Negativo Original – Guillem Hidalgo

‘Estoy creciendo de la nada’, dice el verso de Maillard, y puede aplicarse sin problema a la sensación que todo estudiante padece, salvo los afortunados, una vez sale al mundo tras la carrera. Guillem Hidalgo (Madrid, 1994) ha ido marcando las raíces de su pasión periodística con discreción, y la humildad en su corta experiencia que me cuenta, con una voz que sale tímida de tono, se hace grande por las distancias recorridas. De Madrid a Montevideo, a París y de vuelta. Estancias que han inyectado ganas por el trabajo bien hecho, disfrute de lo que ha de ser conocido, y sobre todo, los inicios de quien mañana será notable en su oficio.

Las palabras

—Como en las mejores novelas, empezamos por el principio. ¿Estuvo siempre en ti el interés por el periodismo?

Creo que sí. Desde pequeño —el periódico lo compraba mi padre— estuvo muy cerca de mí. He escuchado mucho la radio los fines de semana, Carrusel Deportivo, y bueno, el periódico, mi padre cogía y decía: ‘Tú sólo los deportes, no leas nada más que eres muy pequeño todavía’. Era la época de la guerra de Irak, etc. Imágenes que podían dañar mi sensibilidad. Y sí, de hecho al principio, mi aspiración al llegar el pensamiento de a qué me quería dedicar, periodista deportivo era el objetivo. Luego tienes tus momentos de crisis, dudas y tal, pero en definitiva, siempre ha sido ese.

—Estudiaste en la Complutense. ¿Por qué crees, en el caso de tu carrera, que muchos alumnos no encuentran una equivalente satisfacción entre su vocación y los conocimientos que se adquieren?

Soy un poco crítico con la universidad. Creo que hay muy buenos profesores, creo también que hay gente muy desmotivada y la enseñanza o no les ha interesado nunca o dejó de hacerlo desde hace tiempo. También encuentras auténticos genios que, joder, te dejan, yo que soy una persona que no me considero especialmente inteligente, y daban mil vueltas. Alucinaba con algunas clases.

En mi caso en Periodismo, a ver, es muy complicado tener en una clase cuarenta personas y poder satisfacer todas las exigencias o aspiraciones de cada uno. Pero sí siendo dicha carrera, que no es una profesión de estar indoor, tienes que salir a la calle y tal, hay muy poca práctica, muy poca vida real. Al final eso acaba quemando. Pero bueno, en primero tragas, en segundo también, y cuando te das cuenta que tercero y cuarto va a ser lo mismo, o buscas tú o aquí nadie te va a proponer nada.

Recuerdo un profesor en primero que sí nos obligaba, nos forzaba mucho —falleció recientemente—, exigía un montón y bueno, en su momento le teníamos un poco de rabia, era muy gruñón. Pero siempre guardaré un recuerdo de él magnífico porque fue una persona que me trató como un adulto, el primero de la universidad que me trató como quien era capaz de hacer lo que él nos pedía, aunque en su momento nos pareciese complicado. Profesores como él, en mi etapa, escasearon.

—¿Cuál es tu opinión del periodismo deportivo? ¿Hay competencia entre lo escrito en prensa y lo que se puede comentar o divagar en las redes sociales durante las retransmisiones de un partido, por ejemplo?

Es complicado. Hay que ir con mucho ojo porque, por ejemplo, cuando se lesiona un jugador, aunque hay periodistas con mucha experiencia, por cómo se mueve, dicen: ‘Eso seguro que ha sido el cuádriceps’. Y luego resulta que es todo lo contrario, que ha sido el brazo o el hombro. Si no estás cien por cien seguro, obviamente lo mejor es no decirlo ni aventurar nada. Lo más importante es la verdad.

Yo tuve la suerte de trabajar en Marca de becario, tres meses, y guardo un gran recuerdo de la experiencia: aprendí un montón, los compañeros —geniales, muy encima— nos ayudaron… Lo que pasa es que tiene, hay, algunas cosas en las que estoy en desacuerdo, por supuesto, pero en general mantiene una línea bastante rigurosa con un periodismo deportivo académico, digamos. Es cierto que necesitan la inmediatez, atraer al lector con titulares más llamativos, pero muchas veces la portada que hacen no es sobre fútbol, me parece magnífico eso, y he conocido ahí gente que son biblias del deporte, lo saben todo. Pero el periodismo, en general, adolece de falta de rigor y primar la inmediatez, contar una cosa y comprobar las fuentes.

