Genuinidad a treinta y nueve grados

 

Era la hora en la que el sol apretaba en el poliéster obligando a las sombras más creativas a abandonar los cubiles con esencia a treinta grados con Sprite. Los ronquidos del vecino y el acordeón madrugador se unían a las gotas del escote que anunciaban la hora de despegar la piel de un colchón que no siempre aguantaba desenfrenos de pasión. Una cremallera, aire fresco y un castillo, como una “mota”, empeñado en vigilar un patio de colegio al que le tocaba ir desuniformado.

La temperatura del asfalto subía al mismo ritmo que las ventas del gazpacho y el zumo de cebada que acompañaba mi camino hacia el Paseo de los Álamos.  Se había vestido de gala y estaba presidido por una fuente cercada por octogenarios, maravillados, un año más, de observar cómo se vive de lo que te brota por las venas. Llegar al caramelo del final no fue sencillo: muchos disparos de agua que tenías que; o devolver o agradecer.

Cuando llegué sudaban hasta los bancos, las sombras cotizaban en bolsa y los escasos huecos libres estaban perforados por los rayos de sol.  Me acerqué hacia el escenario habilitado esperando que lloviera cerveza helada o que los altavoces evolucionaran en cañones que la dispararan.

Y sí, evolucionaron.

Cambiaron su compás.

Cuestión de segundos.

Quedé rodeada de una gran muchedumbre que no paraba de crecer alimentada por todos los rincones del parque a lo largo del paseo.

Mi atención recayó en un cuerpo delgado, dorado y solitario acompañado de un viejo bañador. Allí estaban él y su compás. Movía cada centímetro de su cuerpo con un estilo muy animal. Parecía disfrutar de la arena arañándole las plantas de los pies y de un cigarro musical.

Cuestión de segundos.

Altos y bajos. Negros y blancos. Bebés y ancianos. El aire de los altavoces les arrastraba. Cuerpos de goma rodeados de humo blanco con pelos inhóspitos, sucia felicidad y sudor de no querer parar.

Se fumaba la música.

Nos caíamos bien, nos sonreíamos, nos ensuciábamos, nos mojábamos, bailábamos y nos recordábamos que de “eso” queríamos más.

Festival Etnosur 2016

Acerca de Lucía Barba

Madrileña inquieta. Curiosa por naturaleza y optimista por definición. Apasionada de la vida y de todas las cosas que le ponen los pelos de punta. Hablando por los codos la escucharás unos gramos de “sabes” y un kilo de “porqués”. Fan de las personas y las marcas. Eligió la publicidad como el viaje que le permitiría estudiar a las personas. Le encanta agitar las cosas, darles la vuelta, cambiarlas, descomponerlas y volverlas a componer. De ahí Melettea, un baúl abierto y volátil con destino la inspiración, donde poder volcar su curiosidad y agitar más de un pensamiento.
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