La necesidad de un nuevo renacimiento

 

Las sociedades, como diversas realidades presentes en el mundo, poseen un carácter cíclico, regidas pues por una serie de patrones que aunque modificados por circunstancias y elementos pertenecientes a cada época concreta, dibujan un claro proceso vital de origen, desarrollo/expansión, decadencia y muerte, sin que por otra parte esto se pueda delimitar en un tiempo determinado, es decir, cada sociedad sigue sus tempos de evolución, pero la raíz del proceso es algo que hasta el momento hemos podido observar en todas las sociedades a lo largo de la historia de la humanidad[1]. Por tanto, cabria señalar que no ha existido una sociedad eterna. Ahora bien, cuando dichas sociedades ¨ mueren¨ ¿Qué pasa con ellas?

Pues bien, por una parte puede que esta sociedad sea incapaz de adaptarse a la nueva realidad que se dibuja ante ella, lo que conducirá de forma irrevocable a su total desaparición, o por otra parte, sí que consigue percibir la necesidad de cambio que le urge y actuar en consecuencia, lo que mostrará su triunfo en las aspiraciones de construir un nuevo sistema de convivencia social[2]. En el caso concreto de nuestra sociedad, hemos llegado a una situación límite, que como muchas veces anteriormente en la historia, ha dibujado la imperiosa situación de cambio a la que debemos de vernos abocados para conseguir sobrepasar el filtro del desgaste de manera exitosa.

Si nos paramos a observar, podemos apreciar que absolutamente todos los patrones que codifican y definen nuestra sociedad están en ¨crisis¨, de forma que vemos que variables tan diversas como la educación, la sanidad, la justicia, el ámbito laboral, la sostenibilidad alimentaria y medioambiental, o la propia legitimidad del poder, tanto religioso como político, confluyen en el hecho de que todas necesitan de una profunda revisión para poder conseguir salir exitosos de la deriva a la que actualmente nos vemos abocados.

¿Cuál es pues el primer paso hacia el que debemos caminar? En lo relativo a esto, debemos ser conscientes del gran número de aspectos a los que debemos prestar atención y actuar sobre ellos, lo que nos obliga a focalizar nuestros esfuerzos de forma progresiva. Con ello quiero decir, que existen aspectos de estas realidades que si conseguimos penetrar en ellos y realizar el cambio, conseguiremos que muchas variables cambien por puro efecto dominó.

De entre todas las posibles, a mi juicio la más importante es la relativa a la legitimidad. Sin legitimidad no hay estabilidad, y esto es un hecho[3]. En este punto, puede resultar ilustrativo que en ciertos periodos de la historia estas crisis de legitimidad, cuya raíz estaba en la imperiosa necesidad de adaptación de un sistema caduco a uno nuevo que estaba naciendo, se mostraban de forma más que evidente.

En el caso concreto del Imperio Romano de Occidente, en su etapa final, siglos III-V, durante el periodo conocido como “Bajo Imperio” la crisis de legitimidad del poder se tradujo, por un lado, en su incapacidad para poder adaptarse a la nueva realidad social derivada en un punto por las presiones ejercidas desde las poblaciones bárbaras[4], económica, social y militarmente, y por otra por la propia inestabilidad social dentro de las mismas fronteras, causada por una corrupción sistémica que se manifestó en una grave crisis financiera, moral y política que fomentó y toleró la sociedad en su conjunto, desde la gente común hasta las propias élites[5]. Era, por tanto, una crisis global del sistema, ya que se estaban perfilando los límites de una nueva manera de entender y comprender el mundo, con unos nuevos valores y unas nuevas dinámicas, producto todo ello, y esto es importante, del arrastre ejercido por los ideales de un grupo, las poblaciones bárbaras, renunciando los habitantes del Imperio a mantener su pasado y cultura, simplemente dejándose llevar y aceptando el nuevo mundo que otros dibujaban, cambiando pues la “legitimidad” de un sistema respecto del otro.

En la actualidad, podemos encontrar una serie de variables bastante similares, aunque por supuesto causada por realidades y procesos totalmente diferentes. Podemos apreciar también aquí, hablando de la cultura occidental de forma exclusiva, como tenemos una doble crisis, externa, producida por el terrorismo religioso de base islámica y las esperanzas de sus promotores de poder constituirse como un sistema de poder a escala global, e interna, por haber alcanzado unos parámetros límite, producto de las políticas económicas derivadas por un sistema social insostenible, el capitalismo salvaje, que ha traído como consecuencia la construcción de un modelo enfermo que se ha proyectado tanto en la moral de los individuos como directamente en sus recursos materiales y vitales.

