Hada

Mezclan leyenda y verdad en una historia que cuenta el amor entre un hada y una estrella.
Quienes supieron ver los colores son los mismos que hoy cuentan lo que vieron. Dos almas unidas volando. Hoy les llaman locos, pero ayer fueron artistas, magos, magia.
Hay piratas, hay sirenas, hay elefantes que viajan y sirenas que buscan el camino. Hay nubes que agarran y cien lunas que se agarran al único amor real. Lunas hechizadas por el canto del lobo…

Todo comienza con el primer pestañeo de unos maravillosos ojos verdes. Cuando se creó la magia. El primer movimiento de dedos, con el que se creó el ritmo. La primera risa, la que inspiró toda la historia de amor.

Crecieron esos ojos verdes convirtiéndose en la estrella más bonita que se había encendido. Tenía besos en cada ojo, tenía un millón de luces aun por encender. Pero esa estrella un día se perdió. Trepó por demasiados sueños enredados y voló hacia donde nunca había estado.
A su paso, hubo quien le pidió deseos. ¿Quién llora por verle pasar, tan deprisa, tan entero y tan cierto? Los que lo cuentan, lloraron, y aún guardan sus lágrimas entre cristal, para volar cuando sean mayores para andar.

Llegó a un lugar aún oscuro. Donde nunca nadie había movido los dedos para señalar la luz. A un lugar donde no se distinguía el principio o el final de las historias. La gente no miraba, si es que había alguien.
Había un baile. Música por lo menos. Y era una oportunidad maravillosa, y única, y todo iba de la mano, incluso el tiempo que se había vestido de gala para la gran cita. En un rincón, una voz cantaba una nana. Pero nadie lo quería escuchar, era demasiado amarilla para los que asistían a la fiesta, no entendían esos malabares de locura que se formaban. Una minúscula hada se asomaba por debajo de un manto enorme de timidez. Aún sin saber que unos ojos verdes amaban ya por ella. Era tan pequeña como el concepto que tenía de sí misma. Cuanto más pequeña se pensaba, más pequeña se veía. Se le había olvidado volar y por supuesto, ya no brillaba. Era triste ver una situación así, porque antes se hubiese enfrentado a gigantes, pero ahora cada vez era más gris. Le contaban historias de cuando bailaba a la luz de las velas y cuando le susurraba a las flores qué día debían florecer. Pero ella ya no las creía.
Hasta esa noche, cuando unos dedos movieron su falda. La movieron hasta no recordar los días pasados. No era como ella, ni de donde ella era. Había conocido más lunas y más soles. Aunque él solo era fiel a una, la que le decía cuando el día había acabado. Los dos juntos, hablaron sobre fugarse donde la realidad no fuese más que lo que ellos inventaran. Jugaron a imaginarse la vida en el infinito. Juntaron sus manos prometiendo ser lo más especial que les pasara nunca. Jóvenes, sinceros, desnudos de experiencias y asustados de morir de ilusiones. Alejados de miedos mayores, viejos y arrugados. Creyendo el uno en el otro, hasta con los ojos cerrados.

Dicen que la vieron renacer.

Y que los ojos verdes brillaron más que nunca.

Que desde entonces la luna ya no brilla tanto, las flores nacen cada día, que alguien baila la música de los aullidos y que se escribe, día a día, la historia de amor entre una estrella hecha de magia y un hada, que sonríe al reconocer su olor a hechizo. Ya no tienen inviernos por delante. Ya no tienen rincones o momentos, tienen el recuerdo de la noche en la que fueron luz. Y todas las siguientes que engañaron a lo imposible.

Puede ser que cualquier día la historia acabe. Eso todavía no lo ha escrito ningún sabio. Pero, “que nadie os borre lo que fuisteis cuando eráis jóvenes, porque ese momento se repite, más de mil veces, en cada lágrima que se lloran el uno por el otro”.

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