Hay veces incluso, tampoco por culpa de los periodistas, por ejemplo, con el caso Griezmann, que había algunos que decían que finalmente se iría al Barça. Bien, en el momento que ellos lo dicen y ese periodista habla, si luego Griezmann cambia de opinión en el último momento, ya no es su culpa. Es entonces cuando el periodista se ve diciendo: ‘Bueno, en el momento que lo estoy contando, es así’. Es complicado. Hay muchos intereses, agentes, y la situación cambia.

Pero a mí sí que me gustaría un poco más de calma a la hora de contar las cosas, no tanta competitividad por llegar primero sino contarlo bien, que sería lo ideal, y tal vez más investigación, arañar recovecos, cosas turbias de federaciones. Mil cosas. Hay periódicos que lo hacen muy bien y otros que no, que son sólo show y fuera. Periódicos, televisiones, radios…

—Has cultivado también el articulismo escribiendo sobre viajes. ¿Se hace complicado quedarte con los detalles y estar pendiente del trayecto para luego trazarlo con claridad en unas pocas páginas y palabras?

Buena pregunta. Eh, no, cuando viajo no voy pensando en ello. He empezado hace poco las colaboraciones con Traveler, y bueno, sí que presto atención sobre todo a ciertos locales en los que he estado, comido o bebido bien, etc., procuro guardar el nombre, la calle. Pero el viaje prefiero vivirlo sin pensar mucho en el artículo. Indudablemente lo piensas: he visto esto, igual me desvío por aquí para añadirlo luego al escrito. Pero no, el viaje primero, y luego cuando me siento ante el ordenador, hago memoria y recopilo. Sensaciones es lo que suelo considerar importante. Tampoco quiero que sea una distracción, ¿sabes? Al final viajar, a la hora del artículo, también se nota. Si vas pensando sólo en el artículo, queda en el texto esa falta. Pero si has disfrutado del viaje, te explayas más a la hora de escribir y al expresarlo quedará más rico.

Es como lo de la cámara. A mí me gusta mucho hacer fotos, lo que pasa que, de un tiempo a esta parte,  prefiero hacer la típica foto de tal sitio turístico, una o dos, y ya está. No pierdo más el tiempo porque lo que quiero es disfrutar y guardármelo. Hay veces que, por hacer la foto perfecta, haces veinte, se te hace tarde y no disfrutas. No recuerdas el momento.

—¿Cómo te llegó la oportunidad de unirte a la Agencia France-Presse? ¿Qué han supuesto tus experiencias en Montevideo y París?

Bueno, aquí sí que me voy a alargar. Entré en la agencia de becario, en mi último curso de la carrera. Era una beca de un año, lo cual estaba genial porque te daba cierta seguridad, ibas a aprender en una de las top tres mundiales de agencias periodísticas.

Siempre digo que me siento muy afortunado de haber pasado la entrevista y entrado, porque todo lo que he vivido luego —viajar a Montevideo, París— fue gracias a que me aceptaran para esas prácticas. Todo parte de ahí. Joder, cuando lo pienso en retrospectiva, aunque parezca un abuelo cebolleta, digo: ‘¡Guau!’. Y asusta un poco. Si no me hubieran pillado, ¿dónde estaría yo ahora? Una enorme fortuna haber entrado.

Mis experiencias en Montevideo y París…  Madurar, en general. Montevideo fue un shock increíble. Ten en cuenta que fui casi de un día para otro, de Madrid a la otra punta del mundo. Al principio sí fue decir: ‘¿Qué hago aquí?’ Me levantaba y no sabía dónde estaban mi familia, mis amigos, mi gente… Entonces, sí, me sirvió para aprender definitivamente a valerme por mí mismo, espabilar, saber que para hacer lo que quieres en la vida muchas veces tienes que sacrificar un montón de cosas, a valorar qué personas realmente están ahí para ti y qué otras no, tampoco como algo malo, pero en tu entorno no todo el mundo te quiere igual. Es evidente. Mola ver que, a pesar de estar a doce mil kilómetros de distancia, a cinco horas de diferencia horaria, la gente te pregunta, te dice ‘Te echo mucho de menos’, tú lo dices también. Eso llena un montón.  

A nivel de vida allí, también te sirve para valorar. Los uruguayos que conocí tienen un carácter muy cercano al nuestro, son muy críticos consigo mismos.

—Los uruguayos tanto como los argentinos.

