Sobre la responsabilidad del poder

Apenas queda prácticamente un mes y unos pocos días para que el 2016 llegue a su fin, año que, por otra parte, ha sido icónico por dibujar el borrador del panorama mundial que veremos en años venideros: recrudecimiento del terrorismo religioso, avance del cambio climático, resurgimiento de la xenofobia y los nacionalismos excluyentes, una situación económica y laboral de total incertidumbre, y, como guinda del pastel, la victoria de Trump en la elecciones presidenciales norteamericanas.

Parece cuanto menos curioso, que en pleno siglo XXI volvamos a experimentar problemas que ya deberían estar a estas alturas superados, pero el ser humano también es selectivo en lo que quiere aprender, demostrando que tenemos una memoria histórica muy frágil, por no decir inexistente[1].

La humanidad ha aprendido a base de experiencias traumáticas. La última de ellas fue la II Guerra Mundial, tras la cual parecía que se construiría un nuevo orden internacional que evitase y previniese las atrocidades cometidas en los años precedentes derivadas de la situación de guerra total entre los contendientes, en la cual se produjo un gran número de bajas civiles, un exterminio selectivo masivo a través del llamado Holocausto y la utilización por primera vez en la historia de armamento nuclear, arrojando unas cifras cercanas a los 70 millones de muertos durante el conflicto[2].

El nuevo escenario internacional pone de manifiesto las debilidades de nuestro sistema de organización social: el capitalismo y nuestra propia moralidad farisea que nos hace recaer de forma sistemática en errores ya cometidos. Esta recaída se puso de nuevo en evidencia tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior invasión de Irak, en donde aquellas proclamas constituidas medio siglo antes fueron de nuevo perpetradas por aquellos que juraron defenderlas. La guerra volvió a manifestarse como una potente industria, revelándose como una de las más eficaces herramientas del sistema capitalista en donde la muerte simplemente es un trámite para satisfacer las determinadas ansias de poder de una u otra potencia[3].

Este fariseísmo también se revela en otras realidades tales como las problemáticas derivadas del cambio climático (que se cuestione tan siquiera su existencia me parece una broma de mal gusto) o en nuestro sistema político, que se autodenomina democrático pero que actúa y se proyecta al margen del pueblo.

Esto es una enfermedad del pensamiento humano, acrecentada por las calculadas maniobras de los poderes fácticos y la ignorancia de la masa. Nos hacen imbéciles y aceptamos que nos la cuelen una y otra vez, juegan con nuestras vidas, nos dirigen y nos coaccionan, pero nosotros solo vemos el presente, lo inmediato, no nos dejan pensar y actuar más allá, a cambio, eso sí, nos darán el mejor espectáculo de nuestras vidas, presenciaremos una obra de teatro que ya quisiera Lope de Vega.

La democracia se sustenta en la hipocresía como eje conductor de su discurso, lo que algunos han denominado «el arte de la política», esa realpolitik descafeinada, esa ideología burocratizada en donde se habla mucho y se actúa poco. Ello ha permitido al poder, inteligente en sus métodos, protegerse, ¿cómo lo ha hecho? Sencillo: se ha convertido a sí mismo en un espectáculo, en un tema de dominio público, aprovechándose de esta pasividad nuestra, para ofrecernos toda la carnaza, convenientemente aderezada eso sí. No busca el razonamiento activo, solo mover ese fango superficial que mantenga el mal olor bien cubierto en el fondo ¿de dónde si no sale alguien como Trump[4]?

Las élites del poder, en el caso americano Trump y su equipo, han conseguido darse cuenta del verdadero problema: la sociedad estaba cansada del show, al menos de ese tipo. Ellos también eran conscientes de que el sistema, la democracia capitalista, estaba en proceso de decadencia, y que se necesitaba de un soplo de aire fresco para poder garantizar la estabilidad de su poder. Se dieron cuenta de que la sociedad de la información estaba aborrecida de información, de que se había de conseguir destacar de alguna manera, desmarcarse del discurso y la apariencia tradicional si se quería triunfar.

