Sarajevo

Amanezco en una pequeña bohardilla del centro, me estiro y, sobre el tejado, miro hacia las montañas que nos rodean, esas que durante los 90 fueron atacantes y no aliadas, cubiertas como cada mañana de un manto de niebla y nubes grises. Desayuno tortilla, la internacional que ya dejó de ser francesa y un café al más puro estilo Otomano, el azúcar en la cafetera y no en el vaso. Salgo del hostal, aquí abajo no hay muchos coches entre sus calles peatonales llenas de puestos y comercio, el suelo resbala por la lluvia y por algunas manchas de sangre que todavía, de forma simbólica, recuerdan a sus muertos.

En la famosa plaza de las palomas me encuentro con E., un antiguo refugiado bosnio en España que, en un perfecto castellano, me recoge en el centro de la ciudad para recorrerla y contarnos su reciente y turbulenta historia. Justo suenan las campanas de una catedral católica, retumban sobre toda la ciudad y celebran que haya sido puntual. Pocos segundos después, y a pocos metros de distancia, le responde un canto en árabe desde el minarete en lo alto de la mezquita. E. mira mi sorpresa, ambos sonidos conviven desde hace cientos de años y se cantan el uno al otro que el tiempo todo lo cura.

Hay mucha gente en las calles, andan tranquilos, ya no corren cruzando avenidas con miedo a que los francotiradores serbios les dispararen desde las montañas, les quiten la vida o algunos huevos conseguidos por contrabando. El día está gris pero no hay ropas negras, ni velos que enmascaren la tolerancia, si hay mujeres que caminan libres entre el simbolismo que la misma ciudad produce; aquí, el choque de culturas es más un abrazo.

Sarajevo es un pequeño pueblo vestido de ciudad, sus 103 mezquitas nos cuentan su legado otomano y musulmán, ese que sin querer provocó la limpieza étnica en los 90. Entre ellas, la esquina del puente latino nos trae recuerdos de la primera guerra mundial, esa gran olvidada que empezó aquí cuando un nacionalista serbio mató al archiduque Franz Ferdinand, heredero del trono del Imperio austrohúngaro y que, durante su ocupación, dejó catolicismo e, incongruentemente, edificios de estilo neomudéjar. En la zona nueva, agujereadas, se levantan altas casas grises de un comunismo que suena a todo tiempo pasado fue mejor y donde, entre esas paredes, rotas, viven familias que un día vivieron en sótanos bajo tierra, la misma que ahora cubre la carne picada por el mortero. A algunos todavía les buscan entre los escondites que los serbios dejaron jugando a borrar la historia, Sarajevo no renace hasta que no encuentre a sus muertos.

A media mañana la ciudad se divierte y respira, también, el humo de las cachimbas en cafeterías con banderas que apoyan a Palestina y donde no se vende alcohol, come a bajos precios sopas que saben a guerra, luego fuma, el 44% de la población, los cigarrillos quitaban el hambre en tiempos de trincheras y calentaban las manos mientras los serbios cortaban la luz. Las plazas están llenas y las mezquitas son lugar de encuentro de jóvenes sin velo.

En un punto de la ciudad el suelo que resbala cambia, también los edificios, un cartel que dice “Sarajevo, meeting of cultures”, señala el punto donde dejas atrás la ciudad otomana y entras en la austrohúngara, también con mezquitas. Los comercios cambian, ahora ves un Zara y no un puesto de cobre o un baño público.

Comemos. Sopas y bureks.

E. me cuenta que es licenciado en ciencias políticas, hijo de un matrimonio mixto (padre católico y madre musulmana), trabaja como guía por su imposibilidad de ejercer su profesión en un país en el que gobiernan tres presidentes, uno por cada grupo étnico, y en el que no hay sitio para los ateos como él. Los jóvenes a veces pintan las paredes llamando a salir a la calle a gritar, ¿A quién? Sus padres y abuelos, de toda etnia, siguen melancólicos por Joseph Broz, Tito, y su socialismo a caballo entre una Europa Neoliberal y una URSS afincada a un comunismo caduco desde sus inicios.

Ahora, y nos suena, hay corrupción, un 30% de paro y un país dividido en dos: la federación croato musulmana de Bosnia i Hercegovina y la República de Srpska, una provincia autónoma donde ondean banderas serbias y no quedan mezquitas. Una burocrática forma de los serbios para decir juntos pero no revueltos. El nacionalismo y su propaganda separaron las fronteras y a sus habitantes pero, antes y después de la guerra, Sarajevo es una ciudad multiétnica y respetuosa sólo enfrentada por sus políticos.

Tomamos té negro y un dulce.

A ratos sale el sol y alumbra una montaña llena de cementerios y de casas bajas del pueblo que siempre quiso ser. Su imagen antagónica, la de la ciudad nueva, es una hilera de altos edificios paralelos a la avenida de los francotiradores, esa que nadie lograba cruzar a pie. Al final de la avenida, muy lejos del centro, llegamos al aeropuerto; única salida del pueblo bosnio en un ciudad sitiada desde las montañas durante la guerra. La salida no era sobre el aire, era bajo el suelo.

Visitamos la montaña, el sol nos vuelve a mentir y nos conduce hacia la niebla. El escenario es tétrico, hay carteles que avisan de la existencia de minas antipersona todavía activas, una pista de esquí en la que se celebraron los juegos olímpicos de invierno de Sarajevo y, frente a ella, un hotel construido para tal evento que, durante la guerra, los serbios utilizaron como cuartel.  Lo hicieron arder.

De vuelta paseamos por el barrio judío, los textos de sus casas y sinagogas, en castellano, me  recuerdan que aquí nosotros despedimos a nuestros sefardíes, judíos errantes como siempre que, a finales del siglo XV, encontraron un hueco cerca del río Miljacka, ahora, sin rastro de ellos, se puede visitar su cementerio en donde ninguna tumba va más allá de 1945.

Cae la noche y se alumbran iglesias, mezquitas y catedrales ortodoxas por igual. Mientras, y con la lluvia, se llenan sus lúgubres museos que cuentan historias para no dormir. Fotografías de esqueletos esparcidos por la montaña, mujeres católicas en campos de refugiados que, 20 años después, esperan encontrar un hueso que enterrar de sus maridos musulmanes.

Hay gentes en la puerta de sus casas, puestos de comida y terrazas llenas de jóvenes fumando cachimba, los cigarros cubren el suelo de una ciudad que no cuida su medio ambiente.

Cenamos y tomamos cervezas con musulmanes. Me despido de E. con un abrazo.

Vuelvo a la bohardilla y oigo caer las gotas de la lluvia sobre la ventana, serán lágrimas de las más de once mil personas que dieron su vida por defender la ciudad, amarga victoria.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

2 comentarios

  1. Gracias por esta visita.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.