Baldosas rotas

Buenos Aires me habla. Quiere hacerse mi amiga. Como mis nenes en la escuelita nueva y sus también nuevos compañeritos. Al más peque lo recibieron coreando su nombre, apuntado en el pizarrón y ya se ha llevado un buen balonazo en el patio jugando al fútbol. Lo normal, vamos. Purita integración, en un país que respira fútbol las 24 horas apasionadamente. A él le encanta la pelota. Y a mi que se haga fuerte, le den balonazos y aprenda de los partiditos de cancha de cemento en el cole, la mejor enseñanza. La mayor tiene ya una cita con Guadalupe, quien dice ser su mejor amiga después de dos días lectivos nomás. Qué fácil lo hacen los peques y qué complicado lo volvemos nosotros con el pasar de los años. Cuando sea mayor quiero ser niño de nuevo.

Buenos Aires me huele. Vengo caminando por Congreso y un intenso olor a carne en la parrilla invade la calle por completo. No logro determinar de donde viene pero es música celestial en mi nariz. Camino y camino… una cuadra y otra. No se va. El olor sigue ahí, intenso, firme e invitándome. No entiendo cómo aún permanece y yo lo busco sin encontrarlo. El caminar se hace placentero pero difícil a la vez pues me entra hambre y ese olor… ese olor no se deshace de mí. Al fin veo una parrilla en un chaflán con Blanco Encalada. Ajá ¡ te pillé ¡ Lo que sigo sin entender bien es cómo comencé a sentirlo 3 cuadras más abajo. Lo dicho, estremecedor aroma a los amantes, como yo, de un buen churrasco.

Buenos Aires me salpica. Literalmente. Te salpica de vida por sus cuatro costados pero también de agua si no estás atento paseando por sus veredas, muchas de ellas maltrechas por el paso del tiempo y cierto abandono institucional. Me explica mi mujer que pasado un tiempito me acostumbraré y aprenderé a caminar por ellas; que uno acaba conociendo los baches, los alcorques de los árboles y esas baldosas rotas que si pisas sin esquivar te salpican de pleno manchándote calzado y pantalón y que no está bueno cuando uno recién sale de casa, limpito y camino de la oficina.

  • Ya te las conocerás todas, no te preocupes. Y sigue hablando como si tal cosa.

Me quedo pensando en esas baldosas y las imagino como un aviso a mi propia persona. Como una enseñanza de vida donde uno tiene que anticipar para luego no lamentar. Donde hay que saber gambetear para seguir camino dejando atrás, sin atravesar, esas trampas que a diario se nos aparecen, esas personas y situaciones que no nos hacen bien, que nos salpican de agua sucia y ya nos marcan el resto del día.

Buenos Aires, quizá sin pretenderlo, me enseña. Y yo, ávido de conocimiento salgo a pasear abriendo bien los ojos, agudizando olfato y oídos y esquivando esas baldosas que me puedan estropear la jornada solo por no estar atento. Hoy no llueve, ni ayer… pero ellas siguen ahí.

 

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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