Islotes de irracionalidad

La interacción simbólica, como la llaman Goffman y otros, entre los humanos nosotros es a veces tan estúpida como convencional. Que la cortesía y las buenas maneras son un artificio de sofisticada, irracional y aprendida costumbre queda demostrado cuando el éxito de tu buen hacer depende por completo del número de personas que observen tu conducta social.

Un ejemplo: Caminar por la Gran Vía codo a codo de un paisano y en bullicio no molesta más de lo necesario ni despierta ninguna alarma en ese tal paisano. Eso sí: no pasees a la misma altura de un desconocido cuando se desvanece el bullicio porque entonces tu congénere te verá, poco a poco, como si fueras la cara de Jack Nicholson abriendo su intimidad a hachazos, y tú, si estás acostumbrado a la convención, harás lo posible por cambiar el ritmo de tu paso para evitar que coincida con el del otro. Esto, como digo, en la Gran Vía, y a las cuatro de la tarde, si el paisano tiene aspecto de haberse podido pagar el agua y la luz, es, meramente, una convención social de lo más primitivo o absurdo. Una parida, y qué bien la aceptamos. Como si un simio de los muy antiguos invadiera la intimidad del otro y eso nos preocupara tanto a la vez que, pocos minutos después, nos vamos a oler los sobacos todos juntitos y unos a otros en el Cortinglés.

Así parecido, cuando alguien se te cuela en la panadería está comúnmente aceptado de conducta reprobable y, salvo que se tenga la conciencia cierta de las bondades de ser un mártir, se reconviene al individuo que quiera jugar con tu tiempo. «¡Oiga, que estaba yo primero!» Está mal visto incluso cuando lo hacen ancianitos ociosos, y acaso peor visto (?): colarse en una fila es signo inequívoco de ser un perfecto tunante que cree que los demás están ahí para guardarle la vez al otro. Otra más: los ojos de tu vecino avezado en «saber-estar» y «civilidad» verán moralmente satisfactorio que le cedas el turno de entrada al portal mientras que es síntoma de tu ruda necedad pasar primero que él y siguiendo el estricto orden de llegada para mostrarle el culo.

Lo que está bien en presencia de muchos se ve raro o fallido en presencia de pocos, o, lo mismo, tan brutos somos cuando somos muchos, y tan aceptada está esa conducta, como pulcros en exceso cuando estamos pocos. Para mí, y para cualquiera, esto es un axioma elemental, ¿no te parece? Pues no tan deprisa.

Y es que, el domingo pasado, cuando me disponía a ir al fútbol, mi creencia en la consolidación más o menos clara de estas interacciones «firmadas» quedó en entredicho ante dos sucesos ocurridos en el lapso de una hora. Mi mundo, tal como lo conocía hasta entonces, hacía aguas por todas partes y pareciera que los dioses se hubieran puesto de acuerdo para darme un detalle burlesco del mejor ejemplo práctico posible: cuán absurdas son nuestras profundas racionalizaciones urbanas sobre lo que está bien o lo que está mal al caminar en sociedad.

El primer suceso: Dos ancianos aguardaban la llegada de la línea 1 regular de un ómnibus cuando, al detenerse el vehículo y abrir sus puertas, comenzaron a discutir mostrándose unos pocos dientes el uno al otro ante la mirada incrédula de los demás usuarios; pero, puesto que no hubo forma de acordar quién era el bribón que se colaba, casi llegan a las manos defendiendo con ademanes ridículos, por infantiles, la conquista de aquel coche colectivo.

Después de esta tremenda muestra de campo en primatología avanzada, y habiendo yo mismo colocado a cada abuelo en su sitio, llego al estadio tan a disgusto como extrañado. Me sitúo en el vano a los torniquetes de entrada del coliseo y encuentro, como es propio, las inmediaciones atestadas de esa masa de gente colorida y exultante hecha de dos grupos de aficionados adversarios que se quieren conducir al interior. El segundo: A unos tres metros de mí ocurre esta escena que narro con toda la fidelidad de mi recentísimo recuerdo: —«Pasen. Pasen, por favor, ustedes primero»—dicen los del mío ante el torniquete. —«¡Faltaría más! No, no, por dios, tengan la bondad. Después de ustedes» — replica la afición rival. Los hinchas de uno y otro equipos discutían por cederse la vez en el orden de entrada al estadio de un modo que, de haberse resuelto solo unos segundos más tarde, podría tildarse de empalagoso en casi cualquier cultura conocida.

¿A qué tanto extrañamiento? —me pregunté.

El número de personas, es el número de personas lo que hace propio o impropio un comportamiento social a nuestros ojos. La misma conducta puede denotar cortesía o estupidez, empatía o deficiencia; hace de un héroe un primo o su contrario. Saber o no saber estar, ésa es la cosa: cuestión de cantidad. Desconocer todo esto te convierte de suyo en un perfecto «idiota» en el sentido que le daban los griegos antiguos, esto es, un perfecto islote excluido de la comunidad, del espacio público, diremos ahora.

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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