Dos cuervos y un perro

No sé vosotros pero yo me pongo muy nervioso cuando voy al fútbol jugado de tiempo.

Era una noche plácida, de ésas donde no hace ni frío ni calor. El cielo, encapotado y amenazante no se arrancaba de nuevo pero, a tenor de lo que había sido toda la jornada, en cualquier momento pareciera disparar otra vez esa lluvia fina, constante y molesta.

Enrique ya me avisó: ‘Mirá, que esto está en la loma del orto, que hay que cruzarse la ciudad entera, ché. Quedamos a las 7’.

El partido empezaba a las 9 y yo no podía imaginar que tardásemos 2 horas en plantarnos frente a la cancha. Pero así fue. El tráfico de la ciudad me abofeteaba minuto a minuto recordándome que esto es Buenos Aires y no cualquier capital. Que las distancias son distancias de verdad y que la vida a las ocho de la tarde continúa agitándose en un ir y venir de autos que uno no entiende de donde salen y mucho menos adonde cojones van a estacionar todos para pasar la noche. Pero están y se mueven y circulan a todas horas mientras las luces rojas de los semáforos iban poniéndome a cien cuando miraba al reloj, ávido de ese fútbol, aún tan excitante para mi, que vengo de afuera.

Mi interés por San Lorenzo data del año 2008 o 2009 cuando vine a Buenos Aires por un proyecto de trabajo y mi buen amigo Manolo Benavente me invitó a visitar el nuevo Gasómetro a ver un partido contra Boca, gran enemigo de los cuervos. Quedé tan impactado por el ambiente de ‘la Gloriosa’ que pensé: ‘éste es mi equipo argentino’. Lejos de la tan manida rivalidad Boca-River, la Butteler me ofreció un sentimiento único de unidad, pasión por unos colores y sobre todo diversión en la grada. Mucha diversión.

Por fín llegamos al barrio donde se ubica el estadio. A escasas cuadras del mismo veo un lugar donde aparcar y le digo a Enrique que se detenga, que aún estando algo lejos siempre será mejor que dar más vueltas buscando el sitio ideal, que no existe, y enfrentarnos al gran quilombo de la salida. Uno también ha aprendido lo suyo después de 40 años yendo al Bernabéu en una gran ciudad como lo es mi querido Madrid.

A Enrique le parece bien y aparca el coche a las puertas de una gasolinera. Y aquí aparece de nuevo, como por arte de magia, Argentina en estado puro y el quilombo de dos tipos que quieren monopolizar nuestro estacionamiento. Al viejo ya le hemos enchufado 100 mangos y el joven se queja de que él es quien controla el cotarro y que ahí no se puede aparcar. Después de un buen rato de discusiones estériles (a ver quién es el guapo que le saca ahora los cien pesos al abuelo) entra en escena la policía, llamada por el pibito rebeldón.

Y allí nos encontramos todos de pie: policía bueno, policía malo, policías mudos, el joven quejoso, el abuelo ‘cuida autos’, Enrique y un servidor discutiendo lo indiscutible. Surrealista. Como tantas cosas en esta ciudad que la hacen absolutamente especial y diferente.

Miro el reloj. Quedan 20 minutos para empezar el partido y no sé si acabaré en comisaría, viendo ganar a San Lorenzo o metiéndome de hostias con alguno de los actores de esta comedia.

No trasciende el conflicto y nos acabamos alejando del auto, con apuro y cierto temor a que cuando volvamos éste nos haya abandonado a manos de vete tú a saber quien. Pese a todo, vencen las ganas de ver fútbol y dejamos a nuestro Wolkswagen Gol abandonado a su suerte. Siento la misma impresión de cuando uno deja a sus hijos por primera vez en la escuelita, con cierta pena pero sabiendo que hace lo que debe, o puede, y que al final todo va a ir bien.

Avanzando hacia el estadio con apuro un tipo me pide un cigarrillo y Enrique se adelanta con un seco ‘NO’. Yo, fumando, veo como ese tipo y un compadre se arrancan a caminar detrás de nosotros. Por un momento pienso en mandar un whatsap a mi mujer diciéndole lo mucho que la quiero y que me despida de los niños.

