La marea, alejados

Ves, lejos se queda el océano.

El Hôtel no llegaba a divisarse desde la bajada de la duna hacia la playa. Las mansardas, grisáceas por el roce de la arena en la ventisca de octubre, habían quedado al descubierto con una cobertura acrílica desgajada en diminutas porciones, invisibles, más aún desde la distancia que proporcionaba la orilla.

Se ha abandonado. Todo aquí  ha ido siendo desahuciado por el aburrimiento de los que antes lo adoraban, criticabas.

Siguiendo el horizonte, se unía la palidez de las Landas con el espesor del Cantábrico, más ardiente aquel otoño, más frío y poco propicio a los últimos baños que solía deleitar una temporada baja.

¿Más allá? Todavía, sí.

La visita era obligada, a pesar de ser una imagen mil veces repetidas en especiales televisivos, postales para el recuerdo —pero, donde ya nadie puede realizar dicho acto, inútil es la propuesta del regalo; la voluntad de cerrar los ojos y demostrarlo con palabras—, carteles para nuevos turistas, etc. Nosotros lo recorríamos en un paseo que evitaba la siesta, que avivaba la digestión pero nunca el deseo —otro recuerdo más—, y siempre hasta las mismas barreras de pino que cercaban el inicio de aquella playa francesa. Nuestra casa, propia desde hacía ya tres años, quedaba más resguardada de las brisas saladas, cerca de Lévignacq. Nosotros lo queríamos así, pues en ti había una peculiar voluntad de infundirme temor hacia el espacio abierto, a la inmensidad de la línea que no termina. Debería no haberte conocido, y lo pensaba cuando me derrumbaba el tedio y me sentaba arrodillada en el pasillo que llevaba a la puerta trasera. Me veo ahora, llevándome las manos hacia la nuca, con un tacto de frío mármol, como las estatuas aladas de museo —tocadas sólo por un cincel en su vida; el resto, con la mirada de otros—. Me sentía vulnerable, y doy gracias de que nunca me hubieras visto de ese modo.

Podríamos volver, te dije sin cuestionar.

Se intentaba alternar las semanas del miedo con las escapadas a Biarritz, o pequeñas ciudades que no superasen demasiados kilómetros de distancia. Los contabas desde tu escritorio, donde el folio en blanco nunca llegaba a abandonar su virginidad. No podías finalizar ningún dibujo, te atemorizaba el fracaso. No lo intentabas, yo te observaba desde el jardín, fingiendo una lectura o llamada. Qué gran actriz hubiese sido, con tantas tablas de relación en mi pasado, con las mentiras que sirven de asidero para no resbalar y permitir que la fragilidad te golpease la carne.

Más allá, todavía.

Vuelvo a contemplar el Hôtel, y entiendo todo lo que ha sufrido. Tanto, día y noche. Muchos bailes en su interior. Hôtel des Flèches, no tiene tiempo ya. Hacia Jean no llegaba ruido alguno desde el descenso a la playa, se quedaba inmóvil y tensionaba sus músculos por la espera. ¿Pero en qué consistía aquello? Era una ceremonia que debía realizar. Era un loco.

No temas, Renée, ya queda poco.

Me hablaba sin abrir los ojos, se sentía obligado a llegar a la playa. Y yo tras él, siempre. En la amplitud de la orilla, con la marea baja, observamos a dos personas sentadas en sendas tumbonas recubiertas por unas mantas de color rojizo, un burdeos similar al del vino tras la copa, algo clareado. Jean, ansioso por aproximarnos, tiró de mi brazo para hacerme cómplice de su voluntad de preguntarles quiénes eran, qué hacían allí, en aquella nada apacible temporada baja, qué esperaban. Así lo quiso Jean, y yo cedí como una autómata. Más cercanos, los gorros despuntaban de los cabeceros de las tumbonas, uno en color azul y otro blanco, seguidos por unos abrigos que demasiado abrigaban, para terminar en unas mantas que les cubrían las estiradas piernas, reposadas y resguardadas del viento arenoso de las Landas, que nunca ofrece tregua alguna si así lo espera uno. Jean se sintió con fuerzas para hablarles, yo temía una escena que derivase a una crisis enferma —pero tan acostumbrada estaba—, y no ocurrió mi cenizo pensamiento, sino que, antes de aproximarse más de dos pisadas —sobre la arena, el avance ralentiza todo—, una de las figuras se volvió, molestado por nuestra presencia misteriosa, más incluso. Una mujer anciana, sonriente, miró a Jean a los ojos y le comentó unas palabras. Me señaló a mí, debieron de presentarse cortésmente. No hablaron, yo sólo presté atención a las imágenes volubles que me ofrecía la espuma rota sobre las olas del Cantábrico, una detrás de otra, detrás de otra. La chaqueta de Jean ondeaba mientras atendía a aquellas mujeres en la playa, y supuse que ambas lo serían por pura intuición, pues no desee acercarme por un miedo que no llegué a razonar.

Volviste, y tu gesto era otro. Más descansado, me comentaste que habían preguntado por nuestros nombres. No me enfadé porque se los hubieses mencionado, qué importancia tenía, pero me turbó las frases que balbuceaste de vuelta a la casa en Lévignacq, con tu brazo sobre mis hombros a modo de capa, entrecortando palabras que se caían de tu boca, desordenando el hecho de que ellas estaban esperando a sus hijos, que se habían alejado de la playa porque querían jugar cerca del agua, y no sabían si debían ir a buscarlos ya, pues quizá los chicos, envueltos en el torbellino inconsciente de diversión que ofrecen las risas y la rapidez al alejarse, habrían empezado a olvidar dónde se habían quedado sus madres.

Habían empezado a olvidar, me dijiste.

Ya queda poco, apuntillé yo, al cogerte del brazo y arrimarme a tu costado. No se lo podrán pensar demasiado, tendrán que salir a buscarlos, pues pronto volverá a subir la marea.

Estábamos dentro de la casa. Tú decidiste marchar a tu despacho y centrarte en un nuevo dibujo. Confesé alegrarme, en silencio, por suponer un aumento de tus fuerzas, pero me quedé delante de las ventanas del salón. Desde allí te oía pasear el lápiz y los pinceles sobre tus láminas blancas, con ahínco, recuperando el tiempo perdido por tus problemas, de los que yo era más paciente que tú incluso. Tú, Jean, sólo eras el que los creaba, los componías, como si de una pintura se tratase. Salías, entrabas, comías algo, volviste en pocas horas a tu rutina habitual, y yo me quedé detenida pensando en lo que habíamos visto aquella tarde de octubre, en lo que no me había atrevido a pensar o preguntar. Callé, y de repente, descubrí no saber nada, al igual que  cuando escuchamos una música que no hemos percibido todavía como pieza valiosa, sino una melodía que se forma y se deshace en nuestros oídos. Pero aun así me sentí fría, vigilada desde el otro lado, tras el cristal.  Me moría de miedo al pensar que por la noche, y así sucedió sin saberlo al completo, los gritos de los niños correrían solos, sueltos por los bosques de la casa, uno detrás de otro, detrás de otro.

 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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