¿Ha fracasado España como Estado?

Para algunos el mero hecho de hacer una pregunta de esta magnitud les parecerá incluso una osadía, pero procedamos a analizar una serie de aspectos y veamos qué conclusiones podemos sacar al respecto.

Bien, en primera instancia, ¿qué podemos definir por Estado Fallido? Un Estado fallido, es aquel que es incapaz de poder garantizar a sus habitantes los mínimos necesarios para que éstos puedan desarrollar su vida dentro de unos parámetros de normalidad, en donde hemos de tener en cuenta variables tales como la estabilidad política, económica y social, tanto dentro de las fronteras del propio territorio, como en el ámbito internacional.

Ahora bien, esta definición no puede tomarse como una referencia inamovible, estos parámetros mencionados son susceptibles de tener una u otra consideración dependiendo de la propia naturaleza del Estado en cuestión[1] . En el caso concreto de nuestro país, está claro que no puede ser comparado con países como Sudan, Somalia, Afganistán o Nigeria, donde las debilidades como Estado son estructurales, revelándose incapaces tan siquiera de garantizar un mínimo básico de supervivencia a sus habitantes, recurriendo pues a un modelo de ejercicio del poder basado en el uso de la violencia directa como mecanismo de control social, en un modelo económico desarrollado entorno a redes clientelares de corrupción el cual perfila una brecha insalvable entre clases sociales y en unos mecanismos políticos caciquiles que generan una serie de catástrofes a nivel humanitario tales como el desplazamiento masivo de refugiados, problemas de sostenibilidad demográfica o crisis económicas permanentes.

Evidentemente, España no puede encuadrarse dentro de estos límites. La cuestión de nuestro país radica en otras variables, siendo a mi juicio las más importantes aquellas relacionadas con el vacío de poder político y legitimador, traducido en una más que significativa inoperancia gubernamental tanto dentro como fuera del propio territorio, una debilidad económica crónica, producto de un modelo débil e insostenible en el largo plazo,  y en una fractura social derivada de un ineficaz reparto de los recursos.

Por tanto, lo ideal antes de continuar profundizando en ello, es ofrecer un concepto alternativo al de Estado fallido para definir nuestro país. Vamos pues a coger el concepto ofrecido por Charles T Call de Estado débil, siendo este, aquel tipo de estado, donde a pesar de existir una infraestructura básica del estado, presenta ciertas deficiencias en su funcionamiento  institucional poniendo en peligro la propia estabilidad del sistema, de forma que esto se traduce en una falta de control territorial por parte del estado, veamos el caso catalán, así como en una pérdida de eficacia y credibilidad en todos los aparatos del sistema, es decir en el ámbito ejecutivo, legislativo y judicial[2].

Partiendo de esta premisa, toca pues analizar. Hundiendo las raíces en la historia de nuestro país podemos encontrar puntos de partida interesantes para poder enfocar las problemáticas observables hoy día.

En lo que respecta al ejercicio del poder político, España sigue siendo heredera de una tradición de ejercicio del poder de deriva autoritaria, cuya última manifestación fue el franquismo, que dibujó un panorama en el cual el uso de la violencia y la represión fueron instrumentos de control social que nos marcaron como sociedad de forma muy profunda, ya que por una parte nos impidieron el correcto desarrollo de un ejercicio sano de cómo ejercer una dinámica política basada en el debate racional y discursivo y por otra parte nos inculcaron el miedo. El miedo es sin duda una poderosa herramienta de control, y aquellas élites franquistas supieron aplicarlo de forma eficaz, dejando una huella profunda que ha marcado varias generaciones llegando hasta nuestros días[3].

