¿A quién dispara Billy the kid?

Reflexiones de un gallego: ¿A quién dispara Billy the kid?

 

Me bajé del tren después de unos minutos previos de preparación mental. Para los que somos inquietos, el gentío del andén de Retiro, su sosegado caminar y el orden para alcanzar los tornos de salida se convierten en una penitencia, una peregrinación santa, o no tanto, pero sí aburrida e interminable al altar de nuestro puesto de trabajo, el banco adonde haremos la gestión del día o cualquier otro destino dentro del itinerario matutino de cada uno. La realidad es que, como zombies recién levantados de la tumba caminamos unas cuantas docenas de metros hasta alcanzar el embotellamiento de los benditos tornos que escrutan incansablemente la tarjeta Sube y te dan su saldo. Parece la salida de un partido de fútbol. La gente se amontona cual abejas en torno a la colmena.

Entonces te encuentras con el hall de la estación que, inmenso y majestuoso con sus lámparas de araña se despereza también y exhibe su máximo esplendor alumbrado por unos solemnes rayos de sol que se proyectan desde sus recónditos ventanales: el negocio central con la oferta del pancho del día, una pareja de policías de chiste que discuten sobre fútbol con chaleco antibalas ajenos a todo, el pibito que te pide plata o un pucho y aquellos otros dos que sospechosamente te sondean a la distancia. Pero también está la mina en tacos y Jackie por la que vale la pena haberse levantado hoy, un perro despistado que nunca supo cómo entró pero que ahora campa a sus anchas en busca de algo para comer y mucha gente; gente que va y viene, seres humanos que robotizados por el tedio y la rutina se dirigen a su destino sin mirar hacia adelante siquiera, mitad autómatas, mitad hipnotizados por el celular.

Y todos convivimos en esta estructura de cartulina con nuestro rol, nuestra apatía y esa mermada o ausente actitud por cambiar ni un ápice nuestras vidas o las reglas del juego sobre el tablero. Tú me comes, yo me dejo. Me adelantas, te permito. Analizas, yo no pienso. Me has ganado. Jaque mate. Se acabó la partida. Mañana más. Y van y vienen, y vuelven o se quedan, lloran, ríen, aman, odian, entran en la estación o salen. Y vuelven mañana de nuevo empezando otro ciclo. Y nada cambia.

Antes de salir de Retiro, en la antesala circular que separa el gran hall de la vereda, una gran foto en portada de Mick Jagger parece clavar su miada en la mía desde el negocio de prensa y decirme: ‘¿boludo, por qué no haces como yo si estás tan cansado de tu jodida existencia?. Como si fuese tan fácil ser una estrella de rock, me digo, y salgo enfilado hacia la torre de los ingleses cagándome en los Stones y en ese éxito que busco y que quizá por complejo, sea también de cartón y no merezca mis desvelos.

Atravieso la plaza en plena competencia con otros transeúntes que no tienen nada mejor que intentar llegar los primeros al semáforo sin darse cuenta de que por mucho que corran deberán detenerse, como todos, ante la luz roja que impide que el colectivo nos convierta en pedacitos.

Se abre el semáforo y cual carrera de 100 metros volvemos a la contienda, el apuro y lo grotesco. Creo que la señora rellenita del vestido a flores me ha sacudido un codazo para adelantarme unos metros en plena calzada pero no estoy seguro y le perdono la vida. La mina del Jackie se encuentra justo delante de mi y ahora sí ralentizo conscientemente el paso para hacerme más agradable el camino al menos.

Llegados a Leandro N. Alem el teatro de títeres se agita aún más ante la mirada atenta de las habitaciones laterales del Sheraton. Los zombies ya despabilados por completo y con apuro o sin él, nos mezclamos en la vereda sin mirarnos los unos a los otros rivalizando a toda velocidad por ver quien llega antes sin conocer siquiera el destino del otro, quien nos es completamente ajeno en nuestra indiferencia natural.
Me aburro de mi amiga del Jackie y de sus contoneadas caderas y la rebaso. Algo llama mi atención. Un pibito villero en patas que no cuenta con más de 8 o 9 años de edad se encuentra sentado en medio de la holgada vereda. Shorcito y musculosa marrones mira hacia la calle donde el denso tráfico pugna con los peatones en apuro y falta de respeto. Éstos ni lo advierten pero aún así lo esquivan. Brazos estirados en paralelo al piso, pulgares apuntando al cielo e índices arrogantes el chavón dispara y dispara sin cesar simulando dos revólveres. ¡Bang, bang, bang!. Y dale de vuelta sin cargar sus armas que, incansables y voraces como él, parecen no querer dejar títere con cabeza.

A una distancia prudente lo observo. ¡Bang, bang, bang! El tipo de la moto parece tambalearse ante el estruendo de la pólvora y el pertinaz percusor. El colectivero trata de esquivar las balas torpemente y milagrosamente zafa. Un peatón en la vereda de enfrente cae al piso, seriamente herido. Son alcanzados también dos corredores de bolsa que en traje y corbata se disponían a desayunar en la esquina con Alvear. Hay daños materiales y las bajas se cuentan por docenas.
¡Bang, bang, bang, bang!
Sin embargo, miro a mi alrededor y todo sigue su curso. Hay un pistolero en la ciudad pero es solo una ilusión, un reflejo de una sociedad impasible que te desafía a diario y te bate en duelo. Los corredores de bolsa serán tratados en La Trinidad de sus heridas y la mina del Jackie saldrá esta tarde a Galerías Pacífico a comprarse otro modelo. Mientras, nuestro Billy the Kid venderá papel tissué en cualquier cruce o intentará robarte la billetera, alentado por el viejo que bastante tiene ya con el paco. Y si se enferma, al Gutiérrez.
Me giro y sigue allí: ¡bang, bang, bang! sin descanso. Me pregunto cuando tomará un respiro el pobre pibe. Por fín alcanzo mi destino y mientras atravieso la elegante puerta giratoria del imponente edificio acristalado de oficinas me alegra saberme intacto del brutal e indiscriminado tiroteo, aunque si lo pienso bien quizá no lo merezca tampoco y solo haya sido fruto de una indebida fortuna.

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Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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