Podemos o socialfascismo. Antes sí que era antes.

Yo que he sido, como diría Manuel Delgado, de extrema izquierda moderada o, como lo era Escohotado, «más rojo que la muleta de un torero» (aunque para mí el Comercio sigue necesitando enemigos que pongan éste a mi servicio y no al revés) he llorado sangre alguna vez por contemplar desde la universidad cómo un izquierdista de moda anglosajón (no diré el nombre por respeto a mí mismo) se negaba a despachar igualitarismo e Ilustración a lo Robespierre aquende el charco porque no le pagábamos un pasaje en business class (palabrita del niño Jesús), puesto que la universidad y sus proyectos asociados prohíben estos dispendios, al menos sobre el papel. Digo sobre el papel y esto es una minucia comparado con aceptar un premio de ciento cincuenta mil dólares por una tesis sobre marxismo desde la Venezuela de Maduro. ¿Quién en el planeta más que un podemita se ha llevado esa pasta por una tesis doctoral que, por lo demás, no es más que una recensión teórica sin mucha tesis aunque interesante? Le hacen a uno hablar mal, o hasta coincidir con Intereconomía (quién me lo iba a decir) en que es una vergüenza que una tesis doctoral se lleve 150.000 dólares por bailarle el agua a Venezuela cuando Krugman, el premio nobel de economía, cobró un premio de 15.000 por igual trámite académico. Y es por esto y por otras cosas que me he vuelto tan descreído mal que me pese y que ya me dé casi pereza hasta hacer crítica desde los míos y hacia los míos. Porque ya no son míos ni yo pertenezco a ellos por mucho que yo mismo me haya prostituido también, y es que, como decía De la Serna: «esta vida se vive deprisa porque el pan enseguida se pone duro», y hay que comprarlo penosamente a diario.

 

Hoy lo mismo te encuentras a un seminarista, neoliberal o hasta de izquierdas, asegurándote que el mito de la superpoblación es una filfa porque cabemos todos en un área menor que el tamaño de Florida. También hay quien se atreve desde Europa a contarle a América Latina que hemos de decrecer todos juntitos porque nosotros los europeos lo hemos hecho mal y ellos, ¡oh mesías!, no pueden cometer el mismo error. Que es exactamente lo mismo que les han dicho siempre desde el neoliberalismo salvaje en su faceta más práctica pero por las bravas. Y te lo cuenta el gachó lleno de coltán y petróleo desde su camisa hasta sus cachivaches tecnológicos en un Powerpoint con la subvención de algún ministerio en alguna facultad de políticas. Que tú te preguntas, ¿¿y quién empieza con el decrecimiento??, ¿¿éste?? Me da que ni harto de vino. Porque el gachó del powerpoint de coltán y petróleo no tiene ninguna pinta de hacer lo que dice que hay que hacer.

 

En Tras el búho de Minerva el gran sociólogo marxista Atilio Borón tiene un capítulo donde trata de explicar los orígenes conservadores, reaccionarios, hasta derechistas del pensamiento de Laclau Y Mouffe, esto es, los padres, o los primos, ideológicos de Podemos en España. Entiendo y comparto su desagrado ante la corriente posmarxista y algunas de sus implicaciones. Ahora bien, comparar el posmarxismo con la idea de Kolakowski según la cual «el marxismo es la mayor ilusión de nuestro siglo» para acabar llamándolos derechistas me parece un pelín exagerado. Y esto tiene repercusiones importantes porque empieza uno comparando a Kolakowski con Laclau y acaba comparando a un aprendiz de jugador de pádel con un invasor de Irak (en un sentido muy laxo siempre podremos juntar a fascistas con posmarxistas: ambos ven al marxismo en crisis; como todos lo vemos, por lo demás, y evidentemente, desde una orilla u otra en la que te pongas). No exagero: Santiago Armasilla, un discípulo de Gustavo Bueno, ya ha llamado a Podemos ‘socialfascistas’ glosando citas de Borón y encontrando falangistas en las bodas de los familiares de Pablo Iglesias o en las genealogías de la Somosaguas de Ludolfo Paramio. Parece que para el tal Armasilla hay que encontrar pureza ideológica en cuatro o cinco generaciones para defender el Estado de derecho desde la izquierda. No sé qué suena peor, pero yo no usaré la palabra porque esa palabra no significa ya nada. ‘Fascista’ hoy ya no tiene significado extenso porque vale lo mismo para un roto que para un descosido cuando se la escupen unos a otros, o como decía el propio Gustavo Bueno, usando las palabras de Lévi-Strauss (no el de los vaqueros, sino un antropólogo que escribió mucho): «fascista es quien llama a otro fascista».