Creemos que nuestra apatía y falta de interés general por los asuntos de estado viene propiciada por la actual inoperancia de nuestros gobernantes, y en parte claro que tiene que ver, pero el origen es más profundo, se nos transmitió que pensar y reflexionar puede tener un coste y que lo mejor para no meterse en problemas es dejar la política para los políticos, y ahí estuvo el quid de la cuestión que permitió a las antiguas élites franquistas subirse al carro de la democracia, porque no hemos de olvidar que la transición no fue otra cosa que una transacción, de forma que simple y llanamente fue una operación de maquillaje necesaria para que los antiguos poderes dominantes pudieran seguir ejerciendo como tales bajo una apariencia totalmente renovada. Y esto es lo que tenemos hoy día, unas instituciones plagadas de herederos de aquel régimen que siguen aplicando sus mecanismos de dominación y que por supuesto no están dispuestos a renunciar a su estatus sin luchar[4].

¿Y cómo han conseguido perdurar? Pues protegiéndose mediante leyes, leyes hechas a su medida, es decir diseñadas por ellos y para ellos, de forma que así quedaban legitimados y amparados en el nuevo escenario político que se dibujaba. Ahora estamos presenciando como toda esa columna vertebradora del poder se resquebraja, de forma que los instrumentos que garantizaban su estabilidad y presencia en los aparatos del estado se diluye manifestándose en una recurrente inoperancia a la hora de proponer soluciones acordes a unos problemas de nuevo cuño y a los que encima nunca habían tenido que hacerles frente anteriormente. Por tanto elementos tales como la Constitución, o el diseño del propio aparato del estado necesitan de una revisión urgente, ya que durante cierto tiempo sí que consiguió funcionar eficazmente, pero a día de hoy han perdido todo su valor, de forma que aquellos legalistas que se aferran a las leyes como si fueran los 10 mandamientos, olvidan algo fundamental, y es que las leyes están hechas al servicio de las personas y no al contrario, además, ¿qué valor y credibilidad podemos darle a unas leyes que están siendo constantemente violadas y perpetradas por el propio poder que las promulga[5]?

Pero amigos, no todo fue culpa de Franco, es cierto que la idiosincrasia histórica de este país producto de sus circunstancias históricas nos ha hecho una sociedad un tanto particular. Mirando más allá del franquismo, encontramos otros momentos históricos que nos ayudan a comprendernos mejor.

El conocido como Concilio de Trento (1545-1563) fue una de las múltiples oportunidades que se nos escaparon en pos de poder subirnos al tren de una nueva modernidad que nos hubiera permitido al menos poder probar una nueva manera de ver y comprender la realidad. Aunque las razones de la celebración del concilio fueron mucho más complejas, en definitiva se ponía sobre la mesa por un lado las consecuencias y los procedimientos que habían de seguirse por parte de la iglesia cristiana en relación con el reciente cisma protestante, así como la urgente necesidad de renovación de la propia iglesia católica tras la gran crisis que había sufrido la misma en relación con la corrupción tanto moral como económica por parte de una amplia parte del clero[6].

El papel de la Monarquía Hispánica a este respecto fue claro, apoyo total al sector católico de la iglesia y firme compromiso de su defensa frente a cualquier ataque en su seno, considerando además la unión religiosa como un baluarte fundamental para conseguir un grado aceptable de estabilidad y control social, de forma que iglesia y estado permanecerían como un todo indivisible que identificaba a todos aquellos que no profesaban su credo y sus designios como enemigos potenciales que obstaculizaban los objetivos de conseguir establecer una fe universal bajo la regencia de un único soberano. Esta influencia de la iglesia, que deseaba y aspiraba a su consolidación como baluarte de poder en donde el mantenimiento y ampliación de su patrimonio, así como su papel político y su hegemonía cultural, se dibujaba como un paradigma difícil de modificar, impregnando de una identidad particular a la sociedad española de aquel tiempo, perdurando la misma de un modo u otro hasta nuestros días[7].

