Podría ser Julieta

Llegamos pronto al local y el abuelo ya estaba allí, con su mesita reservada y una Coca Cola a medio tomar. Después de los consabidos saludos, besos y abrazos nos acomodamos todos y pedimos la carta. Los músicos aún no habían hecho acto de presencia pero los instrumentos, perfectamente colocados, auguraban una bonita e interesante noche de Jazz.

El café es de esos locales de los que te enamoras a primera vista. Entrando por el chaflán que une Federico Lacroze con Fraga, en el porteño barrio de Chacarita se alza viejito pero esplendoroso este garito típico, vestido en madera, donde todos los martes la música en vivo de un puñado de abueletes te saca unos buenos aplausos y esa sonrisa aletargada tras 9 horas de oficina.

La camarera, pajarita negra sobre blusa blanca con volantes , parece haber salido de un friso de los años 20. Nos pide la comanda:

– Cuatro bifes de cotillo con papas y huevos fritos.

– No hay huevos, señor. Lo siento.

– No importa, traé los bifes igual. Gracias.

– ¿ Para tomar ?

– Una botella de ese tinto rico y dos Coca Colas.

El abuelo y yo no tomamos. Debe ser porque ya nos lo hemos tomado todo.

El local se ha llenado pero nosotros tenemos una ubicación envidiable a escasos metros de los músicos que ya ocupan sus lugares y se disponen a comenzar el show.

Después de unos cuantos temas magistralmente interpretados por la banda, con un saxo que siempre te arranca un sentimiento intenso, muy de adentro, y un contrabajo que no deja de llevar el ritmo en todo momento, nos sirven la comida. A escasos metros de nuestra mesa, a mano derecha se encuentra, sola, una señorita con una botella grande de cerveza. Es el vivo retrato de la desolación y la tristeza. No sé cuanto tiempo lleva en el bar pero da esa sensación de pertenecer al lugar. De no haberse marchado nunca. Su atuendo también recuerda al de la novia de Al Capone, a quien parece esperar. Apenas se mueve más que para servirse otro vaso y otro más. Sus manos, lentas, perezosas pasan del vaso a su pelo, luego a su cara y vuelven a posarse sobre el vidrio que se acerca a los labios, tímido, cansino y semi vacío como imagino se encuentra ella por dentro. Apenas presta atención a los músicos pues sus pensamientos, su corazón y sus cinco sentidos están fuera, quizá en otro tiempo, rodeada de otras personas y en otra situación.

Ella podría ser Julieta, o Yanina o cualquier otra. A nadie le importa y percibo que a ella tampoco. Cuando has perdido tu identidad, nublado en la locura de la soledad y el desaliento, copa en mano, lo tienes perdido todo.

Julieta toma despacio, temblorosa, aburrida quizá. No quiere estar pero está. Se va por momentos y vuelve a la realidad de su vaso de cristal.

Se me ocurre abordarla y comenzar a charlar. Inmediatamente desestimo la idea. Nadie habla con un fantasma a menos que él te llame y Julieta no quiere a nadie. Quizá solo a él. O a ella. Pero se fueron también.

El show continúa. El café al completo aplaude con efusividad uno de los últimos solos de batería de Luis, que saluda a una parte del público que lo conocen.

Me giro de nuevo interesado en ella pero como una nebulosa, la mesa vacía me envuelve en un halo de vacío estremecedor.

¿ Hacia dónde van los recuerdos ? ¿ Y hacia dónde la nostalgia ? ¿ Se fue Julieta o nunca estuvo ?.

Los últimos acordes del saxo me dicen sin embargo que hay que amar, aunque duela … y te torture y te rompa por dentro.

 

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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