Sin duda lo han logrado. Algunos, Trump, Putin, Le Pen, han roto las reglas de la antigua democracia formalista y respetócrata. Han vuelto a prender la llama en los corazones de aquellos que buscaban romper con la situación actual, que buscaban rebelarse. Sigamos poniendo como ejemplo a Trump:

Pese a ser un representante de la derecha más extrema, se ha aprovechado inteligentemente de ese discurso más bien izquierdista de afán por el inconformismo y la implicación política, buscando la integración de sus bases dentro de su programa, mostrándose además como un líder diferente, que apuesta por aplicar medidas radicales, vendiéndose como un hombre sin tapujos, capaz de tomar decisiones comprometidas sin que le tiemble el pulso. Ha vuelto a ofrecer esperanza, y eso, amigos, creo que es maravilloso, pero sin duda peligroso, y más cuando no hay nadie al volante, como es el caso.

Trump ha conseguido lo que Pablo Iglesias no ha podido, arrastrar a todos a la misma orilla, a sus simpatizantes, a sus detractores, a los indecisos… lo que unido a su carisma, propio de actor frustrado, le ha permitido alcanzar la presidencia. Al contrario que Iglesias, Trump ha caído simpático[5], un loco entrañable podríamos decir, de forma que ha logrado que sea visto con una mínima simpatía por parte del grueso de la población, la maquinaria del fango funcionando a todo tren, con lo cual ha conseguido que se termine por hablar más de su personalidad y su carisma que de las verdaderas implicaciones que tendría su presencia en la Casa Blanca. Es el poder del marketing en estado puro.

El principal problema de todo esto es que, como decía Tío Ben a Peter Parker: «todo poder conlleva una gran responsabilidad» y aquí, la sociedad de nuevo se ha mostrado irresponsable. Esto es más grave de lo que podríamos pensar, ya que una decisión irresponsable llevó a Alemania y al mundo a una guerra de una magnitud jamás antes conocida. Lo peor aquí es el hecho de que una decisión irresponsable nos puede hacer perder lo que tanto nos ha costado ganar.

Estamos asistiendo a un repunte de los extremismos políticos, fruto de esta situación de colapso sistémico, de forma que la aparición de totalitarismos de nuevo cuño no es una posibilidad descabellada. Éstos no triunfan porque un loco decida en un momento determinado tomar el poder, por lo general existe un respaldo social detrás que lo legitima, y éste, es el verdadero riesgo.

Los síntomas son claros de detectar: por una parte, se produce un rechazo extremo a la pluralidad, es decir a lo diferente, a aquella diversidad que nos libera y enriquece. En el caso americano, todos aquellos que no comulgan con su ideario son tildados de traidores a la patria o vistos como intrusos, siendo aquí relevante el repunte del racismo[6].

De forma paralela se produce un recrudecimiento de las proclamas nacionalistas, donde nos movemos en la retórica tradicional de que la tierra patria está siendo saqueada por los extranjeros, en la que, además, los lideres que debían encargarse de protegerla y engrandecerla se han mostrado como unas élites corruptas y decadentes que deben ser suprimidas para poder empezar una nueva etapa de actuación[7].

Por otra parte, el pensamiento crítico, la opinión, se construye como un paradigma amenazante que pone en peligro el poder del grupo. La producción cultural debe girar en torno a la defensa del discurso único, encargándose de enaltecer y defender la labor de los valientes patriotas que luchan por acabar con los males de la sociedad, de forma que toda actitud crítica se juzga como una deslealtad hacia la sociedad en su conjunto, se estaría fallando pues en las obligaciones para con la sociedad, por tanto aquí el control sobre el poder de producción y distribución de la información resulta un aspecto clave[8]. El poder se convierte en imagen, preparándose así para representar el papel pertinente dentro del teatro político. La imagen que proyecta es su propia identidad, sin ella, no vale nada.