Por tanto, esta coyuntura de haber sido un territorio en el cual el poder político se identificaba con una religión que se cerró al mundo, nos hizo temerosos, recelando de todo aquello que no nos era conocido, de forma que una vez más se nos impedía desarrollar una sociedad sana, abierta y tolerante, condenándonos a un perpetuo atraso, incapaz de valorar lo nuevo y los cambios como algo natural, sino como un síntoma de hostilidad permanente que todavía podemos ver en la actualidad, siendo esto pues un reflejo de la construcción de esta esencia española, de este carácter reaccionario[8]. El español no piensa, actúa según sus emociones, somos muy de la máxima de resolver el problema dando un puñetazo en la mesa, considerando toda crítica como un ataque.

Debemos pues aprender a fomentar el debate y el discurso racional, lo  que se traducirá en una mejor forma de hacer y desarrollar la política.

Tras la política, otro de los factores que debemos analizar es la economía. A mi juicio, nuestra estructura económica, obviando las coyunturas actuales, se sustenta sobre una base histórica bastante clara que nos puede ayudar a comprender nuestra debilidad como estado.

En la actualidad, muchos compatriotas se jactan del hecho de ser la 5 º economía de la zona euro, 4º tras la salida del Reino Unido, amparándose en el potencial de nuestro país en el mercado internacional, siendo el turismo nuestro principal activo. Pero, ¿se han parado a pensar en la fragilidad del mismo? España, carece de una infraestructura económica sólida y sostenible y eso se pone de manifiesto en realidades como el ser uno de los países de la zona euro que más crisis consecutivas ha tenido desde los años 70 hasta hoy y cuyos efectos han castigado de forma más severa a la población.

A mi juicio, esto puede explicarse por una serie de causalidades históricas que espero nos ayuden a comprender esta problemática.

En primer lugar, debemos hacer referencia a la organización de las estructuras económicas del país, debiendo señalar que estas estructuras no dejan de ser una proyección de las estructuras sociales. Esto, nos ayudará a comprender muchas de las desigualdades tanto económicas como sociales hoy día.

Hasta hace bien poco, España había basado principalmente su economía en la producción agrícola y ganadera, experimentando de forma muy tardía y fragmentada el proceso de industrialización y posterior deriva hacia el sector terciario. Desde la Edad Media hasta finales del siglo XIX nuestro país fue un país eminentemente agrícola[9], con una economía basada en una estricta jerarquía entre aquel que poseía la tierra y aquel que la trabajaba, traduciéndose esto en un notable control por parte del rey, la nobleza terrateniente y la iglesia que eran los que se encargaban de la adquisición y explotación de la tierra, y el campesino/jornalero que era quien la trabajaba, pudiendo ser este o no propietario según el régimen de explotación pertinente así como de la época histórica a la que estemos haciendo referencia y el territorio al que aludamos, ya que no existían los mismos regímenes de explotación de la tierra en Andalucía, que en Aragón o Galicia.

Nuestro segundo recurso económico de peso fue el comercio, ya que era la salida natural de una economía primaria de producción, resultando a este respecto clave el descubrimiento de América que nos permitió establecer nuevas rutas comerciales más allá de Europa, fomentando el primer intercambio de productos a escala global, recordando en este punto que España durante los siglos XVI, XVII Y XVIII era parte de un vasto imperio repartido por los 5 continentes, desde Madrid hasta Lima, pasando por Macao o Manila[10].

Teníamos pues agricultura y comercio, ¿de qué carecíamos entonces?

En primer lugar de tener una concepción positiva del trabajo. España ha tenido un déficit de inversión y emprendimiento constante derivado en gran parte de la opinión del ejercicio del trabajo como algo envilecedor y que perduró durante largo tiempo en la sociedad, haciendo de España una fábrica de parásitos no productivos y fomentando una economía de manos muertas de base rentista que marcaba un profundo atraso respecto de los países de nuestro entorno[11]. De forma que España no vio el surgimiento de una burguesía relativamente fuerte hasta finales del XVIII principios del XIX.