Todo esto termina por revelarse en esa pérdida de legitimidad que nos aboca a esta deriva general que vivimos. Con lo cual, este punto resulta clave a mi juicio, ya que es el cimiento base por el que debemos empezar a reconstruir nuestro nuevo sistema vital.

Pero no es todo culpa del sistema, ahora tenemos a mi juicio la oportunidad de mostrar nuestra responsabilidad social como individuos. Toca pues repensarnos, volver a plantearnos la realidad que queremos construir, que podemos aportar, como podemos servirnos de los conocimientos que poseemos y darles una nueva proyección, buscando pues superarnos una vez más.

Podemos y debemos volver a sentir lo que el mundo occidental europeo experimentó durante los siglos XV Y XVI, es el momento de pensar como individuo y actuar como colectividad, de sentir que debemos proyectar un avance del grupo en general, de la humanidad como entidad, fortaleciendo y consolidando la necesidad en definitiva de construir algo totalmente nuevo.

Como ya se ha mencionado con anterioridad, la historia de las diferentes sociedades humanas se ha definido por ser una amalgama de elementos continuistas e innovadores, de tradición y de cambio. Este nuevo “renacimiento” al que estoy haciendo referencia debe apoyarse en los mismos preceptos que aquel que se dio 500 años atrás, evitando juzgar el sistema que dejamos atrás como un periodo de barbarie y atraso, como ya se hizo en aquellos días por parte de Giovanni Andrea dei Bussi, que catalogó al periodo anterior a ese despertar de las conciencias como Edad media, otorgándole una connotación negativa dibujándolo como un periodo de oscuridad y retroceso, cuando la realidad fue totalmente distinta[6].

Por tanto, la vuelta a la construcción de un nuevo humanismo es condición indispensable, el hombre debe volver a reafirmar su mayoría de edad, debe volver a creer en sus capacidades y posibilidades. La aspiración que ha de conseguirse es la de poder crear un nuevo sistema, un nuevo saber, una nueva cultura, heredera del pasado pero independiente del mismo. En estos días la valentía será un activo para lograr el éxito. ¿Quién le dijo a Colon que su empresa finalmente tendría éxito?, ¿y a Da Vinci que sus inventos marcarían el camino de futuros logros en arquitectura, medicina, ingeniería o el arte? Lo mismo podría decirse de personajes como Galileo Galilei y su contribución al espectacular desarrollo del conocimiento científico, en campos tan diversos como la astronomía o la física, o Guttemberg con la espectacular contribución que haría al campo de la comunicación y difusión del conocimiento a través de su imprenta.

Todos ellos comparten un punto en común, y es la osadía. Fueron luchadores, pioneros, emprendedores, deseaban crear y compartir, buscar la verdad y difundirla, anhelar ser mejores y además sentirse protagonistas del proceso que ellos mismos de forma inconsciente estaban desarrollando.

Ahora llegó nuestro momento. Somos la generación que mayores posibilidades de control tiene sobre su propio desarrollo. Tenemos las herramientas necesarias y solo hace falta canalizar las aptitudes y las actitudes del conjunto en la dirección correcta. No dejemos que la ignorancia y la pasividad se apoderen de nosotros, seamos como aquellos que lucharon por defender y difundir la verdad, por jugarse, en más de un caso, el pellejo por involucrarse en lo que creían, por aspirar, mejorar y superarse.

No dejemos que sea demasiado tarde. Todos sabemos que hay trenes que pasan una sola vez, y la humanidad en las circunstancias actuales no se puede permitir un retroceso, no puede negarse a sí misma, debe actuar y con urgencia. Es cierto, que me produce cierto temor que no consigamos alcanzar estos propósitos, porque a mi juicio esto podría suponer incluso nuestro fin último como especie, ya que las magnitudes y la cantidad de los problemas a los que debemos hacer frente poseen unas cotas a las que en muchos casos no nos hemos enfrentado jamás. El ser humano en su historia siempre ha conseguido sobreponerse a los imprevistos y adaptarse al límite, hasta que no se ha visto con el agua al cuello, no ha empezado a actuar, y eso con el estadio actual de conocimiento sobre la realidad y sobre nosotros mismos, debía estar ya superado. Debemos pues ser previsores y anticiparnos a nuestro oponente, como en una buena partida de ajedrez.

La motivación es nuestra arma más poderosa, anhelemos ser mejores y lo conseguiremos. Ya pudimos hacerlo en otras épocas, volvamos a resucitar aquellos valores, aquel espíritu, y tened por seguro que venceremos una vez más, o al menos podremos decir que lo intentamos, que luchamos hasta el final, que no hubo rendición, y entonces, solo entonces, podremos estar orgullosos de nosotros mismos.



