Café San Bernardo

Reflexiones de un gallego: Café San Bernardo

 

El Café San Bernardo en el barrio de Almagro es un lugar de encuentro. Y vaya si lo es a tenor de la emoción que me insufló según lo advertí desde la acera de enfrente antes siquiera de llegar.

Los LUGARES son ésos y no otros, según mi criterio, yo que vengo de un barrio deprimido del Sur de Madrid donde allá por los años 70-80 la diversión pasaba por beber cervezas con los colegas de pie sobre la barra, echar una buena partidita de billar o ping-pong y meterle una paliza al futbolín con el cigarrillo en la boca y tu copa apoyada sobre la mesa al mejor de tus amigos. Ni te cuento cómo sabía esto si se trataba del peor de tus enemigos.

Hoy me van ustedes a perdonar pero escribiré en ‘madrileño’. En esa lengua tan mía que no echo de menos por olvidada, eso nunca, sino por el desuso ante el otro ‘yo’, ese interlocutor que contesta a tus frases con un ‘ya te digo!’ o ‘qué dices, tronco’, ‘vamos no me jodas, tío’ o … ‘¡ni de coña!’. Es así. Mi madrileño y su madrileño suenan así de mal … y de bonito también.

Decía que el garito de Almagro es una bomba de diversión y viejos recuerdos anclado en los 70 que acaparó todo mi interés desde que lo pisé y aún antes desde su umbral, arropado por los bajos de un balcón de viviendas que lucen lo que se me antojaron querubines griegos semi desnudos y enrevesadas florituras de yeso coloreado. Su fachada en madera vieja y verde junto con unos ladrillos corroídos por el paso del tiempo te trasladan a otras épocas, a ese periodo de tu vida, al menos la mía, donde nada importaba y no había responsabilidades más que gastarte la guita que le habías podido sisar a tu madre ese día y olvidarte de todo lo demás. O ya más adolescente, ese lugar donde impresionar cigarro en boca a ‘la Pili’, esa rubia del barrio de al lado por quien venderías el alma al diablo para llevarla de copas algún día.

El local a su derecha cuenta con una gran barra con taburetes donde sobre la pared cuelgan numerosos papeles que anuncian Dios sabe qué, centenares de botellas que no son de refresco precisamente y un gran cartel circular con fondo en negro y letras blancas anunciando el nombre del recinto. La pared, de ladrillo añejo.

Casi desde la entrada y dejando la barra a un lado numerosas mesas antiguas componen el primer ambiente con destino al juego de cartas, dominó o ajedrez donde me llamó poderosamente la atención la existencia de unas pequeños veladorcitos subsidiarios de metal, muy deteriorados, cuyo fin, intuyo, es el de dejar tu bebida y el tabaco mientras te juegas las copas y el orgullo con los compañeros de turno esa tarde lluviosa a los naipes, por poner un ejemplo. Podrás perder la partida pero la copa es la copa y no debe entorpecer el barajar de cartas y mucho menos, caerse al suelo. ¡Bravo por esos veladorcitos auxiliares!, gran detalle para el cliente vicioso, perfil tipo por otro lado del visitante de este gran garito.

En un espacio tan grande como éste del Café San Bernardo y después de sortear varios decenas de mesas de juego nos encontramos con un interminable y ancho pasillo que te lleva a un mundo de diversión que solo conocen a fondo los que, como un servidor, lo ha vivido durante toda una generación.

Tres chinos viejos juegan al billar en uno de sus innumerables tableros, todos en fila formando un ejército de tapices verdes que se expande hasta las mesas de ping-pong. Por cada billar cuelgan sobre la pared de ladrillo unos altos, recios y vetustos lockers de madera sin color que están cerrados con candado. Se trata del lugar de resguardo y protección de aquellos que, unidos por esta pasión, no juegan con cualquier palo, sino con el suyo, el bueno, el de calidad comprado con mucho esfuerzo y regalado por su mamá o novieta para Reyes o cumpleaños. Observo a uno de los chinos abrir con meticulosidad el candado que custodia su sagrado palo de madera de roble, sacar el stick, montarlo con delicadeza, limpiarlo con su gamuza de terciopelo rojo, darle tiza a la punta con paciencia y precisión oriental y concentrarse en el tapiz como si le fuera la vida en ello. Los otros dos ya andan en plena faena, en esa batalla muda por encontrar la carambola perfecta a tres bandas para ganar la apuesta que a buen seguro manejan los tres ancianos para el entretenimiento de los Sábados.