Por otra parte, debemos mencionar factores de tipo geográfico, que impidieron durante largo tiempo, debido principalmente a su alto coste, el desarrollo de unas infraestructuras internas solidas para el fomento del comercio y que salvo los grandes núcleos de población, el déficit de comunicación e intercambio económico entre los diversos territorios se tornaba todavía durante la Edad Moderna como una realidad bastante tangible.

Esta presión fiscal, se veía todavía más acentuada por la compleja gestión presupuestaria a la que tuvo que hacer frente el Imperio Español durante los siglos XVI, XVII y XVIII, principalmente por haberse configurado como el primer sistema burocrático a nivel global, de forma que las dimensiones económicas y territoriales derivadas de ello se tornaban en muchos casos cuanto menos complejas. A esto se le añadía además el hecho de la condición y definición de la Monarquía Hispánica como un “Estado Militar”, de forma que el principal remanente de nuestro aparato político, social e institucional servía para consolidar y garantizar el mantenimiento del Imperio y pagar los incesantes gastos militares derivados de tamaño esfuerzo. Esto se plasmó en un escaso aprovechamiento de la riqueza para mejorar la calidad de vida del propio territorio, de forma que si bien movíamos cantidades ingentes de recursos, pocos repercutían en la propia sociedad. Era una economía de guerra y de privilegios, lo que lastró la posibilidad de desarrollar una economía fuerte a largo plazo y condenó varias veces al estado a una situación de bancarrota y a un déficit monetario perpetuo para con los diversos banqueros con los que trataba[12]. De hecho con la perdida posteriormente del imperio de ultramar que tanta riqueza proporcionaba a España, esta se vio obligada a redefinir sus bases económicas, lo que se tradujo en una situación de crisis financiera permanente, hecho que empezaría a modificarse con la llegada de la Revolución Industrial  y una economía cada vez mas interconectada, aunque siempre en una posición secundaria respecto a los países de nuestro entorno que se beneficiaron durante el siglo XIX de los beneficios extraídos de las políticas neocoloniales que de una forma u otra todavía pueden percibirse en diversas zonas del mundo.

Esta situación de atraso general no se consiguió superar durante la primera mitad del siglo XX, quizá durante la dictadura de Primo de Rivera sí que se produjo, al menos durante los conocidos como Happy Twenties, un relativo periodo de prosperidad y cambios económicos, derivado de políticas económicas fuertemente proteccionistas y basando gran parte de su potencial en el desarrollo de obras públicas y en la creación de empresas nacionales como CAMPSA o Telefónica.

Esta fuerte inversión de capitales en la creación y desarrollo de infraestructuras se tradujo en el establecimiento de unas cantidades cada vez más crecientes de deuda que con la llegada del crack del 29 y el tambaleo de los cimientos de la economía internacional provocó unos desequilibrios presupuestarios que llegaron a tiempos de la II república. Esta, se encontraba en la posición de querer renovar y modernizar España, pero se tuvo que enfrentar, aparte de a esta crisis de la deuda, al desafío impuesto por unas estructuras sociales y políticas internas bastante conservadoras, derivadas tanto de las redes clientelares y de intereses forjadas durante la dictadura, que no estaban dispuestas a renunciar a sus privilegios sin pelear, así como la cada vez más evidente polarización de la riqueza a nivel territorial que saliendo del triangulo Bilbao, Barcelona, Madrid dibujaba un país con una más que evidente desigualdad de oportunidades fuera de estos territorios[13].

A esto, hemos de sumarle la coyuntura de crisis financiera internacional, que en su conjunto contribuyó al fracaso de los objetivos del gobierno republicano, habiendo de esperar hasta los años 60 para volver a experimentar un crecimiento económico fuerte, pero con la gran pega de que de nuevo no aprovechamos la oportunidad para redibujar nuestras políticas económicas de cara a un futuro solido y sostenible, sino que dimos rienda suelta a la política del sol y la paella de la que el ministro Fraga fue el principal baluarte, así como a las primeras manifestaciones de lo que luego se conocería como el ladrillazo. Además, con Franco, la política de los amiguetes y la corrupción se disparó a unos niveles insospechados, con la fortuna para ellos de que esto quedaba enmascarado por esa realidad de aparente éxito económico, además de una labor propagandística por parte del régimen digna de elogio que facilitó su supervivencia durante tantos años[14].

