, por su constante estado de incapacidad y labia senil —aunque el abuelo Simpson ha dado más discursos que él—; Celia Villalobos sería La loca de Chaillot, de Jean Giraudoux, el título ya lo dice todo, y así con el resto de la troupe, todos con muy poco sentido de la realidad; otros directamente viviendo en una paralela. Lo doliente e irónico es que ellos han sido los votados, varias veces, y gracias a una mayoría de personas hemos podido ver cómo los españoles no sabemos si queremos lo malo conocido o lo malo por conocer, aunque visto lo visto… Como dato anecdótico, añadir que en una entrevista radiofónica de hace un par de meses, Rajoy comentó que había leído el último libro de Mendoza, “algo sobre una modelo” esbozó ante el micrófono. Sin más que decir.
Ante tal panorama, que sólo genera decepción, duda y amargura, resulta, al menos para comenzar un lunes con no tan mal pie, más efectivo desconectar de la realidad al estilo Vila-Matas —en cuanto a sus obras, no la persona—, y así esbozarte una realidad paralela en la que puedas ir paseando tranquilamente por una calle madrileña y encontrarte con Rimbaud borracho dando tumbos buscando algo de Wifi, y no una hilera de carteles propagandísticos de políticos que no saben dirigirse a la masa, esa que únicamente saben manejar unos pocos —y ya ven los resultados—. La política española es una verbena constante a la que sí hay que reprocharle siempre su falta de sentido de la realidad, pero confío, como ciudadano y votante, que algún día vendrá alguien con la cabeza más equilibrada y las decisiones mejor dibujadas para poder mejorar el país y librarlo de la corrupción, la falta de escrúpulos y la picardía, que tan mal quedan en las instituciones, pero tan bien en la ficción. Pero “ficción es ficción”, y nada más.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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