Sonrisas sin factura

Reflexiones de un gallego: Sonrisas sin factura

 

‘Me va a pedir algo. Me va a pedir algo’.

Con este pensamiento cruzo la calle de la mano de mi mujer. Allá va el chavón con sus tatuajes de presidio y una esponja en la mano. Dirigiéndose al tránsito, vocea sin rodeos:

– ¡Lavá el auto, papá. Son solo 60 pesitos! ¡Dale!, y alarga su ‘a’ de ‘dale’ hasta la eternidad.

Todos pasan de largo. Cruzamos la calle. Me va a pedir algo.

– ¡Señor!

Ahí está. Prepara los puchos, me digo. O una buena excusa para no darle plata.

– ¡Qué buenos esos tatuajes que lleva, papá!

No dudo un instante y saco mi vena barriobajera, de mi Madrid de hace 30 años. Reacciono al toque:

– Sí, molan. Como los tuyos, boludo – Y le dedico una sonrisa y un primer acercamiento físico solo delineado con el giro de mi cuerpo, que se vuelve hacia él.

Se acerca sonriendo. Me detengo. Nos detenemos. Sigo de la mano de Andrea. La escena se suspende por un momento. Yo ya no soy un paseante y el tipo no lava autos. Estamos en la vereda pero podemos estar en cualquier otro sitio. Le pregunto:

– ¿Cómo vamos hoy, colega?
– ¿Perdone, señor? – Mi español lo desconcierta en el primer envite.
– Que como va hoy la cosa. ¿Qué sucede? ¿No te dan bola?
– No, papá – Y alarga mucho sus vocales con ese acento porteño bien de la calle. – No quieren que les deje limpito su auto. Son solo 60 pesitos, papá – Se lamenta.

El escuálido muchacho de no más de ventipocos lleva los dos brazos tatuados, algo descoloridos. De celda o de villa. De ambas quizá. Los míos, radiantes, de estudios caros. Aún así, se mezclan en recio apretón de manos y congenian. Chico malo, chico bueno. Continúa la charla. ¿Me pedirá algo?.

– ¿Vos no tenés auto? Yo te lo lavo, dale.
– Qué va – Me río. – No tengo un mango. Díselo a mi mujer – Y miro a Andrea ocurrente. ´Ahora es cuando me lo pide’, pienso, pero me equivoco de nuevo.
– Está la cosa muy mal hoy. Ayer me lavé nueve autos, papá. Cuatrocientos pesitos me lavé, papá – Y su rostro se alumbró con una hermosa sonrisa de pibe de asfalto sobre su morena y deteriorada piel. Continúa: ‘Los tengo guardados en un cajón para mi hija, ¿sabés?’.

– Genial, tío, cómprale algo bonito a la pequeña. Me alegro que se diera bien la cosa, joder.

No parece pedirme nada. Me siento bien hablando con él y pienso en una muñeca para su hija. O en una pollera de flores y varios pares de medias.

Irrumpe en la escena un tipo enorme con camisa y pantalón blanco de heladero que da un efusivo abrazo a mi nuevo amigo y algo más en una bolsa de nylon.

– Hey, negrito, ¿cómo te va?

Parecen buenos camaradas. Se puede percibir como el pibe de blanco lo adora. Mi tatuado lava-autos le devuelve ese sentimiento con una nueva sonrisa mágica rodeando con sus brazos al gigante.

Siento que es el momento de marcharme y me despido con un sencillo ‘nos vemos colega, que vaya todo bien’, pero mi amigo abandona momentáneamente los brazos del señor de blanco y me reclama de nuevo:

– ¡Señor, espere! – Se acerca otra vez – Muchas gracias por hablar conmigo – Y esta vez me ofrece un abrazo.

No sé qué decir. Nos marchamos con los mismos puchos y la misma plata. Me miro por dentro. Nunca me agradecieron por hablar con alguien sin más. Nunca me entregaron una sonrisa sin factura que derribara mis estúpidos prejuicios de un plumazo a pie de calle. Nunca me sentí tan mal y tan bien al mismo tiempo. Nunca más, me digo.

Y con esta reflexión, aturdido aún, retomo la vuelta a casa soñando con un mundo lleno de conversaciones gratis, de tabúes rotos y de niñas de ocho años que en cualquier lugar, felices, compran muñecas con la plata de papá.

 

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Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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