Seguimos caminando por la vereda que envuelve a la villa. La escasa luz de unas farolas enfermas, la basura esparcida por el suelo, esos nenes descalzos y los lúgubres locales latinos con sus gentes escrutándote cuando pasas a su lado me muestran la realidad de un submundo que no es explicable en palabras, que solo se huele, que solo se siente, muy dentro de uno, como un escupitajo de cruel veracidad directo a los sentidos. La pobreza duele. Y huele y se puede palpar. Y también, es verdad, atemoriza a los que venimos en auto, tenemos TV de última generación y nos creemos todavía que la estamos peleando para llegar a fin de mes.

Todo mi respeto a esta gente, a quien les ha tocado vivir así y no como a ti, compañero de lectura hoy. O como a mí, estúpido aburguesado que necesita su cafetera exprés para sentirse bien por las mañanas antes de ir a la oficina.

– ¡¡¡ Cerveza, cuervo, cerveza !!! –

Un pibe enorme, morocho y barbudo nos ofrece birra, pero ya no hay tiempo ni de pararse a comprar nada. Faltan 10 minutos para que comience a rodar la bola.

Una vez dentro del recinto deportivo, una cola de unos 150 hinchas locales se encuentra detenida enfrente de unas vallas metálicas, donde la policía se saca de la manga un control de documentación. Pibes y pibas, cuervos todos, cantan, putean, gritan y piden como pueden que se dejen de joder y nos permitan la entrada. Faltan escasos 6 minutos y a mi reloj y a mi nos empieza a invadir un sentimiento de ira, impotencia, angustia e impaciencia al mismo tiempo. Enrique le pide a los polis prioridad para los viejitos. El muy cabrón me acaba de meter, de un plumazo, en la categoría de viejito. Todo sea por, de una vez por todas, acceder a la jodida cancha.

Y aquí se desata como no podía ser de otra manera, el segundo quilombo de la noche. El ‘gallego’ es especial. El ‘gallego’ es extranjero y tiene que ser controlado aparte no vaya a ser que cargue explosivos en la campera o quiera joder de alguna manera el evento deportivo. Me acompañan a una especie de tienda de campaña militar a escasos metros de la valla donde esperan media docena más de polis junto con algunas compus y distintos aparatos electrónicos. Qué despliegue por un gallego, joder. Ahora sí pienso de verdad en ese whatsap a Andrea donde ya directamente le confieso que aquellos pantalones que me compré en el outlet no me costaron 30 euros, sino 50. Y que la quiero, claro. Y a los niños.

– “ Pulgar derecho. Dale “

– “ Ahora índice derecho. Dale de nuevo “

– “ Índice izquierdo. Vamos de vuelta “

– “ Espere por favor “

Parece que la compu no entiende que sea un criminal y por fín el policía me devuelve el DNI y mi dignidad, dejándome marchar a ver lo que quede de partido.

Subimos a nuestra platea Sur y ya no sé si estoy viendo a San Lorenzo o jugando un papel en la última de Spielberg donde nada es lo que parece. Entre la paranoia y la odisea, nos acomodamos en la grada. El partido empezó hacía dos minutos y en el quinto somos testigos del 1-0, después de una jugada maestra de Beluschi. Al fín algo de buen rollo después de lo vivido, pienso. La hinchada hierve, salta, grita, se desgañita y a mi me parece sentir todo el estadio tambaleándose.

Merece la pena, pienso, mientras disfruto del espectáculo dentro y fuera del terreno de juego, porque si algo tiene el Ciclón es una hinchada insuperable, una barra brava de miedo y un movimiento entre el público que jamás he vivido en España, Inglaterra, Polonia y otros países donde tuve la suerte de ver fútbol.

San Lorenzo va ganando y esto no ha hecho sino empezar. Me abrazo a Enrique, gritamos y saltamos también con todos mientras temo por la vida del abuelete de mi izquierda, compañero de localidad. Él también parece estar disfrutando del gol, como los más jóvenes, a grito pelado, pero con el hándicap de sus 80 pirulos, edad en donde más de un aficionado ha dado su último aliento después de un gol local o un penal en contra, injusto y en el último minuto. Yo los he visto palmar en el Bernabéu por esta razón, no es joda.