Si nos damos cuenta, estas problemáticas son las que hoy día sigue todavía arrastrando nuestro país, el cual sigue poseyendo un gran déficit en la construcción y desarrollo de infraestructuras financieras solidas, donde la inversión en I+D sigue siendo prácticamente anecdótica en relación con la aportación respecto del PIB de buena parte de los países de nuestro alrededor. Hemos preferido apostar por este modelo económico de herencia franquista que se ha revelado como el sistema financiero de los pelotazos y la impunidad, y que nos hace especialmente vulnerables, dependientes, ante una economía que requiere cada vez de una mayor capacidad de adaptación a las nuevas realidades sociales cambiantes, como las nuevas tecnologías o la movilidad laboral a nivel mundial.

Estas son realidades que por otro punto debían haber sido cubiertas por esa supuesta unión política, social y financiera que iba a ser Unión Europea y que ha fracasado en su puesta de largo, afectando al conjunto y también a cada estado miembro de forma particular, dibujando unas desigualdades entre territorios cada vez más evidentes y en donde España queda relegada a mera comparsa en este nuevo reich financiero, resultando ahora curioso que la gente parece que ya se ha olvidado de la todavía la increíble presión fiscal ejercida por las directrices impuestas desde el BCE y en las cuales el estado alemán se ha abanderado como la locomotora de Europa, cuando gran parte del carbón para la maquina los ponemos nosotros, eso que no se olvide.

El último punto que mencionaré antes de concluir, hace referencia a la cuestión relativa a la identidad del pueblo español, que siempre se ha tornado como un tema complejo que ha definido y define aun hoy muchas de las problemáticas a nivel social y político que todavía podemos observar hoy día.

Este país, fruto de la conjunción de diversas realidades territoriales y culturales históricas a dibujado un estado en el cual conviven varias identidades culturales muy diferentes entre sí, como pueden ser los vascos, los catalanes o los gallegos. Esta heterogeneidad cultural puso por delante al poder político la difícil tarea de poder desarrollar un mecanismo de control que permitiese aglutinarlos a todos bajo un sayo común. Ya desde los Reyes Católicos, pasando por Austrias y Borbones, se ha dado en España un proceso cíclico que se ha repetido en el tiempo entre las tensiones ejercidas por el aquí tradicional conflicto poder central-poder periférico, fracasando una y otra vez en el desarrollo de un modelo que contentase a todos, ya que cada realidad cultural  tenía, y tiene, una manera diferente de interpretar lo que es y siente como España.

Esto no se supo percibir desde el poder central, quizás de forma un poco más efectiva durante el reinado de los Austrias, aunque a la larga también se revelaron diversas problemáticas en lo relativo a la cuestión territorial. Pero fue con los Borbones, cuando se quiso, siguiendo la estela de la vecina Francia, y aprovechando una coyuntura de guerra, la guerra de Sucesión (1700-1714), redefinir la estructura territorial del estado, construyendo un verdadero estado moderno unificado. Este hecho, se consiguió parcialmente, ya que se favoreció una conexión a nivel económico, pero no se produjo una verdadera unión cultural, lo que se dibujo en varios casos, como por ejemplo en el catalán, en tensiones que partían de un sentimiento de agravio por la puesta a punto de una política de aplicación de ciertas medidas sociales y económicas que ellos creían y sentían que atacaban a sus privilegios tradicionales[15].

