La parrillita

Existe un lugar en Buenos Aires que no llama la atención. Tengo guardado un secretito en mi baúl de pequeños secretitos que aún compartido por los cientos de personas que lo visitan a diario nunca serán los millones de potenciales clientes de este pintoresco lugar que probablemente se estén perdiendo una excelente bondiola con papas fritas por 65 pesos.

Existe un lugar en Juramento, junto a la vía y coqueteando con el imponente portón chino que te acerca a múltiples y variopintas curiosidades orientales, en pleno corazón de Belgrano, al que uno debería asomarse al menos una vez en su vida.

Ese lugar existe y existe a cuatro cuadras de mi domicilio lo que no solo lo hace accesible logísticamente un día cualquiera entre semana sino que, por suerte, también se lo hace posible a buena parte de las billeteras de la ciudad, entre las que incluyo la mía, maltratadas sin descanso por una inflación déspota y voraz que todo lo consume, por decirlo de un modo políticamente correcto.

Resulta que ese día yo trabajaba desde casa. ‘Home office’ como se ha popularizado de un tiempo a esta parte. Como quiera que había tenido que acometer un par de reuniones más de lo planificado, no había tiempo para cocinar y sobre las 13.30 de la tarde mi reloj biológico hizo sonar la alarma.

Salí del departamento sin rumbo fijo como casi siempre y me propuse dar un paseo en mi hora de almuerzo a ver qué picaba por la zona. Si algo bueno tiene Buenos Aires para mi, foráneo, es que siempre pasa algo, vayas donde vayas y hagas lo que hagas. Algo nuevo ves o percibes o te llama la atención. Por eso da igual la dirección que tomes. Así, puedes ver una lavandería a pie de calle que se quedó anclada en los 60’s, con máquinas de lavado de los 60’s, una foto de Estudiantes de la Plata de los 60’s colgado de la pared, sin pintar desde los 60’s o la Sra. Violeta que, en los 60’s ya ayudaba al viejo en el comercio con 15 años. Ahora la buena mujer tiene 70 y sigue al pie del cañón mientras manda a Jacinto, su marido, a comprar el pan para el almuerzo o a entregar un pedido al 2300 de Mendoza.

También puedes cruzarte con un paseador o paseadora de perros cuya profesión y lo digo con pleno convencimiento, es a mi entender una de las más difíciles del mundo. Se puede trabajar en la NASA, como abogado de gente multimillonaria o famosa, inventar lo ultimo en tecnología móvil o ser pescador en un mercante noruego, nueve meses fura de casa para traerte unas cuantas toneladas de salmón. ¡ Complicado, eh ¡, pero atarte 14 perros a un arnés del cinturón y salir a pasear por Buenos Aires con unas veredas donde parece haber pasado un terremoto ayer y un tránsito que no se respeta ni así mismo …. Pues eso, ahí te quiero ver bailar. Yo los miro y me imagino a mí mismo, que pierdo tres encendedores al día y que no salgo de casa sin volver otras tres veces porque algo se me olvida atado a catorce perros … Estoy convencido que me dura el laburo un día, acumulo 15 demandas (la sobrante por escándalo público) y soy portada de Clarín, La Nación y Olé al día siguiente obviando la política internacional y el resultado del Boca-River de la noche anterior.

Nooo, no es para mi y no entiendo quien es capaz de devolver todos los perros sanos, puntualmente en su domicilio, orinaditos y relajados después del paseo. Qué personajes. Los admiro, de verdad.

Salí, decía, de mi portal de Olazábal y continué derechito calle abajo hasta la vía del tren. Me fijé en un grupo de pibes que jugaban al fútbol en una canchita de césped artificial pero me fui al toque porque empezaban a discutir de si el gordito debía mirar antes de pasar la bola o si el gallego gambeteaba demasiado. Se armó un quilombo bárbaro y sentí que no era mi guerra y que si encima se me ocurría opinar todavía me llevaba un buen piñazo. No, yo había salido a almorzar, joder.

De nuevo seguí camino hasta que en la siguiente cuadra di con el Barrio Chino. Quizá fue esa mañana y no otro día cualquiera cuando me percaté de lo cerca que vivía del lugar. Había pasado muchas otras veces con mi mujer y los nenes pero fue esa jornada, solo y en mi hora del almuerzo cuando disfruté de un paseo diferente. Giré por Arribeños a la derecha y me adentré de nuevo sin rumbo por el estrambótico mundo del bazar oriental donde puedes comprar desde rulos, hasta un Maneki Neko dorado horrible, unas bombachas a 25 pesos, disfraces de Spiderman con telarañas, nunca mejor dicho, y la más trucha remera del Real Madrid. Ésta a 125 como no podía ser menos.

Continúo por la peatonal china con la intención de, una vez cruzada la vía, encontrarme con ese lugar fascinante que lo conforman las Barrancas de Belgrano y la estación de autobuses, por no hablar de la subida por Juramento hacia Cabildo que cuenta con una de mis librerías favoritas.

