Las tablas de tu memoria

En esa habitación. Donde la luz era de colores y cambiaba con la perspectiva de nuestras palabras.

En una habitación que ya son tablas convertidas en alguna otra cosa resignada a la memoria de lo que soportaron bajo nosotros.

Perdidos, entre las paredes llenas de todo lo que fuiste y habíamos sido. Perdición de humo y de pupilas cansadas de mirar al techo, semiabiertas entre las consecuencias que nos perseguían buscando la causa.

 

Y me planteo en vano si la memoria no fue más allá de esa habitación, la cual contemplo desde aquí como si todavía pudiese sentir el quejido de la madera antigua bajo mis pies. Estando yo ahora bajo una luz cálida que parece un espejo de lo que allí comprendí, mientras me sentía ingenuamente incomprendida.

 

Abro la ventana para volver a mirar a lo lejos, sin más objetivo alcanzable que el punto difuso entre algún cielo de esta gran ciudad, que también acogía aquél alto lleno de luces.

Me sorprendía, tanto entonces como lo hago ahora, de la capacidad de inspirarme que me transmitían las ventanas adyacentes, que también eran nuestras cuando las contemplábamos desde ese pequeño escondite público.

 

Y suena la guitarra.

Que puede que no, que ya no sea esta que se ve aquí teñida de dejadez. Sino la que cantaba mi nombre. La que parecían mis cuerdas cuando de una en una las recorrían tus dedos. La que llevaba mi nombre.

 

Y ahora se vuelven a oír esas canciones a carcajadas que no puedo evitar odiar si intento no reescribirte.

 

Quizás se trate finalmente de la desesperada necesidad que sentimos los que procedemos a la idealización de nuestros recuerdos como técnica cognitiva. La cual, de paso sea dicho, es muy poco práctica.

Flaco favor a la memoria selectiva que, sin quererlo, se ve forzada a mantener estos que se han quedado ya en los huesos. Estas tablas, estos recuerdos.

 

Llegó allí un día en el que cambiaron las luces, las cortinas, las ganas y el balcón tímidamente divulgado. Y se quedaron también en ese lugar todos tus libros acompañando a los días de verano que, como suele pasar, se apagaron rápidamente.

 

Pero echando un vistazo a mis intenciones, volví a ver como esas cuerdas que llevaban mi nombre seguían vibrando. Eso me bastaba y muy a mi pesar, eso me basta. Para continuar escribiendo sobre la nuestra, sobre esta habitación en la que hoy me he quedado un rato más, desde aquí. En este lugar, desde donde las tablas ya son otra cosa resignada a la memoria de lo que soportaron bajo nosotros.

 

Acerca de Sandra Cáceres

Un poquito de aquí y un tanto de allí, de donde sienta. Creía que escribir era una forma de desahogarme -Desahogar: Dar rienda suelta a una pasión o dejar que un sentimiento se manifieste abiertamente-. hasta que descubrí que las letras eran mi océano donde respirar. Periodista de carrera y escritora de fondo. Viajera. Más impulsiva de lo que se consideraría estrictamente necesario. Coleccionista de libretas y diarios. Congelando la relatividad del tiempo bajo estas teclas.
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