El poder central, y de manera poco inteligente, se valió en más de una ocasión del uso de la violencia para imponer sus criterios en los diferentes territorios, lo que contribuyó al desarrollo de la idea del poder central como elemento invasor, acrecentado esta idea además por el desarrollo de unas políticas fiscales desiguales según el territorio, que se tradujo en una conflictividad de intereses entre territorios, y en donde se desarrollaron elementos de resistencia contra el poder que según ellos les venía a robar su riqueza.

Esta aplicación del poder, derivó en un debilitamiento progresivo del poder central y en un fortalecimiento de las élites locales de cada territorio, que emergieron al calor de la crisis de estado que España sufrió a partir de las pérdidas de las colonias americanas, estando en búsqueda de esa idea de desligarse de ese “estado decadente” e imbuidos también por ese renovado espíritu social y político, sirva de ejemplo el desarrollo de movimientos tales como el socialismo, el anarquismo o el propio nacionalismo, se acrecentó la idealización propia del romanticismo del derecho de cada pueblo de ser dueño de su propio destino.

Bajo estas proclamas y con la inoperancia por parte del poder central, estas élites locales en búsqueda de una independencia económica y política respecto del poder establecido en Madrid, se fortalecieron entorno al discurso nacionalista, contribuyendo al desarrollo de un imaginario político ficticio, en el que se distorsionaba la realidad histórica, haciendo sentir a sus pueblos respectivos que estaban siendo maltratados y humillados, negándoseles su reconocimiento como pueblos diferenciados. La lucha de intereses quedaba servida, de forma que este enfrentamiento entre élites centrales y periféricas es el que ha perdurado bajo diversas formas hasta nuestros días[16].

Además, es importante señalar a este respecto que en este país se vivió una larga dictadura que llevaba como proclama la construcción de una identidad nacional unitaria[17], España una grande y libre, y que negaba a cada pueblo a expresar y reconocer sus identidades propias, tanto en lo relativo a la lengua como a la cultura, llevando a cabo una política de represión, que derivó en el peor de los casos en un conflicto armado, el surgimiento de ETA y el conocido como conflicto vasco, que tantas desgracias a causado en este país durante casi 50 años, y en el mejor, a un descontento con el modelo de estado que pide a gritos la adaptación a una realidad social y política propia de estos tiempos y que ilustra a la perfección el actual caso catalán, obviando aquí elementos estructurales ajenos a este punto, tales como la corrupción sistémica de las propias élites territoriales catalanas, sirva de ejemplo el caso Puyol o el 3% , que terminan poniendo de manifiesto esa relación de intereses y desavenencias entre las élites del centro y la periferia, o la coyuntura económica y política internacional.

La situación actual, requiere de una actuación rápida y certera para evitar que se dé un paso atrás en nuestro sistema de relación territorial dentro del estado. Hemos de trabajar en la concienciación de que vivimos en un país de países y que eso más que dividirnos, nos otorga una riqueza cultural excepcional que nos debe cuanto menos enorgullecer y que debemos de conservar y proteger. Vivimos en una sociedad cada vez más globalizada y tratar de poner fronteras al campo solo nos traerá mayores problemáticas, por ello, debemos llegar a un consenso nacional que nos permita desarticular los intereses de las diferentes élites territoriales, proyectando un nuevo constructo social desde abajo.

La pregunta es ¿cómo conseguiremos llevarlo a cabo? Fundamentalmente con educación. Enseñando en las escuelas desde sus primeras etapas la realidad social y territorial que nos envuelve, trabajando en el concepto de estado plurinacional, y sobre todo viajar, hecho, que nos permite conocer y juzgar por nosotros mismos, viendo, y esto es por experiencia propia, que al final seas de donde seas, nuestras aspiraciones y objetivos no son tan diferentes. Todos tenemos nuestra patria chica, es decir siempre tendremos un especial afecto a nuestra realidad territorial y cultural más inmediata, en mi caso Madrid, ser y sentirme madrileño es y siempre será para mí un orgullo porque es la ciudad en la que he crecido, pero también sé que hay mundo más allá y que hay que conocerlo para poder juzgar y opinar de manera más justa al respecto, de forma que para mí no hay fronteras culturales, solo existen personas, con lo cual no soy peor ni mejor que un catalán, un vasco, un aragonés o un filipino, todos somos al fin y al cabo “hijos del mundo” , y esto es una filosofía que debía aplicarse más de uno.