Esto se sustenta en la necesidad del control social, ya pasaron los tiempos del ejército en las calles y la represión directa. Ahora resulta más eficaz el establecimiento de unas redes de control más sutiles, ya sea a través de los medios de comunicación, la educación o las propias instituciones estatales, que serán quienes se encarguen de llevar a cabo esta gigantesca operación de maquillaje.

Por último, también entra en escena lo que llamaremos «el juego del miedo», tratándose de una estrategia muy recurrente a la hora de alzarse con el poder.

Todos los sistemas totalitarios emergen y se proyectan a través del miedo. Éstos alcanzan el reconocimiento social en la medida en que actúan como salvadores de una situación de amenaza que ellos mismos se han encargado de alimentar previamente. Es una manipulación de la masa, una actuación inteligente y sutil, ya que finalmente será ella misma la que se encargue de poner en funcionamiento el engranaje que terminará por subyugarla[9].

Lo que trato de decir es que el propio poder se alimenta de crear inseguridad, de generar una situación de amenaza permanente, y esta situación defensiva constante terminará por transferir sus mecanismos de control desde el poder a las propias bases sociales, terminando por ser inquisidores de nosotros mismos, configurando finalmente lo que algunos han llamado «totalitarismos desde abajo»[10].  Esta situación se ha configurado como la forma más común en la que se manifiestan los sistemas de dominación en la actualidad. Aunque, luego, tenemos excepciones en la que estas redes sutiles que he mencionado antes se manifiestan descaradamente, como puede ser el caso de la Rusia de Putin o en la Turquía de Erdogan, que se encuentran más próximos a sistemas políticos abiertamente dictatoriales[11].

La situación política actual se está redefiniendo con respecto a la forma que había tenido desde hace casi medio siglo atrás,  mayormente por el impacto que la última crisis económica ha tenido a nivel global y el recrudecimiento del terrorismo religioso, que ha aumentado esa sensación de inseguridad mencionada anteriormente, dando vía libre al renacimiento de ciertas proclamas ideológico-políticas cuanto menos inquietantes[12].

Tenemos a Trump en América, Putin en Rusia, Le Pen en Francia, Nigel Farage en Reino Unido o Kim Jong-un, el mejor de todos, en Corea del Norte. Ante este panorama, solo nos queda rezar para que ningún tarado le dé al botón rojo. Aquí en España, al menos tenemos el consuelo de que nuestro Mariano, en su infinita bondad e inocencia, nos mantendrá a salvo, porque, si depende de nosotros, la cosa está complicada. Afortunadamente, él nos ha calado mejor a nosotros que nosotros a él, a los niños no se les puede dejar solos y es una lección que se encarga de recordarnos cada día. A ver si no es demasiado tarde para cuando nos dé por madurar.


 

[1] A España aún le queda mucho trabajo por hacer al respecto de conseguir desarrollar una memoria histórica sana. Recomendable el siguiente articulo en referencia a nuestra falta de calidad en lo que a la memoria histórica se refiere: http://www.eldiario.es/sociedad/ONU-Espana-Guerra-Civil-franquismo_0_297120710.html

[2] Todo ello propició la creación de organismos tales como la ONU y de una nueva legislación que condenase y previniese otro conflicto de esta envergadura, sirviendo de ejemplo la declaración universal de derechos humanos firmada en 1948. La sociedad en su conjunto había quedado moralmente traumatizada y parecía que no volveríamos a pasar jamás por un escenario de esta envergadura, pero el tiempo nos ha revelado que esto no fue más que una quimera.

[3] A partir de la Guerra de Irak, renació lo que podríamos llamar la deshumanización de la muerte. Volviendo a mostrar que este sistema perverso no entiende de empatías, es la sublimación del egoísmo y la indiferencia por excelencia. El tiempo parece que nos hizo olvidar el drama de los conflictos bélicos totales, regresando a una situación en donde el ser humano privilegiado vuelve a hacerse superfluo, observando desde la calidez de la indiferencia colectiva la muerte como un pasatiempo.

