Mediodía de cumpleaños

—¿Sí?

—Sí, así es.

—Madre mía, hija, pues quién me lo iba a decir.

—No somos nada, Teresa. No somos nada.

—Y que lo digas, Carmen. ¿Se murió, así, sin más? —y le tendió otro plato, ya usado, con una porción nueva de tarta.

—Sin más, hija, sin más —se relamió un dedo, manchado por migas de chocolate.

—Hay que ver… Ir a hacerse una pequeña operación, una simple insuflación… ¿Insuflación, así se dice?

—Aumento.

—Ay, eso, un aumento. Y morirte a mitad de una operación de aumento de pecho… Qué vida, señor.

Teresa negó con la cabeza, afirmando el razonamiento existencialista de su amiga; un razonamiento extendido en todas las conversaciones de los ancianos.

—¿Y cómo se lo han tomado en su familia?

—Pues mal, Carmen. ¡Vaya pregunta!

—Ah, qué se yo, Tere. Igual la odiaban.

—Era la hija mediana, se supone que va entre medias del amor-odio que pueden sentir unos padres hacia sus tres hijos. Ella era la equilibrada.

—Equilibrada de todo menos de pechos, por lo que se ve.

Las dos mujeres rieron por la ocurrencia de Carmen. Acto seguido, se recompusieron en su seriedad y se santiguaron.

—En fin.

—Sí…

—La tarta está deliciosa.

—Hoy, por ser el cumpleaños de Nicolás, me salto la dieta y los límites de azúcares. Por tu nieto —y se llevó un generoso tenedor a la boca. Se arregló las comisuras por si hubiese carmín corrido por el roce con la tarta.

—No exageres, Carmen, no exageres. Come lo que quieras. No deberías, a tu edad, hacer tanto caso de los médicos. ¡Vive, que son dos días!

—Qué jodía, Tere, tienes tres años menos que yo… Así cualquiera.

No hizo caso de su comentario, y ella también probó de su buen pedazo de tarta.

—¿Le trajiste regalo?

—Claro, Tere, lo dejé sobre la cama de tu hija y su marido, junto con los demás.

—Muy bien, muy bien.

Siguieron comiendo un poco más.

—Está delicioso, pero debo de tener las coronarias al borde de la obstrucción. Un trozo más, y a la casa socorro me tienen que llevar.

—Exagerada.

Terminaron, con un gesto de satisfacción en sus caras. Trajeron el café. Al ser las más ancianas de la mesa, nadie prestaba atención a su conversación, como si toda su presencia transcurriese tras un cristal opaco.

—No hemos mencionado una cosa.

—Dime, dime.

—Los maridos.

—Ah, bueno. En casa están ambos, como hay partido…

—Estos hombres —dijo Teresa, recogiendo virutas de dulce de leche helado del mantel.

—¿Todo bien?

—Sí, sí.

—Me alegro.

—¿Y el tuyo, Carmen?

—Sí, sí, también muy bien. Y que Dios nos siga repartiendo suerte.

Se santiguaron, más alegremente.

—¿Salimos un instante?

—Vamos.

El resto de invitados no opusieron resistencia en detener a las abuelas salir a la terraza.

—¿Estás segura de que los dejaste juntos? —preguntó Teresa, muy preocupada.

—Sí, sí Teresa. Tal y como acordamos.

—¿Y la cena?

—Se la dejé ya en la encimera. No era algo congelado, así no correríamos ese riesgo.

Teresa se tranquilizó, escudriñaba los tejados rojizos del barrio atestados de antenas, y algunos árboles que recortaban la vista desde la terraza. Dentro, la familia continuaba su charla, al margen de sus ausencias.

—¿Y, cómo te las apañaste?

—Ah, muy fácil, querida. Bastó con inyectar un poco la aguja de las gotas para la diabetes debajo de las pieles. Rápidamente se expandió por toda la carne.

—Pero, ¿no les dejaste carne roja, no?

—¡No, mujer! Blanca, blanca.

Ambas se miraron y afirmaron. Sonrieron, con gusto. La hija de Carmen les avisó dando unos toques en el cristal de la puerta.

—¡Carmen, Mamá! Entrad en casa, hombre, que os vais a helar ahí fuera.

Las abuelas pasaron de nuevo para sentarse junto al resto, sin rechistar. Se susurraron antes de acercarse del todo a la mesa:

—¿Y los billetes, Carmen?

—Tranquila, Tere. En mi bolso —e indicó una de las sillas del salón, donde colgaba por una de sus asas.

Volvieron a su posición, escuchantes pasivas ante la conversación familiar de los más jóvenes.

—¿Qué hacías fuera, mamá?

—Ah, nada, hija. Que nos apetecía tomar un momento el aire.

—¿En marzo? Madre mía —dijo Nicolás.

—Bueno, es mediodía aún. Quedan unas pocas horas de sol —aclaró Teresa.

—Seguro que habéis salido para conspirar contra algo. O alguien.

—Seguro. Cuando las abuelillas os juntáis, nada bueno puede salir de ahí —dijo el nieto menor.

Carmen y Teresa se miraron, y rieron, despejando de todo suspense la ocurrente frase.

—¿Alguien más quiere tarta? —soltó Carmen, dispuesta a servir más mitades de pastel.

Todos mostraron sus arrebañados platos para que les fuese servido el anunciado trozo de tarta. Acabada la faena, las dos se santiguaron, pero sin que nadie siguiese dándose cuenta.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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