 

Así está el ambientillo intelectual en política española y en sus facultades de política y filosofía y pinta que aquí más que tríada dialéctica a lo Hegel lo que hay es muy mala uva y ningún consenso de mínimos ni ganas de que lo haya. Voy a hacer aquí mi pequeña contribución a esa mala uva, no sea que se me tilde de anticuado o de amante de las praxeologías subjetivas (las de Carlos Rendueles), antes llamadas ciencias sociales (¡¿qué dirían mis vecinos?!).

 

Si Manuel Sacristán llamaba en su día a Lacan Charlacán, no adelantaba más que lo que hizo Alan Sokal con un amiguete ridiculizando a toda esta filosofía desdibujada y blablablesca en su artículo previo a Imposturas Intelectuales: Las matemáticas de Lacan eran falsas o fuera de contexto y por eso no las entendía ni Cristo, explica Sokal, mutatis mutandis (por eso y porque los humanistas son casi todos malísimos en matemáticas). Pero de la conveniencia en la lectura de Marx no podemos decir lo mismo. Releo ahora una antología de Marx compilada por el profesor Tierno Galván, o mejor dicho, firmada por él y compilada por Francisco Javier Bobillo (tiene apellido de becario, el pobre, y así hizo las veces con Tierno) para echar de menos la época en la que Marx era Marx sin ismos —por recordar el título del libro de Fernández Buey. Antes sí que era antes en filosofía política. Marx fue superado quizás por los monetaristas, y los monetaristas serán superados más tarde por el sentido común de lo decente en política hacia el pueblo, pero hay quien dice que el propio Marx no habría permitido la publicación del tercer volumen de El Capital, puesto que, honrado como era, no encontró una salida a las aporías que le plantearon los austriacos ante la noción de valor de la utilidad marginal, por lo que Engels publicó la obra póstuma de Marx sin el consentimiento de Marx. Si eso es así yo no lo sé más que de oídas. Que me corrija el que sepa más.

 

El caso es que estoy terminando Hegemonía y estrategia socialista de Laclau y Mouffe y me parece que le tengo que dar la razón a Borón, no en lo de fascistas, claro, pero sí en que este tipo de teoría política me resulta infumable y leo cada vez con más desgana. Estoy por irme al cine y que me disculpen si no los comprendo bien. Pero este libro me recuerda a la anécdota del profesor que le decía al alumno en clase: —Juanito, despierte a su compañero de pupitre inmediatamente. —Despiértelo usted, maestro, que ha sido usted el que lo ha dejado así —dice el niño con toda la ‘racionalidad’ que acaso había aprendido del mismo maestro.

 

Marx fue el primer filósofo, con el permiso de Adam Smith, que en rigor introdujo el trabajo y al trabajador en la filosofía de forma sistemática, y eso ya es admirable y para dar un coscorrón a todos los que llegaron antes sin escribir una línea sobre algo tan filosófico. Un genio fundamental, don Carlos Marx. Ahora bien, que la filosofía española y por tanto la política tengan que pasar siempre por Freud o Lacan, por Wittgenstein o Derrida, a mí me carga sobremanera. Porque empieza uno así y acaba diciendo que el fin último de la política no es tener razón sino tener éxito, o que guiar la pasión del ciudadano para sí es más importante que convencerlo con hechos a fuego lento. Si a Laclau y a Mouffe se los va a leer como una especie de receta para movilizar pasiones de una masa torpe o adormecida, estamos jodidos, además de torpes y adormecidos. Mira que a mí me interesó Freud en su día y reconozco con Jorge Alemán que fue el «maestro que nos mostró junto con Marx las estructuras que nos rigen». Pero el padre del inconsciente hoy se dice de otras maneras, y las maneras vienen de la ciencia, no de la política (vuelvo ahora sobre esto) porque si mezclas churras con merinas no tienes ni idea de lo que tienes. ¡Claaaro! Para mí Carlos Marx sigue siendo hoy más apropiado que Freud en teoría política te pongas como te pongas. Es más: Creo que Freud en teoría política hoy es un adorno académico y pedante que nos deja tan in albis como nos deja el feminismo elitista de la universidad o las filosofías foucaultianas o derridianas que aseguran que no existe el Hombre o que todo es texto. Eso es una mierda que no hay quien la entienda y lo que la gente necesita es ¡programa, programa, programa! Pura cháchara o metáfora literaria inerme para bajar las cifras del paro o para ganar Hegemonía en el sentido que le daba Antonio Gramsci. Que Donna Haraway nos explique un feminismo que más pareciera una distopía a lo Blade Runner no hará que a mis hermanas les equiparen el sueldo a su valía o a la de un tonto ejecutivo. ¿Qué te apuestas? Y mientras los salarios bajan en España hay quien sigue sufragado en la universidad para decir con Heidegger que el mundo mundea o que la nada nadea. ¿Qué mierda de filosofía práctica es ésa?