[4] Sobre la política como espectáculo más que como herramienta de cambio se torna interesante la siguiente entrevista al filósofo Manuel de la Cruz:

http://www.elmundo.es/opinion/2016/10/08/57f7f4a2468aeb0f148b4636.html

[5] El problema de Pablo Iglesias radica esencialmente en que no transmite confianza, sabemos que es un intelectual sobradamente preparado, que es consciente de los problemas de su país y que, además, se implica en ellos. Pero también se le ha visto calculador, estratega e inexperto en algunas ocasiones. Trump en cambio, ha conseguido enmascarar su falta de experiencia política a través de su experiencia como empresario, no ocultando que para él la política no deja de ser un escenario empresarial más y que sabrá gestionarlo con eficacia por cuestiones de propia experiencia personal.

[6] Este crecimiento de la xenofobia no se ha visto solo en América, Le Pen en Francia o el UKIP en Reino Unido, también han apoyado su discurso político en el rechazo al extranjero, una vuelta a un nacionalismo extremista producto de una propaganda populista que se ha aprovechado de la situación de deriva política actual para reforzar sus líneas de actuación.

[7] Por tanto, el origen de estas ideologías totalitarias emergen de una situación de deslegitimidad de los anteriores poderes fácticos, en el cual se vende que el único discurso legitimo es el propio, con lo cual se propicia el viraje hacia una actitud de integración política única en la que cualquier desviación en cuanto a la opinión fuera del discurso único se percibe como una traición.

[8] En la configuración de cualquier sistema de poder, la configuración de un programa propagandístico fuerte resulta una prioridad, ya que de la imagen que se proyecte, dependerá su propia supervivencia. Recordemos la importante labor que hicieron a este respecto personajes tales como Joseph Goebbels en la Alemania nazi, Georgi Aleksándrov en la Rusia soviética o Fraga en España.

[9] Aquí se pone de manifiesto, de forma muy evidente, esa cita de Hobbes  «Homo homini lupus». Resulta interesante en relación con la proyección del miedo como parte esencial del establishment del poder la lectura del siguiente artículo:

http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1853-19702014000100004

[10] Se recomienda la lectura de este artículo que señala de manera muy efectiva esa proyección de los «totalitarismos desde abajo». http://ctxt.es/es/20160210/Firmas/4201/Titiriteros-Medina-intelectuales-regimen-totalitarismo.htm

[11] Recomiendo la lectura de estos artículos que ponen de manifiesto las líneas generales de este tipo de proyección del poder, tanto en la Rusia actual como en Turquía. http://www.elmundo.es/internacional/2016/06/04/574f0f42e5fdea5f2c8b4667.html- http://www.eldiario.es/zonacritica/Erdogan-gran-manipulador_6_538306178.html

[12] Las crisis económicas suelen traer aparejadas crisis de poder político. Recordemos que en los años 30, a raíz del crack del 29, se puso el caldo de cultivo que terminó, debido también a otras causas, por hacer emerger sistemas políticos totalitarios, los fascismos en Alemania e Italia, o consolidar otros previamente establecidos, como el régimen soviético.

Acerca de Carlos Castillo

Siempre he soñado con utopías y he sido muy cobarde para intentar llevarlas a cabo, pero como todo en esta vida, cambié y empecé a tomar conciencia de que ver la vida desde detrás del burladero no era vivir, con lo cual y también presionado por las circunstancias me he dispuesto a contribuir un poco en esta tarea de compartir mentes desde el corazón. Estudié Historia y siempre he tendido a ver el mundo desde una complejidad que me condena a la eterna frustración, pero sin la cual no existiría esa llama que nos hace humanos, la voluntad de sentir, pensar y luchar, y que a la postre es nuestra mayor virtud
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