Claro. Ellos más porque tienen la cantinela de ‘Somos país tercermundista’, y yo les decía que ni de coña. Es evidente que no es nivel Europa, y es cuando te das cuenta que aquí vivimos como dioses, ¿no? Pero allí no se vive mal. Montevideo es una ciudad súper amable, muy tranquila, que te abraza en seguida nada más entrar. Son amigables, se preocupan mucho por ti. De hecho, la anécdota que tengo es que cuando llegué al aeropuerto, siete de la mañana, me recogió un chico en Uber, que me había recomendado una compañera. Me deja en la casa y a las dos horas me llama. ‘Oye, ¿te vienes a comer asado con mi familia? Que lo vamos a preparar…’ Y dije: ‘Pues sí, vamos’. Desde el primer momento te hacen sentir en casa. El chico era cubano y me contó: ‘Mira, yo he estado muchas veces en tu situación, de estar de nuevas en un país extranjero, y sé ahora mismo lo que estás pensando, cómo lo estás pasando, lo que sientes, así que vente y te lo hacemos más llevadero’. Son gestos que se agradecen, y no sé si a nivel europeo ocurrirían. En España puede. A los españoles allí nos tienen muchísimo cariño. Es un sitio mágico.

París, ¿qué te voy a contar? Es un museo al aire libre. Una ciudad preciosa, insultantemente. Cada calle tiene su rincón, su punto de decir ‘Qué bonito’, aunque sea una de la banlieue, lo encuentras. Es una maldita maravilla, está hecha para eso.  Y le gusta demostrarlo. En ese sentido choca mucho la comparación, porque con los franceses, sin querer generalizar, al menos en mi caso, sí que ha habido distancia, no son tan acogedores. Pero tuve suerte de conocer a mucho español, mucho italiano, me apañé muy bien. Y a base de conocer a amigos de amigos haces tus grupitos, sales, también con algunos compañeros de la agencia; vas estableciendo vínculos, París con gente nueva, lo ideal. Yo salí enamorado de allí, me pareció espectacular. Estuve poco tiempo, me gustaría volver. Ya se verá.  

—¿Por qué crees que muchas figuras con poder (presidentes, etc.), en España o el extranjero, tienen tan mala relación con la prensa, o desconocen cómo usarla?

Bueno, esto es una cosa muy personal, obviamente. Yo del poder he estado igual de cerca que estoy ahora de San Petersburgo. No me he visto nunca en una situación así. Creo que el poder, cuando utiliza la prensa a su favor, se nota. Hay un montón de gabinetes de comunicación con redes sociales, etc., todos los organismos tienen su propio equipo de periodistas, y se nota un montón. La gente no lee esas cosas. Simplemente están para dar ‘la versión oficial’, lo más perfecta posible y ya está. La gente, cuando quiere saber sobre el poder, acude a la prensa que, por definición, no tiene que ser ‘cómplice’. Ocurre, por supuesto, es una relación compleja, y entiendo que si quieres saber de los entresijos de Pedro Sánchez, por ejemplo, pues tienes que estar cerca de su entorno, porque no te los va a contar Pablo Casado. Y ya para que ese propio entorno te los cuente, tienes que ganártelos de alguna manera. Creo que el poder mira con recelo al periodismo, como es normal.

—¿Ahora más?

Tampoco he notado un cambio, no te sé decir. Sí que ves muchos periodistas que, cuando sueltan cosas, ya conoces quién se lo está filtrando, te haces una idea de las tiranteces y estrecheces de ciertas relaciones. Esto es como cuando el periodista quiere destapar tus trapos sucios, y tú tienes que ocultarlos evidentemente. También depende de que la figura en el poder se haga más simpática o no, de que en la rueda de prensa se refiera a tal periodista por su nombre, buscando una cercanía para que éste se ablande, y es entonces cuando tiene que luchar para evitarlo. Y las cosas que no veremos en la trastienda, que eso también… Dará para miles de libros, pero no podemos contarlo todo. Sería interesante… Pero resumiendo: el periodismo tiene que hacer de vigilante público, y el poder y sus representantes no deben olvidar que  el pueblo les ha puesto ahí, que no es una oposición que se han ganado, y la ciudadanía te exigirá cuentas porque esto es el juego democrático.

—¿Crees que corren peligro los artículos de opinión, y la opinión en general, dentro del periodismo?