Realmente he tratado todos estos temas de forma muy somera, y sin duda un análisis más detallado de cada punto nos ayudaría a precisar mejor todas las variables aquí señaladas, pero con ello he pretendido justificar porque a mi juicio a pesar de que se considera a España como un estado plenamente desarrollado, aun hoy asistimos a problemáticas dignas en muchas ocasiones de un país tercermundista y que tienen a menudo una clara raíz histórica. España hoy es un estado débil, fundamentado en una legitimidad frágil y ficticia, con un modelo económico, social y político que necesita de una revisión urgente y con una consideración de irrelevante en el concierto internacional.

Con las cartas sobre la mesa, ahora toca poner en orden los muebles de la casa, hagamos una revisión de nuestro pasado, estudiémoslo, comprendámoslo, y una vez más tendremos las herramientas para cambiar nuestro futuro.  España es un país complejo, sin caer en la afirmación chauvinista del “Spain is different”, debemos ser conscientes de que hemos seguido, producto de nuestro devenir histórico, una serie de patrones de configuración ideológica, moral y política diferenciados con respecto a los países de nuestro entorno, escapando en muchos casos de la tónica general que en ellos se experimentaba, dibujando un modelo propio de entender nuestra realidad, y que debemos analizar para conocer nuestros aciertos y nuestros errores y poder actuar en consecuencia.

 


[1] A este respecto se recomienda la lectura del siguiente documento que proporciona un análisis muy detallado de la definición de Estado Fallido y los múltiples patrones que la codifican.                          Estados Fallidos: definiciones conceptuales. Lic. Gabriel Mario Santos Villareal

[2] Muy recomendable la lectura del análisis propuesto por el politólogo y profesor de Teoría General del Estado Raúl Zepeda Gil acerca de los diferentes modelos de estado y sus respectivas categorizaciones y comparaciones. Para saber más a este respecto consultar la siguiente web:                                              ¿Qué es Estado fallido y Estado débil? Raúl Zepeda Gil

[3] Muy recomendable a este respecto la lectura del siguiente artículo :                                                         La ideología del miedo.

[4] Se recomienda el visionado de la siguiente entrevista a Julio Anguita en la que se expone su percepción acerca de lo que realmente supuso la Transición para España, haciendo especial hincapié en esta problemática a partir del minuto 3 de la misma.                                                                                      Julio Anguita en Salvados

[5] Aquí se exponen los preceptos básicos de convivencia en relación con la organización institucional de nuestro estado. Fijémonos en la teoría y reflexionemos acerca de su puesta en práctica en la realidad. Sistema político

[6] En la siguiente web se hace un perfecto resumen de los aspectos básicos de las causas y los objetivos de la Contrarreforma: El Concilia de Trento

[7] La iglesia fue la principal institución en España, encargándose de aspectos tan relevantes como la educación o el mecenazgo cultural, contando además con el beneplácito del poder político para poder extender su influencia. Esta tendencia, aunque con algunas excepciones históricas, como por ejemplo la II República, fue una constante en nuestro país hasta bien entrado el siglo XX, donde a pesar de haber reducido su influencia en los aspectos relativos a la vida pública, seguía, y sigue, muy presente en nuestras instituciones.