– Lo que nos faltaba -, pienso, mientras sigo botando de alegría por el gol.

El abuelo sobrevive y continuamos con nuestra partido.

De repente y ya en la segunda parte con 2-0 a favor y el partido algo dormido (que no la barra brava, incansable toda la noche) fijo la mirada a mi derecha y veo a lo lejos, lindando con los ultras a un tipo medio desnudo con la remera en la mano zarandeándola en círculos como un robot. Y dale, y dale … y dale de vuelta sin descanso. Le pregunto a Enrique:

– ¿ Has visto a ése ? No para, macho.

– ¡ Claro coño ¡ -, contesta Enrique. – Es el ‘Gordo Ventilador’-.

Por un momento de verdad creo estar en una peli de ciencia ficción.

– ¿ Quién ?

– El Gordo ventilador. Es un pibe que se la pasa los 90 minutos moviendo la remera en círculos. Va a todos los partidos. Es muy popular entre la hinchada cuerva. Si no conoces al Gordo Ventilador no puedes ser hincha de S. Lorenzo – , me espeta Enrique.

Alucino con el Gordo Ventilador. El apodo me parece acojonante y por alguna extraña razón, le tomo cariño. Es imposible no querer al Gordo Ventilador, dale que dale a la remera los jodidos 90 minutos de partido. Genio y figura.

Como no podía ser de otra manera, a veinte del final del encuentro un perro joven, algo escuálido, entra en el terreno de juego. Ante la pasividad de árbitro, líneas, jugadores y demás personal del estadio, el can se da un paseíto por el pasto. Se detiene, mira por un momento a Caruzzo y sigue camino hacia el centro del campo. Gambeta por aquí, gambeta por allá, hasta que decide marcharse a la banda. Con todo, vuelve a entrar de nuevo y al poquito, ahora sí, opta por salir definitivamente después de dejarnos el enésimo surrealista show de la noche.

Yo, humilde españolito que creía haberlo visto todo en esto del fútbol me percato de que esto es Argentina y el fútbol se vive de otra manera. Que la villa, los controles del SWAT, las disputas por el estacionamiento y los perros en la cancha forman parte de la idiosincrasia de un país que mata por el fútbol, porque es su pasión entre otras. Que el folklore futbolístico va mucho más allá de 90 minutos pateando una bola y que, nos guste o no, de alguna manera imprime carácter a un pueblo también.

Algunos se espantarán con este espectáculo. Putearán y se lamentarán de que mientras crezca la pobreza otros solo piensen en el encuentro del próximo domingo pero la realidad es que el fútbol hace felices a millones de personas y el pueblo también necesita de una válvula de escape. Está muy bien leer a Kafka, Sartre, Pérez Reverte o Benedetti. Ni te cuento lo interesante de ir al cine , al teatro o a la ópera. No os voy a decir lo que la música enriquece o, sin ir más lejos, escribir y sacar todos tus fantasmas afuera, como hace un humilde servidor. Pero el fútbol, amigos míos, el fútbol es otra cosa. No se puede explicar con palabras. Es un sentimiento, una pasión a la que no hay que buscarle sentido porque podría hasta no tenerlo y nos volveríamos locos. El fútbol no es explicable. Solo tienes que venir al Nuevo Gasómetro y vivir su experiencia. Luego vas y me lo cuentas …

Nos alejamos de la cancha comentando el partido, cómo no, felices de haber ganado a los chilenos.

– Que se jodan, por traidores -, escucho comentar por ahí.

Solo nos queda recoger al niño del cole. Solito, sin un amiguito que le haga compañía, allí se encuentra nuestro hijito a cuatro ruedas. Después de un rápido chequeo donde no parece que al chiquitín le falte nada, Enrique mete primera y enfilamos la vuelta a casa felices y satisfechos de haber vivido una noche triunfal. Algo dantesca, sí, pero divertida y triunfal.

“ Si no conoces al Gordo Ventilador no puedes ser hincha de San Lorenzo “.

Y con este pensamiento, disfrutando de la compañía de mi amigo Enrique, sonrío dirigiendo mi mirada al estadio que se pierde a lo lejos entre el sordo llanto villero y sus maltrechas farolas.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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