No, al contrario. De hecho —a ciencia cierta no lo sé, esto es una sensación mía— cada vez hay más espacio en los medios para la opinión. Más columnas, también artículos con demasiada opinión… Pero sí, hay más, creo que porque es más barato. En fin, no sé cuánto puede cobrar un columnista, pero se ahorra en investigar, en enviar un equipo de corresponsales a Laos, por ejemplo, por la rotura de una presa, o a Grecia, por los incendios. Sale más a cuenta rellenar esa hoja con tres o cuatro columnas de opinión, y fuera. Se dio antes de las elecciones de 2015-2016, este enfilamiento de elecciones, que la sociedad estaba muy politizada, súper ‘tertulianizada’ porque entraban Podemos y Ciudadanos, eran un fenómeno súper nuevo; había un montón de espacios, Al rojo vivo ocupaba casi toda la parrilla de La Sexta, las veinticuatro horas estaba el pobre Ferreras ahí… Bueno, sí, creo que cada vez hay más opinión, pero no hay que olvidar que lo que se debe hacer es periodismo. Que, bueno, las columnas de Jabois a mí me encantan, esa mezcla de opinión, datos periodísticos súper interesantes. Las leo siempre, pero no olvido que el objetivo es lo dicho antes. Para eso estamos aquí.

—Actualmente, ¿quiénes son tus referentes periodísticos? Manuel Jabois acabas de citarlo…

Jabois es un grande. A ver, la palabra referente no me gusta mucho, no soy muy mitómano, por esto de que cuando tienes un mito lo ves todo blanco y las personas no somos así. Pero sí hay muchos periodistas que me parecen gente a seguir y tener muy en cuenta. Me gusta mucho Iñaki Gabilondo, Jordi Évole; Pepa Bueno, una periodista de garra; me encanta Jabois, los reportajes de Nacho Carretero, el autor de Fariña… Es muy curioso porque  a mí me gusta Galicia, como muchas otras zonas de España, y Carretero aborda mucho tema, reportaje, sobre ella, e intenta ser riguroso, incisivo, ir siempre al quid de la cuestión, hablando con el máximo número de puntos de vista, y vamos, creo que conozco bien Galicia gracias a él. Es un decir, pero queda esa sensación.

Luego, por ejemplo, del periodismo deportivo está Carlos Arribas, que escribe sobre ciclismo, atletismo, en El País, pero de una manera más literaria, metiendo en la crónica historia del ciclismo, que a quién le interesa se agradece, ¿no? Rafael Plaza, que es un periodista joven de El Español, que hace tenis —a mí me gusta mucho—, y tiene artículos que me encantan.

Pero vamos, hay mucha gente que lo hace genial, y no es una cosa ideológica tampoco. Yo tengo la mía, pero leo a otros que o escriben en medios con los que comulgo o diferentes, e igualmente, a nivel personal, me parecen fascinantes.

—Para finalizar, última película o libro que hayas visto o leído y quieras recomendar.

A ver… Bueno, es que la última que vi fue Ocean’s 8, y agradezco el gesto, pero tampoco es… No es como las anteriores, que me encantan… No sé. A mí me gusta mucho La vida secreta de Walter Mitty, una película que me fascina, que me tiene enamorado, muy mágica. Es de hace unos años, pero se adapta un pelín a lo que quiero que sea un sucedáneo de mi filosofía de vida, o algo así. No tengo filosofía de vida, pero se acerca a cosas en las que creo y defiendo. Al menos en esta etapa de mi vida.

Libro. Pues ahora mismo estoy leyendo El corazón helado, de Almudena Grandes, que me lo recomendó un compañero de París. Me dijo que él se lo leyó estando fuera de España, que así en teoría te llama más, pero aun así me está encantando. Lo acabo de empezar, como quien dice, pero ya completamente enganchado. Siempre recomiendo Cien años de soledad, porque nada que vaya a decir puede mejorar lo que han dicho otras gentes mucho más capaces. Hay que leerlo, y a Gabriel García Márquez en general. Hace maravillas a la hora de escribir, es pura envidia lo que siento. Cómo construye lo que escribe, y hace que te atraiga tantísimo. Es pura admiración.

El test

¿Cuál es tu palabra favorita? Aventura, ¡Gol del Valencia!

¿Cuál es la palabra que menos te gusta? Paciencia

¿Qué es lo que más te causa placer? Comer paella después de estar en la piscina con tu gente

¿Qué es lo que más te desagrada? Las discusiones por Twitter

¿Qué sonido o ruido te agrada más? Los primeros compases de El hijo de la Inés, de Marea

¿Qué sonido aborreces escuchar? Los aceleramientos de las motos

¿Cuál es tu palabrota preferida? Gilipollas

Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado hacer? Relaciones Internacionales, o ser buen escritor

¿Qué profesión nunca ejercerías? Medicina

Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta, ¿qué te gustaría que te dijera al llegar? Tienes una vida extra

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.