Cuando se cansaron de esperar

El cielo fundió a negro más pronto de lo que pensaba. La oscuridad lo engulló todo antes de que pudiera levantarse de la cama. Seguramente, sus amigos estarían esperándolo con mil historias que contar. Pero no quería verlos. No quería escuchar esas carcajadas ni sus palabras cariñosas. Prefería mantenerse al margen, lejos, perdido, solo.

La noche empezó a iluminarse con los habituales puntitos brillantes que le indicaban el camino a los rincones de su mente donde ella martilleaba sin parar. Cuatro años de amistad, de felicidad intercalada con desdichas. Penurias que ganaban por goleada la batalla contra los golpes de un corazón enamorado. Se incorporó en la cama mientras contemplaba por la ventana la negrura de la noche. Preciosa, inmensa. Como ella. Tan rara, tan difícil, tan especial para él. De amigos a confidentes a sentir lo que nunca fue correspondido. Por eso estaba más cómodo con el sol oculto: la vergüenza, los miedos y los pensamientos positivos, pero falsos, lo hacían con él.

Llegó a pensar que ella le quería como algo más que un amigo, que pasarían un tiempo juntos, que si se esforzaba podría… La realidad derrumbaba ese mundo paralelo en dos horas. Sin embargo, el nicho de su mente y su corazón seguían intactos. Palabras vacías disfrazadas de sentimientos intensos y profundos, discusiones casi a diario y una amistad rota y tóxica que, de haber tenido brazos, los habría separado ella solita, cansada de esperar a que uno de los dos dejara a un lado el miedo a la soledad y diera el paso más lógico y sano. Y una vez más, retrasó ese momento. Era incapaz. Hasta la siguiente vez que se lo planteara y se echase a llorar, la noche lo ocultaría unas horas más.

Ella despertaba con el atardecer. Contemplaba los tonos anaranjados con los que el cielo se vestía para recibir a la noche. Su cuerpo aún aletargado se había cansado de esperarle. Dormía desnuda por si acaso aparecía deseando llenarla de besos, de cariño, de él. Ella, como las estrellas, vivía de noche. Se levantaba y paseaba guiada por esos miles de ojos brillantes testigos de la negrura de su corazón. Mientras el viento mecía suavemente las hojas de los árboles frente a su ventana, ella susurraba sus pensamientos de odio y amor obsesivo a partes iguales al que aún creía su amigo. Le hablaba con delicadeza, como si él fuera frágil, como si mereciera su compasión, su paciencia, su perdón.

Dos años en los que todo había empezado maravillosamente. Tardó en darse cuenta que ese amigo había matado esa flor que crecía lentamente en su pecho cuando se perdía en esos ojos azules. Él había dejado entrar a una tercera y a una cuarta. Le gustaba humillarla. Y de repente, esas conversaciones terapéuticas, esas sentencias que la curaban y la enamoraban dieron paso a días de vacío, soledad, desprecio, días perdidos para ella en los que no llegaba a levantarse de la cama y se derrumbaba sin hacer ruido.

Llegó a pensar que él la quería como algo más que una amiga, que pasarían un tiempo juntos, que si se esforzaba podría… La realidad derrumbaba ese mundo paralelo en dos horas. Sin embargo, el nicho de su mente y su corazón seguían intactos. Palabras vacías disfrazadas de sentimientos intensos y profundos, discusiones casi a diario y una amistad rota y tóxica que, de haber tenido brazos, los habría separado ella solita, cansada de esperar a que uno de los dos dejara a un lado el miedo a la soledad y diera el paso más lógico y sano. Y una vez más, retrasó ese momento. Era incapaz. Hasta la siguiente vez que se lo planteara y se echase a llorar, la noche la ocultaría unas horas más.

Y cuando los dos protagonistas se encontraron, fueron el cáliz de la nueva esperanza. Habían pasado página sin darse cuenta de que no había más páginas que pasar. Sus respectivos libros se habían acabado. Y se cansaron de esperar a que se cerraran solos. Así que acudieron a la biblioteca del otro. Ambos vivían en un mundo donde los corazones sinceros son destruidos y los hipócritas, amados. Se atrevieron a curiosear, a conocerse, a suplir a los que rechazaron sus sentimientos, a dar una nueva oportunidad, a perdonarse a sí mismos, a hacer una limpieza a fondo en sus almas de tantas pasiones en oferta, a escapar de esa noche eterna, a ver el sol juntos, a sacar a su esencia a pasear, a desterrar a los expertos en Todología, las caretas dulces y amables con sorpresa envenenada. La tormenta había pasado…

Pero de repente, él se dio cuenta de que los amigos también rompen corazones y de que el desgarro dolía demasiado. Estaba cansado. Y entonces decidió construir una pared para no dejar pasar a nadie que le pudiera causar dolor. Estaba tan acostumbrado a sufrir que, cuando llegó una persona que le trató bien, le dio miedo. Y de repente, ella se dio cuenta de que los amigos también conquistan tu corazón y de que el desgarro dolía demasiado. Su vida era una muerte enamorada y un amor que ama hasta la muerte. Estaba cansada. Hizo una bola con sus sentimientos y la tiró a la hoguera de sus recuerdos.

Y de nuevo, el tiempo estabilizó el furor inicial. Normalizó la ilusión hasta ponerla a un nivel de andar por casa. La vida de cada uno los alejaba y los acercaba, dependiendo del capricho diario de la rutina. Y de nuevo, estómago, perdón por las mariposas; almohada, perdón por las lágrimas; corazón, perdón por las astillas; cerebro, tenías razón…

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