Negativo original — Laura Freixas

Licenciada con una tesina sobre la revolucionaria rusa Aleksandra Kolontái, fue negro de un fabricante de licores obcecado en escribir la novela de su vida, fundadora y directora de la colección literaria El Espejo de Tinta, lectora de español en universidades extranjeras… Son algunos de los despuntes que encontramos en la vida de la escritora Laura Freixas (Barcelona, 1958), pero resultan mejores los narrados en las páginas de sus diarios, de cuya primera entrega quedó una reseña en este magazín. Este año llegó la continuación, Todos llevan máscara. Diario 1995-1996, ahondando en la visión y posición de ‘mujer escritora’ en un mundo que todavía era eminentemente masculino. Viajes, presentaciones, editores esquivos, Madrid como un tableau vivant. Una lectura necesaria.

Las palabras

—Teniéndolo reciente, ¿cómo es el verano de un escritor? El tuyo en este caso, Laura.

Bueno, pues el verano de una escritora que ya tiene un cierto reconocimiento puede ser tan maravilloso como el que he tenido este año, que ha consistido en que me invitaron a la Feria del Libro de Lima, para participar en debates y mesas redondas, en fin, las actividades de una feria. Acepté, encantada de la vida, y aproveché: fui con mi pareja y hemos pasado quince días en Perú (risas). No siempre pasan estas cosas, ¿eh?

—Algo que mencionas en el diario, y también recalcaste el día de su presentación en Madrid, fue la poca atención narrativa que se suele poner en ‘lo ambiental’ de un escrito; echas de menos esa mirada hacia los olores y sabores que a nuestro alrededor nadan.

Sí. Es algo que observo últimamente en buena parte de la literatura que leo, y en casi toda la escritura que leo en los talleres de la gente que empieza a escribir. Me preocupa mucho, esta actitud cerrada a los sentidos, que no presta atención a las formas, colores, olores, etc. Es un tipo de narrativa muy mental, muy abstracto, muy puramente cerebral… Creo que, bueno, se nota mucho cuando se compara con escritores sobre todo de principios del siglo XX, como Pla o los primeros libros de André Gide, y se debe a que vivimos en un mundo de representaciones de la realidad y no de contacto directo con la misma.

—Como el simulacro de realidad, que decía Baudrillard, ¿no?

Sí, exacto. Simulacros, pantallas. Creo que eso es una pérdida tremenda, y me sabe muy mal. Me alegro ahora, cuando releo mis diarios, de ver que a través de ellos recupero sensaciones que había olvidado.

—En este segundo tomo se nota la división entre la situación personal, inherente, claro, y la situación editorial. ¿Fue tu entrada al ‘mundillo’ la que te despertó esa observación? Acentuarla, si cabe.

Siempre he vivido, por educación, por ambiente familiar, en un mundo de libros y de escritores y escritoras. Sin conocerlos personalmente, porque los que leía o estaban muertos o vivían muy lejos. Entonces, empezar a conocer personalmente escritores, sumergirme en un mundo que a mí me recordaba el de la novela de Balzac, Las ilusiones perdidas, me despertaba una enorme curiosidad. Ésta no era desinteresada, porque además estaba terminando una novela, quería publicarla, y por lo tanto me interesaba mucho entender ese mundo. Por eso, en este diario hay un enorme interés, un poco morboso (risas) por el mundo editorial. Creo que en el diario que escribo ahora eso apenas aparece.

—Como dijo Carmen Martín Gaite en El cuento de nunca acabar, y relacionándolo yo con la escritura diarística, es ésta una necesidad que se acaba volviendo imperiosa, ‘como meter el mar en casa’, ¿no crees?

Si se quiere hacer muy exhaustivo, como registro de la realidad, sí, supongo que es muy obsesivo y que podrías no hacer otra cosa en el día. De hecho, hay grandes diaristas que se han vuelto unos obsesos del diario. Por ejemplo, Amiel, que es uno que traduje, un diarista famosísimo que puso de moda el diario en Europa hasta cierto punto. Por ejemplo, Unamuno, Marañón, y estando estos muy influidos —en el caso de Unamuno— por Amiel. André Gide también le leía. Entonces, este hombre estaba tan obsesionado por la escritura de diario que, como él mismo dice, no tiene amores, no tiene obra literaria, no tiene vida social, no tiene nada porque sólo escribe el diario. Pero no es mi caso. Yo no intento registrar día a día todo lo que hago, ni mucho menos, porque no tendría interés y sería muy ‘time consuming’, que dirían los ingleses. Me llevaría mucho tiempo. Hablo únicamente de aquello que me llama la atención o me preocupa. Tampoco escribo todos los días sino, en general, una vez por semana.

—Se te ha alabado la impudicia, que sería mala su falta, pero ¿te han llegado comentarios de desacuerdo con esta serie de publicaciones? Por alusiones o similares a terceros.

No, todo el mundo está muy callado. A lo mejor me la guardan y van a devolver algún día (risas).

—Continúa aquí, ya próximo el final feliz, tu lucha con Último domingo en Londres, tu primera y batallada novela. Confieso que las lecturas, casi en paralelo, de tus diarios y ella son enriquecedoras.

No sé. Le tengo cierta manía a aquella novela, porque fue un proceso muy difícil y muy duro. Tanto el de la escritura como la búsqueda editorial, y no la he vuelto a leer. Supongo que sí, en general, los textos que se reflejan y se responden unos a otros siempre son interesantes.

—Cambiando de tercio este año te has visibilizado más en televisión para denunciar las aún vigentes injusticias contra las mujeres.

Este año no, creo que siempre. Desde que puedo, tengo acceso a los medios de comunicación, porque las injusticias contra las mujeres son universales, omnipresentes, están prácticamente en todos los ámbitos, y una vez que abres los ojos ya no los puedes volver a cerrar.

No sé qué efecto tiene esto sobre la imagen que doy como escritora. Pero me da igual, porque la urgencia de alzar la voz contra la injusticia, la indignación que me producen cosas como el proyecto de ley de Ciudadanos, la llamada Gestación Subrogada, todas estas cosas me crean una indignación que necesito expresar y aprovecho que tengo acceso a los medios para hacerlo.

—Dijo Emily Dickinson que ‘Nada envejece tan aprisa como lo que ayer fue sorpresa’. ¿Reconoces tus ayeres al releer tu diario, te sorprende?

Sí, me reconozco en mi diario. Afortunadamente creo que me he librado de algunas cosas que me complicaban mucho la vida o he salido de algunos callejones que parecían sin salida. Para mí el paso del tiempo es algo muy positivo, la madurez me parece estupenda, pero no soy ajena a aquella que fui, incluso a veces me gustaría ser un poco más ajena porque hay cosas que no he resuelto.

El test

¿Cuál es tu palabra favorita? ‘Hacer el amor’

¿Cuál es la palara que menos te gusta? ‘Practicar sexo’

¿Qué es lo que más te causa placer? Leer

¿Qué es lo que más te desagrada? El ruido

¿Qué sonido o ruido te agrada más? Arias de bel canto de Maria Callas

¿Qué sonido aborreces escuchar? Aviones pasando por encima del hotel

¿Cuál es tu palabrota preferida? ¡Cielos! 🙂

Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado hacer? Escenógrafa de ópera

¿Qué profesión nunca ejercerías? Cirujana

Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta, ¿qué te gustaría que te dijera al llegar? Felicidades, lo has conseguido

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.