De Recamier a Río de Janeiro

Reflexiones de un gallego: De Recamier a Río de Janeiro

 

Aún recuerdo embelesado escenas de ‘El abrazo partido’ como si fuera ayer mismo la última vez que disfruté esta fantástica película argentina estrenada hace ahora más de 10 años.

Las imágenes vienen a fogonazos, como rugidos desde más allá de los recónditos vericuetos del ser humano, del día a día de una muchedumbre que trata de sobrevivir a una sociedad resquebrajada en un país tan rico y seductor como pobre y golpeado institucionalmente.

La película muestra a un joven en conflicto consigo mismo (Daniel Hendler), con su identidad perdida, despeinado y unas perspectivas de futuro nulas. Su madre, la gran actriz Adriana Aizemberg en un papel sublime, regenta un pequeño comercio en una galería del porteño barrio de Once. Vende lencería.

– ¡De mierda, no! ¡Bombachas de mierda, no!, le recrimina a su hijo cuando éste, encolerizado con su propio fracaso más que con la pobre vieja, la maltrata desacreditando el laburo que tiene desde que él recuerda y que los ha dado de comer durante décadas. Así, ella defiende con toda su ira y orgullo el pequeño establecimiento que ha hecho de su vida una razón de ser y por el que sería capaz de morir llegado el caso. Al fín y al cabo se trata de dignificar el sacrificio que, de una u otra manera, todas las madres hacen por la familia en tiempos complicados, lo que en la Argentina se convierte, quizá inconscientemente, en una rutina peligrosa considerando Europa como el destino ideal, el paraíso ficticio o no donde uno siempre puede arrancar su nueva vida con todas las garantías de éxito; donde se puede dejar atrás una identidad y una cultura que seguramente se añorarán más adelante pero que no les da para subsistir hoy.

Buena parte del filme se desarrolla, decía, en una galería comercial de uno de los innumerables barrios de Buenos Aires. Como en la película, estos grandes locales ubicados por toda la ciudad te proyectan a un micro-cosmos, a un universo compactado entre vidrieras, pasillos y escaleras interminables donde se puede encontrar de todo sin buscar nada, donde siempre te sorprenderá ese pequeño barcito o aquel estrambótico establecimiento que no sabes muy bien qué vende hasta que te armas de valor, entras y después de un amable ‘buen día’ te pones a chusmear un poco.

Las galerías de Buenos Aires tienen ese algo especial que uno no podría explicar con mínimo acierto pero que atraen como un imán al paseante de cualquier condición, cansado muchas veces del comercio de moda o la cafetería tipo. Caminas por la vereda, tropiezas con las baldosas, siempre, te detienes a comprar unas facturitas, el 29 camino de La Boca casi se lleva por delante al motociclista, la morocha besa a su chico sin miramientos, el pibito te vende trapos de cocina a viva voz por 50 pesos, continúas caminando y al final, siempre, indefectiblemente te topas con una. Y tienes que acceder, claro. Sus luces de neón a colores y esa apertura atrevida en la fachada invitan a recorrer su pasillos, sorprenderte con un estudio de tatuajes de 4 metros cuadrados vecino de un pequeño negocio que vende pijamitas de Spiderman trucho y descolorido o un sex-shop venido a menos con sus geles caducados que no te aplicarías jamás. Pero también conviven cafeterías lúgubres con establecimientos de moda de gran calidad, peluquerías ancladas en los 70 al lado de la tecnología más avanzada o esa agencia de viajes que te lleva a Bariloche en un micro-cama galáctico.

Pero estos centros comerciales son eso y mucho más: son un canto a los suelos de mármol de otra era, a las escaleras de metal que te llevan al oculto mundo interior de las tiendas de música en sus tenebrosos rincones al final del pasillo o a las remeras de cualquier grupo musical o superéroes de comic de todos los tiempos. Las galerías son una oda a lo estrictamente anticuado y pasado de moda, vintage se llama ahora, combinado con la última colección de diseñadores de renombre. Son esos lugares donde uno puede encontrar lo que busca, lo que no, lo que necesita para la casa o se le antoja por Navidad; lo rutinario y familiar o lo absolutamente desconocido pero que se torna un capricho al curiosear por sus vidrieras.

Paseo con mi mujer por la Galería Recamier, Avenida Cabildo, y nos topamos con un localito de unos diez o doce metros cuadrados que muestra una canilla al fondo compartiendo mesada con una cafetera vieja, una vetusta mesa de madera en medio del cuadrado, dos sillas, un tipo solo tomando cualquier cosa, una heladera con gaseosas y una mujerona enorme que, pucho en boca y pañuelo a la cabeza, abre la puerta de cristal y parece colocar unas Coca Colas en su interior. La decoración del local es nula. El ambiente, lúgubre. El tipo de la mesa mucho más aún y el cartel de la vidriera anunciando ‘Cafetería’ que te deja pensando en cuantas copas has de tomarte antes de dar el paso que cruza esa umbral y te mete de un plumazo en la paranoia del Ángel exterminador de Luis Buñuel.

Tres cuadritas nomás y cuatro grandes locales. De Recamier a Río de la Plata para después recorrer Marga y llegar por fin a Río de Janeiro. En ésta última mi chica me muestra una discoteca ya cerrada donde tonteaba con adolescentes en los ochenta y el negocio de VHS también clausurado, lugar de encuentro con el cine y sus compañeros de facultad de Imagen y Sonido . La veo echar la mirada hacia arriba y revivir con cierta dosis de nostalgia los carteles semi despegados sobre el sucio vidrio y ya amarillentos de El silencio de los corderos, Thelma & Louise o El cabo del miedo.

Hay muchos negocios cerrados. Bueno, en realidad se cierran unos, se abren otros … aunque ya no es lo mismo. Me comenta con cierto tono de tristeza.

Hace un calor insano. Volvemos a casa después de nuestro paseo de los Jueves. Sobre O’Higgins nos topamos con la última de las reliquias de galerías comerciales del barrio. Añeja, con pedigrí, y ciertamente auténtica muestra como a unos metros de su entrada en el vestíbulo se alza un gran árbol que penetra sobre el techo de cemento del bloque de departamentos que tiene situado justo encima (¿?). No sé si estoy soñando, si el árbol es de plástico publicidad de un bazar chino o por el contrario verdadero como un aderezo del absurdo de la vida misma y de esta gran urbe que, pese a quien le pese y con todos sus defectos, hoy se me antoja extraordinaria, pintoresca y genial.

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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