[8] A este respecto se recomienda el visionado del siguiente video, en el que Arturo Pérez Reverte hace una exposición, de lo que él considera “los males de España” y que a mi modo de ver los expone de una manera bastante acertada.   Salvados – Pérez-Reverte: “El ciudadano educado tiene mecanismos de defensa para cambiar el mundo”

[9] El sector primario supuso la principal válvula económica para la sociedad desde la Edad Antigua, pero bien es cierto que tras la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 D.C., y su posterior fragmentación, la economía principalmente comercial que se había desarrollado durante la época dorada del Imperio y que derivaba también del crecimiento y expansión de los núcleos urbanos en aquella época, se transformó en una economía ruralizada de base agrícola como respuesta al nuevo modelo de poblamiento derivado del trasvase demográfico de la ciudad al campo procedente de las graves crisis de los núcleos urbanos causadas por la inseguridad derivada de las guerras, las enfermedades y las continuas crisis de abastecimiento. Esta tendencia se mantendría en el tiempo hasta los siglos X-XII, cuando la mejora de la economía y el aumento de la presión demográfica permitió un aumento de la aparición de nuevos espacios urbanos.

En el caso de la Península Ibérica, nos encontramos un modelo económico predominantemente rural, que sería el que se impondría en nuestra tierra hasta bien entrado el siglo XIX, cuando por la llegada de la industrialización y la revolución de los transportes, sufriría una notable modernización, favoreciendo el crecimiento y la consolidación de los espacios urbanos.

[10] Sirva como ejemplo el conocido como Galeón de Manila, que era una ruta comercial que comunicaba Filipinas, Manila,  con América, Nueva España, y esta con España, Sevilla. Podemos conocer más al respecto a través de este enlace :                                                                                                                            El Galeón de Manila, la empresa que enriqueció al Imperio español

[11] La concepción del trabajo, especialmente la de los oficios manuales, tenia consideración de algo envilecedor, estando esto en estrecha relación con los fundamentos del Antiguo Régimen, en los cuales la nobleza percibía estos preceptos incompatibles con su modo de vida, extendiéndose esto también al clero, de forma que era el tercer estado el que se encargaba de estas actividades. No fue hasta el siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, cuando se levantó la categoría de envilecedores a este tipo de oficios.

[12] Podemos encontrar una reflexión interesante en relación con esto en:                                                    La bancarrota en España: una tradición histórica

[13] En la siguiente web podemos encontrar un resumen excelente acerca de los principales desequilibrios territoriales en nuestro país, su origen y evolución.                                                                 Los Desequilibrios Territoriales. Las Políticas Territoriales

[14] Recomiendo la visita a la web del NO-DO, acrónimo de noticiarios y documentales de la época franquista, donde se podrá explorar y comprender mejor el poder de la propaganda en tiempos de Franco.                                                                                                                                                                     Filmoteca española. Noticiarios NO-DO

[15] Las palabras del historiador Henry Kamen resultan tremendamente ilustrativas entorno a la mitificación de la historiografía catalana respecto a su propia historia.                                                          Ver Henry Kamen: Cataluña, la Diada y 1714

[16] Véase como ejemplo la evolución de la realidad política entre el eje Madrid, País Vasco, Cataluña, en donde más claramente se pueden apreciar estos ” juegos de poder” entre el centro y la periferia, de mano de personajes tan ilustrativos como Artur Mas, Ibarretxe, Aznar o Zapatero.

[17] Como contraposición a estos nacionalismos periféricos, el estado español articuló a principios del siglo XX  su propio nacionalismo de carácter integrador y unitario, con su base en la conciencia del Desastre del 98 y la posterior corriente regeneracionista.

Acerca de Carlos Castillo

Siempre he soñado con utopías y he sido muy cobarde para intentar llevarlas a cabo, pero como todo en esta vida, cambié y empecé a tomar conciencia de que ver la vida desde detrás del burladero no era vivir, con lo cual y también presionado por las circunstancias me he dispuesto a contribuir un poco en esta tarea de compartir mentes desde el corazón. Estudié Historia y siempre he tendido a ver el mundo desde una complejidad que me condena a la eterna frustración, pero sin la cual no existiría esa llama que nos hace humanos, la voluntad de sentir, pensar y luchar, y que a la postre es nuestra mayor virtud
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