Los amos de la ciudad

Durante la historia de la humanidad nos hemos encontrado con distintas etnias y razas. Estirpes de hombres y mujeres que nos dejaron, y aún siguen dejando, un sello característico que los define y que de alguna manera alimenta la cultura popular y científica.

Tenemos a los chinos, esos seres más bajitos por lo general en quienes todos creen ver el futuro de la supremacía económica. Los negros del África, indios, nórdicos, gitanos repartidos por todo el mundo, judíos. Luego estamos… el resto de los mortales. Y sin ninguna duda, puestos a destacar muy por encima de todos nosotros, pese a quien pese, existe un linaje autóctono en la Argentina que hoy me ocupa estas líneas: el bondiero porteño.

Para los neófitos en la materia, ‘bondiero’ viene de bondi, colectivo…

¿Aún no?

El bondiero es ese señor (señora las menos veces) que maneja un autobús por la ciudad y transporta a miles de persona de un lado a otro. Si nunca has tenido la suerte, por decir algo, de subirte en un colectivo en Buenos Aires, aún no has visto nada.

El otro día me dirigía yo a la oficina de Migraciones a unos cuántos kilómetros de mi residencia. Como quiera que el viaje era largo y me encontraba de los primeros en la fila para agarrar (que no coger, por favor no cometamos más ese error) el colectivo, pude elegir asiento. Obviamente y porque ya los conozco, me ubiqué en la primera fila justo a mano derecha del señor piloto. La razón es bien sencilla: por unos pocos pesos el espectáculo y la emoción están más que asegurados. Sé que algunos de vosotros habrán tenido la suerte de visitar el Stratosphere Tower de Las Vegas, Florida, donde te suben a 265 metros, te dejan suspendido en el aire unos segundos para luego lanzarte al vacío a 50 kmtrs por hora. Quizá y por ser más humildes habéis disfrutado del Furious Baco de Port Aventura en Salou, España, que pasa también de 0 a 135 km/h en apenas segundos. Da vértigo solo pensarlo pero si de verdad nunca te has subido al 117 camino de Migraciones… amigo mío, aún te falta mucha emoción en tu CV. Al bondiero bonaerense no le hace falta mucha tecnología punta ni profundos conocimientos físicos para ofrecerte el viaje más espeluznante al más que popular precio de 6,5 pesos argentinos.

El colectivero arrasa con los baches, calcula espacios imposibles con precisión japonesa y es capaz de los más enrevesados requiebros en cortas distancias jamás vistos en la historia del pilotaje. Ni el mejor Ayrton Senna en Monza o mi amigo ‘el Valero’ de Carabanchel que con su bicicleta era capaz de las filigranas más inverosímiles pudieron jamás superar estos registros. El señor del colectivo los vence a todos.

Entretanto el bondiero está perfectamente capacitado para, al mismo tiempo, acelerar, frenar, indicarte la parada más cercana a tu destino, abrir y cerrar puertas apenas sin mirar, saludar al personal, o no, tocar bocina constantemente, arengar al personal para que se vayan corriendo hacia el final del pasillo y, entre mate y mate, escuchar por la radio el partido de Boca.

Como decía antes, me metí en plena hora punta bien tempranito por la mañana en ese 117 y volví a sentir la experiencia. Sabía que tenía dos opciones para procesar mi desayuno; o bien vomitarlo por completo al tercer o cuarto bache , o bien hacerle la digestión como Dios manda, entre vaivén y vaivén que quieras que no, ayuda. Tomo asiento y le comento en un perfecto madrileño a mi amigo después de dos improperios salidos de su boca contra un motocilista:

– Qué movidón de tráfico, macho. No sé cómo puedes aguantar esto todos los días.

– No. Es que no lo aguanto, me dice. Y nos reímos los dos.

Apunto de llegar al destino, a tan solo 4 o 5 cuadritas y pensando en lo deshumanizado que aparenta mostrarse esta estirpe de pilotos que a veces parecen transportar lechugas en vez de personas de carne y hueso mi buen amigo detuvo su máquina en pleno cruce de calles. Una mujer sexagenaria de belleza nostálgica atravesó por delante del colectivo y con una sonrisa pícara de adolescente, algo tímida quizá, le dio las gracias. Mi amigo el colectivero abrió la puerta, la saludó tiernamente con un dulce: ‘Hola Milagros, buen día’ y le mandó un bonito beso llevándose la mano al pecho. Cerró la puerta y continuó camino. Por unos instantes, fantasearon mis pensamientos con una Milagritos en minifalda a cuadros y mi bondiero ahora canoso, adolescentes y enamorados compañeros de escuela hace 30 años.

Por fín llego a mi parada. Mi amigo me ha dejado algo antes de la señal ya que sabe adonde me dirijo y me hace ese favor.

Me detengo a pensar por un momento y me percato de que los de esta estirpe no dejan de ser trabajadores como tú y como yo, ni más ni menos que un futbolista, un abogado, un obrero de la construcción o un presidente. Con buenos y malos días, con interés por el fútbol, la política, el huracán Andrew o el precio de las bananas que, por cierto, ha vuelto a subir.

Yo lo tengo muy claro. En el país podrán gobernar otros. En el mundo, Wall Street, en tu casa tú pero sobre el asfalto de Buenos Aires … ahí paisano mío, ellos y solo ellos son los verdaderos amos de la ciudad.

 

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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