Pero no llegué al destino. Pegadito al portón que anuncia la salida o entrada (depende desde donde lo encares) de este pintoresco lugar, se encuentra la parrillita.

La parrillita es ese lugar inadvertido al que uno solo va si lo conoce o si se topa por casualidad. No hay anuncio, no hay una fachada llamativa ni grandes carteles de Coca-Cola. Por no tener, no tiene la palabra ‘restaurante’, ‘asador’ o ‘parrilla’ colgada de sus paredes. La parrillita simplemente está ahí y entiendo que lo lleva estando mucho tiempo.

En mi parrillita y perdóneseme la familiaridad tienes un pedacito de felicidad por muy poca plata. Agarro, miro sus humildes cartelitos de ofertas en su fachada y noto cómo, literalmente, se me va cayendo la baba entre el olorcito rico que emana de esos hierros de adentro y la solera de años del local que no ha cambiado la decoración (¿decoraqué ?) en los últimos veinte al menos.

“ Bondiola y ración de papas fritas, 65”
“Milanesa de pollo y ración de papas fritas, 70”
“Choripán y ración de papas fritas, 38”
“Bife de chorizo y ración de papas fritas, 85”

Está bien, de acuerdo …. los menúes no son muy originales ni elaborados y esto no se lo vendes tú a un francés por más que le cuentes. A ese francés, amigo tuyo que visita Buenos Aires, suizo vegetariano o yankee moderno lo que tienes que hacer es llevártelo semi engañado y enchufarle más tarde un choripán para ver qué dice. Te juro que repite, le saca 300 fotos al lugar y las cuelga en Facebook como un campeón. Un servidor no ha sido diferente, vaya por delante.

Pero la parrillita es mucho más que eso. La parrillita de Juramento es peculiar como peculiares son sus comensales, donde hay de todo. A ese franchute despistado se le une un gallego como yo en horas de trabajo, Marieta la cheta de Recoleta que se muere por sacarse la fotito de rigor con el sandwichito de vacío en la mano que luego no termina; o Antonio el albañil, con su mujer y los dos churumbeles llegados de otro barrio en colectivo para darse un gustito una vez al mes, no cocinar por un día y comer ‘fuera de casa’.

Aquí todos se juntan y aquí todos son felices. Todos respetables compartiendo servilletas transparentes de papel que no limpian y choripán a 38 pesos en una silla de plástico amarilla a 35° a la sombra.

La parrillita es eso y más. Una vez dentro ves una organización bien pensada pero simple. A tu izquierda, el más joven del staff se apodera de la caja, te pide la comanda y te cobra. Acto seguido te enchufa un recibo que luego nadie controla y te manda a la barra de hojalata, más vieja que la humedad a escasos metros de su puesto donde se yerguen, exultantes, dos potecitos llenos de chimi-churri. Detrás de la barra nos encontramos con dos hombres de edad indefinida aunque ya tulliditos por el paso del tiempo y las brasas, que se dividen el laburo y a quien nadie les va a cambiar ya el rol en la vida. A la derecha, cabello blanco y brazos rojos un tipo hace bailar a las milanesas de pollo, inmensas, con las papas fritas en el mismo recipiente de aceite de color sospechoso pero un olor muy rico, eso sí. En el centro, a pie de parrilla un buen mozo moreno de otros tiempos se multiplica cuidando los chorizos, controlando las brasas, regulando el fuego y dando la vuelta propicia en el momento exacto a esa carne divina para que alcance su color perfecto y su ternura celestial. A mí, honestamente, me dan ganas de asaltar la parrilla, cual ladrón un banco, ansioso por mi chori al que veo madurar por segundos y llamarme desde las brasas. Pero no es el momento y mi amigo el morocho lo sabe. Toca esperar. El pan ya abierto sobre la mesa de mármol espera pacientemente mientras yo me desespero. Por fin me sirven:

– ¿ Para tomar aquí ? –
– Sí, por favor – Le enseño el ticket que atesora que he pagado pero el parrillero ni le da bola. Lo agarra, lo arruga en la mano y al cubo de basura junto con otros 200 tickets y servilletas usadas.

Sales, te sientas y toca disfrutar. El resto no te lo cuento porque, amigo lector, si no has estado aún ya estás perdiendo tiempo. Lo que sí te garantizo es que el despliegue de colores, diferentes personas, olores y situaciones inverosímiles no te van aburrir ese ratito del almuerzo.

Por eso te digo: hay un lugar en Buenos Aires que no sale en las guías turísticas, que no se acerca ni por asomo al ambiente de restauración de Recoleta o al mejor churrasco de la carne más sofisticada en la Cabaña Las Lilas de Puerto Madero. Existe un lugar a cuatro cuadras de mi casa, en Juramento donde con tu bondiola en las manos y mirando a esas dos chicas pasar que quitan el sentido crees haber tocado el cielo por unos minutos, los que te duran las papas fritas y la Coca-Cola después de haber dado cuenta del plato principal.

Arranco feliz y llenito, barrio chino de vuelta, y me pongo a pensar en lo tonto que soy y con qué poco me conformo.

Te amo, Buenos Aires.

 

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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