La cercana luz de fluorescente que se arroja en picado hacia el centro del tablero ofrece esa imagen blanca de partida dramática entre amigos que de vez en vez acaba en trifulca, más por el alcohol y las propias miserias personales que por una carambola perdida o una broma pesada de tu colega de toda la vida. Los billares son así. Sabes cómo entras pero nunca como sales.

Continuando por el pasillo de este gran café aparece ante mi uno de esos rincones mágicos, fascinantes, puro arte vintage que no pude por menos que revisar a fondo. Tres magníficas y antiguas mesas de futbolín en fila me dicen por la pintura carcomida de su madera y su naturaleza retro que han vivido batallas campales indescriptibles con el pasar de los años. Entre insultos, tacos, ‘reconchas de su madre’ y el sonido hueco de un gol imposible y virulento cientos de jóvenes y no tan jóvenes han sacado de dentro toda su energía para vertirla, copa va copa viene, en una mesita de madera con 22 muñequitos de colores. Y esto ahora lo multiplicamos por varias décadas y nos imaginamos juntos lo que encierra tras de sí este pequeño entretenimiento, tan popular en España como aquí en la Argentina, según puedo comprobar.

Sobre la pared de estos metegoles o futbolines un gran mural con la foto de una hinchada en la cancha, como no podía ser de otra manera, jaleando y gritando hasta la saciedad. Ya en el muro de cemento de al lado y formando ángulo recto con la gran foto del lleno estadio unos inmensos carteles de pizarra anuncian con tizas de colores un gran encuentro de metegol local, con los nombres y resultados aún visibles donde parece que Marcelo y el ‘Nica’ fueron esta vez fue las grandes figuras, triunfadores del campeonato y héroes del barrio por unos días.

El suelo de baldosa de granito me lleva de nuevo a los bares y billares del Madrid de aquellos tiempos, recién muerto el ridículo caudillo y con un país que naufragaba entre tanta libertad sin saber muy bien que hacer con ella. Después vendrían la Consitución y la democracia que algunos se encargaron de manipular a su libre albedrío. Pero ésa ya es otra historia.
Su suelo decía es una loa a los suelos de bar de los de antes, donde se apoyan cuatro sillas mal colocadas para los que no juegan y solo beben, así como unos palés de madera y ciertos plásticos desparramados por el piso que sin tener ningún sentido, decoran igualmente este ambiente bohemio, imperfecto y auténtico.

Continuando la aventura y a medio camino entre los futbolines y las mesas de ping-pong, a la derecha (como no, siempre al fondo y a la derecha) se encuentran, decía, los baños. El tigre como diríamos en Madrid es otra poesía al grafitti improvisado, la suciedad removida para simular algo de higiene, cajas apiladas de cascos vacíos de cerveza y vino y unas puertas de madera pinturrajeadas que encierran el secreto de alguna que otra raya de coca en su interior y ese buen polvo extemporáneo fruto de la pasión de los 20 años y de unas cuantas cervezas de más. Así, en estos baños uno se descarga, repone baterías y vuelta a la mesa de billar, a esa partida de futbolín que se ha puesto fea o a decidirte de una vez por todas y comentarle a ‘la Pili’ lo bonita que está hoy. Los baños de los locales de copas son todo eso y mucho más. Son un canto a la falsa recuperación del pedo con el agua del lavabo, al vómito, un me miro fijamente en el espejo y ahora sí, ahora se lo digo o le pego dos hostias. El baño de un local de copas es el perdón, el odio, el amor, la soledad instantánea del bebedor que reconsidera una partida de billar o decide irse porque ya no aguanta más. Los viejos baños de los garitos de copas son toda una filosofía de vida, un estado de ánimo con suelos orinados y la intimidad del bebedor que huye por unos momentos del bullicio estridente y los más bajos instintos de afuera.

Y ya para finalizar con nuestro tour del café, al fondo del local te puedes echar unas buenas partidas de tenis de mesa, con material bien cuidado y espacio suficiente para los que como yo, muy aficionado, necesitamos de unos cuantos metros libres de obstáculos para rematar a nuestros adversarios. De nuevo sobre la añada pared veremos el dibujo enmarcado de un abuelete, campeón de los años 50 en camisa de rallas y que con raqueta amarilla-limón en mano examina tus golpes y efectos sonriendo maliciosamente y diciéndote, nos guste o no, lo que aún te queda por aprender. Todo un homenaje al grabado retro para darle a este recinto de Almagro ese remate de sabor que muy pocos tienen y que yo especialmente disfruto como un niño recordando aquel maravilloso Madrid de final del franquismo.

 

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Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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