 

[1] El estudio de la realidad actual, nos muestra en que estadio del proceso estamos, poniendo en evidencia que urge una transformación inminente, tanto en el ámbito económico, como social y político. Estamos llegando a un punto en el cual los antiguos mecanismos de cohesión y desarrollo social se están resquebrajando, los resortes del sistema están buscando redefinirse, con lo cual nuestra labor esta en marcar la senda que debemos andar de cara a un futuro a medio plazo.

[2] A este respecto, debe indicarse que como señala Antonio Araníbar Quiroga, aunque en relación a un tema concreto, la estabilidad social es el pie sobre el que debe desarrollarse el resto de variables de construcción social donde cabe destacar la estabilidad económica y política como los referentes más importantes a este respecto. Sin la primera, las otras dos no podrán ejecutarse de forma óptima. Esto se menciona de manera detallada en  F. Calderón, ´´Entrevista a Antonio Araníbar Quiroga” en F, Calderón (Coord.), Política y sociedad en el Espejo, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 18-20.

[3]  Cuando un sistema social determinado fracasa en sus objetivos de forma constante en el tiempo, genera un sentimiento de insatisfacción que a la larga deriva en una crisis de la propia credibilidad del mismo. Con lo cual, esto se traduce como una falta de legitimidad que se proyecta en forma de inestabilidad.  Esto se desarrolla en mayor profundidad en G. Salazar Vergara, Historia Contemporánea de Chile, Estado, Legitimidad, Ciudadanía, Santiago de Chile, LOM ediciones, 1999, pp. 13-15.

[4] Se denominaba como ¨ poblaciones bárbaras´´ a aquellas que se encontraban asentadas fuera de los límites del Imperio, dándose por hecho que aquellos que no se circunscribían a su esfera de influencia no estaban ´´ civilizados´´.

[5] si bien es cierto que en este periodo el individuo que podríamos llamar ´´común´´ tenía menos mecanismos de respuesta que en nuestros días, ya que el abismo del acceso intelectual y económico entre elites y pueblo era mucho más pronunciado que actualmente, pero como hoy día, se pone de manifiesto la incapacidad de los diferentes grupos sociales de organizarse y coordinarse para poder obtener un beneficio mutuo.

[6] Tras un profundo estudio por parte de diversos intelectuales, se ha conseguido desmentir lo que tradicionalmente se pensaba de la Edad Media, cuyo punto de partida lo iniciaron los propios sabios de la época y que luego fue perpetuado durante todas las épocas siguientes, alcanzando una especial relevancia durante el siglo XIX. Pero las nuevas corrientes de pensamiento posteriores y las evidencias mostradas permitieron demostrar que de hecho durante la Edad Media se produjo una cantidad espectacular de movimientos de recuperación de autores y saberes clásicos, además de existir también bastantes individuos que dedicaron sus esfuerzos a pensar, discutir, debatir y crear. El problema aquí fue la religión y la inmensa influencia de la mística y la superstición sobre las acciones del hombre. A este respecto se recomienda la lectura de E. Colomer, Movimientos de renovación. Humanismo y Renacimiento, Madrid, Akal, 1997, pp. 5 y ss.


 

Bibliografía:

Política y sociedad en el espejo.  Fernando Calderón Gutiérrez

Historia contemporánea de Chile. Gabriel Salazar. Julio Pinto

Historia del pensamiento y la cultura. 

 

Acerca de Carlos Castillo

Siempre he soñado con utopías y he sido muy cobarde para intentar llevarlas a cabo, pero como todo en esta vida, cambié y empecé a tomar conciencia de que ver la vida desde detrás del burladero no era vivir, con lo cual y también presionado por las circunstancias me he dispuesto a contribuir un poco en esta tarea de compartir mentes desde el corazón. Estudié Historia y siempre he tendido a ver el mundo desde una complejidad que me condena a la eterna frustración, pero sin la cual no existiría esa llama que nos hace humanos, la voluntad de sentir, pensar y luchar, y que a la postre es nuestra mayor virtud
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Un comentario

  1. Amable autor,gracias por compartir estas ideas y conocimientos,justamente pensaba en la idea de un Neo-renacimiento que tanto nos hace falta a la humanidad y vine a parar en tu artículo/ensayo, lo cual aprecio y agradezco, no te encuentras sólo en ese sentir y en ese pensar.Sólo esparciendo el ideal y el conocimiento que invite a la reflexión ,además de la acción ejemplar de nosotros y de nuestros aliados, es como se llegará a la tan anhelada evolución social. Lo
    que si molesta como piedra en el zapato es el tiempo que puede llegar a tardar antes de que ocurra la mejora en el ideario social,a algunas sociedades les costará más que a otras.

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