La despedida

Llegó impaciente por la demora del taxi durante el regreso a su piso en Madrid. El conductor había decidido tomar —sin su consentimiento— las más alejadas carreteras de circunvalación para llegar desde el aeropuerto al destino indicado, pero, finalmente, se produjo el descanso y suspiro que sólo suceden cuando se pisa de nuevo el hogar tras un largo viaje.

Sí, ciertamente así lo sintió Javier.

Extraño, un mayor abatimiento se adhirió al sonido que produjo la pose de la maleta contra el parquet, más polvoriento por los días de escapada y falta de limpieza, algo, en realidad, habitual en su propia casa.

La estantería, inmensa desde la entrada y el recibidor, se extendía entre la oscuridad del salón no iluminado, únicamente sombreado por los intermitentes flashes que lanzaban los coches desde las carreteras que esquinaban sus ventanas, elevadas en el séptimo de un antiguo edificio céntrico. Javier se adentró en su terreno conocido, de sobra, pero en absoluto en los primeros pasos, pues halló una infinita balda de madera vacía. Ni un solo libro, volumen o tomo, objeto separador, jarrón o marco de fotografía quedaban. Una nada que resplandecía tras el paso de un vehículo y otro en la calmada noche madrileña. Tanteó las puertas y sus cristales, las finas hojas del ficus que podría llorar por unos tragos de agua, el reposabrazos y respaldo del sofá que hacía las veces de línea paralela a aquel altar saqueado. Subió la voz, gritó su nombre —también el suyo, más quebradizo—, para asegurarse de que no pudiese tratarse de algún incidente grave. Pero sólo la gravedad, sorda e invisible, se nutría de aquel silencio que Javier soportaba a la llegada de ese viaje fatigador. Se aflojó la corbata, el cinturón —sendos nudos de elegancia en la ropa masculina—, se palpó el rostro, pues sudaba por un miedo desconocido. No llegaba la luz hasta el interior de la balda, allí donde se unía el tacto suave con el pedregoso gotelé, y le costó encontrar el folio que, ya esperadamente, sabía que estaba dirigido a su persona. Se acercó a uno de los ventanales y comenzó a leerlo, obviando la negrura:

 

“Has de comprender ahora, con el dolor que implica su aceptación, que no podía permitirte el lujo de verme y realizar todo esto en tu presencia, el dolor hubiese sido más incisivo en ambos —especialmente en ti, Javier—.

No guardaré más el suspense: sí, hay otra persona. La ha habido desde tiempo antes de que nos conociéramos, y puede que por ese hecho, o cualquier otro que nunca llegó a desaparecer, se produzca esta separación que ha tenido que ocurrir de forma imprevista e insincera. No quise llamarte durante tu ausencia, no hubiera sido justo, tampoco ahora, en el momento que lees estas líneas, lo es. Tomé lo imprescindible y lo trasladé a casa de una amiga, pero no debes buscarme ni averiguar dónde estoy, sería en vano tu intento.

Te quiero, Javier. No podrás creerlo en estos instantes o los próximos meses, años quizás, pero es la verdad. El tiempo ocupado por ti ha sido provechoso, lleno de ternura y cariño. Disculpa este final de cicatriz que he de dejarte, tan frío y silencioso. Es horrible y cruel mencionarlo, pero recuerdo nuestros cuerpos tumbados, en las sábanas o en la arena, y mi mano buscando tu pecho, el vello que despuntaba entre los pliegues de tu camisa, unos latidos que deseo olvidar para poder seguir.

Me siento morir al cerrar esta despedida, pero, al mismo tiempo, no siento. Lejos será donde permanezca para poder rehacer mi vida, que ya no lo será tanto sin estar a tu lado.”

Apoyando la hoja contra el cristal, veía la tinta negra de bolígrafo marcarse contra su mano y el propio folio, como un trampantojo en el reflejo del ventanal. Javier guardó silencio, el mismo que aplaca a los creyentes durante una oración. Pero él no emitió pensamientos hacia sí, ni penas ni culpas atribuidas. No habló, tampoco buscó motivos para aquella negra despedida, sólo apoyó su espalda contra la pared. Un faro de coche inundó el salón con luz, y él no sintió.

Fotografía: Vincenzo De Geronimo

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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Un comentario

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