 

Te pongo un ejemplo a propósito de la pregnancia y conveniencia marxiana: Tú te lees los Manuscritos de economía y filosofía de Marx, pongo por caso los dos primeros Manuscritos, que hablan del salario y del capital, y te digo que tienes que estar socialmente muy despistado para no saber de qué te habla y de la actualidad del asunto, por mucho que revisable y discutible. Ahora bien, tú lees a Derrida con eso de que todo es texto, donde el Quijote se confunde con un código de barras (Jesús Maestro dixit), y te digo que si entiendes algo de lo que dice solo te vale para manchar un paper académico en un lugar donde no te lo va a leer nadie. ¿¿Política benefactora para tus paisanos??: Una buena mierda, te da como resultado.

 

Más que la idea de que tenemos un cerebro en dos niveles, yo le agradezco a Freud que nos enseñara eso de que amar al prójimo como a ti mismo es un agravio para ti o hasta para tu madre, porque, ¡cómo vas a amar lo mismo a ti mismo que al tío que se te pega más de la cuenta en el autobús cuando no se ha duchado en tres días! ¿Cómo vas a amarle más que a tu madre? ¡Serías ingrato! Eso es una indecencia, hombre, y además es antieconómico por mucho que lo diga Agamenón o su porquero.

 

Lo que hoy nos dice la neurociencia sobre Freud y su inconsciente es que los procesos mentales son en parte inconscientes por la propia arquitectura del cerebro y no porque hayan estado sujetos a fuerzas de motivación como la represión. Si no tenemos acceso al inconsciente no es porque estemos enfermos ni por mecanismos de defensa, ni mucho menos porque tu padre tenga un mal rollo edípico contigo o tú lo tengas con él. El inconsciente se explica de una forma cada vez más ‘normalizada’ y se explica con ciencia, a duras penas, pero ya no más con literatura poética.  Bien que, para nuestra desgracia, la política no se puede explicar con ciencia, y, antes al contrario, parece que vamos del materialismo científico a una cháchara cada vez más poética y por ello mismo más incomprensible. Vaya, que la teoría política toma el sentido contrario a la ciencia, va al revés. Las tecnologías y sus ciencias cada vez hilan más fino, cagada tras cagada, toda vez que las ciencias sociales se han convertido en un humus diletante de poetas, aunque no siempre. Puestas así las cosas, me quedo en teoría política, aunque a regañadientes, con la sentencia que oí una vez en una peli de Garci: «Antes sí que era antes».

 

Mientras unos insisten en votar al que más roba y justificarse a sí mismos que la gente de orden es precisamente ésa que más roba, otros se dedican a hablar del sexo de los Ángeles en la universidad española porque la economía política ya les parece poco o, igualmente, porque les parece sesgada. Hasta Fernández Liria, un marxista convencido, escribe hoy sobre Freud subiéndose al carro de la política psicoanalítica de los poetas. ¿¿No había ya bastantes psiconalistas que necesitábamos marxistas para hacer glosa psicoanalítica?? Aunque, bien mirado, si Carlos Fernández Liria va a hacer de marxista oficial dándole la razón a Victoria Kent sobre la anulación del voto de la mujer en el 31, en el célebre debate de Kent con Campoamor, casi mejor que se ocupe de Lacan o de Freud, al menos se entienden peor y ello tendrá menos repercusión política nociva.

 

Termino recordando algo que explica el propio Liria y que suscribo absolutamente: «La centralidad del tablero en España se la debemos a Julio Anguita», que no a Liria ni a ningún otro padre ideológico de Podemos. Y es que Anguita pretende una revolución que consiste básicamente en que se obedezca el Imperio de la ley. La revolución más sensata de la izquierda: Sigamos lo que dicta la Constitución del 78, pero hagámoslo de verdad, y habremos conseguido toda una revolución. Anguita se queda ahí sin más ruido ni alharacas, y es por eso que yo vuelvo a convencerme de que «antes sí que era antes» en filosofía política y de que echo de menos a Anguita y a gente con su temperamento y carácter políticos y con ese andar grave y hoy ya sosegado por el mundo de lo político. No me quedo ni con los padres ni con los hijos de este nuevo monstruo que ha venido a acabar con el rancio bipartidismo. Me quedo siempre con la política de los maestros que te explicaban las cosas de modo que las entiendas.

 

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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