Memorias del Rif

La noche había sido tranquila, el sueño junto con el cansancio, habían logrado anestesiar las pesadillas que acechaban desde España. Con los primeros rayos que asomaron a la espalda de las higueras, se despertó. Estaba en mitad del Rif, el rojo de sus rocas y la calma de sus pájaros le aportaban bocanadas de paz con cada aliento. ¡Qué pena!, tener que irse tan lejos para sentirse cerca, pensaba mientras miraba el pueblo desde el cerro.

Ahora, sentado en aquella roca no echaba de menos el sonido de su teléfono móvil, ni las horas extra sin cobrar, incluso había logrado olvidar el redundante sonido de la tecla monótona que actualizaba su muro. Todos esos sonidos de alarmas y alertas, habían pasado al vacío de su atención. Por el contrario, comenzaba a descubrir emociones hasta entonces dormidas. Comenzaba a reavivarse su pecho con esas miradas, que buscaban encontrarse. A estas, les acompañaban gestos ligeros y palabras rápidas, que aún siendo extrañas al curioso oído, provocaban una pregunta incesante en su cabeza respecto a su significado.

Por mucho que destrozase las manijas de cada reloj que se encontraba a su paso, el viaje llegaba a su fin, pronto tendría que partir de nuevo a su ciudad fatal, aquella que le ahogaba en cafés vespertinos y le hacía volar cada vez que salía a tomar unas cañas con los viejos amigos. De regreso al hostal donde se hospedaba, se percató de la velocidad de sus pasos, y la libertad de su mente, estaba caminando despacio, comenzaba a reconocer las calles por las que paseaba, sin necesidad de ningún aparato electrónico que le salvase del placer de perderse en una ciudad nueva. No solo estaba redescubriendo el caminar lento de sus pies, sino que además, comenzaba a sentir intriga por aquello que le rodeaba en su largo paseo. Levantaba la vista en busca de una mirada que se cruzase. Caminó observando a los comerciantes de aquél zoco, pensaba, que podía ver en ellos la suerte que había tenido en el día.

Esa noche al acostarse, una tremenda duda agitaba la paz de su pecho,

¿Sería capaz de volver a la calma, cuando pasado mañana lo hiciese provocado por el sonido de un despertador?

Acerca de Pedro López

Nací por el azar del desenfreno, como casi todos. Fui a crecer en el genuino barrio de Carabanchel, donde la noche se extiende al día y el ruido de pasos acelerados y las palmas no cesa. Debe ser por las palmas por lo que tengo los pies inquietos y es el sonido del caminar de las personas lo que me lleva dormir poco y pensar mucho. Me atraen las mentes sexis, esas que tienen las piernas largas y no cesan en su caminar, por lo que decidí estudiar Recursos Humanos, aunque cuatro años no me valieron para desaprender que lo humano no puede ser un recurso sino una prioridad. Así que me vi obligado a desempolvar la curiosidad para desobedecer a la rutina insípida. Ahora busco palabras en las experiencias esperando que desordenen mi cabeza.
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