La casa y la guerra

En la travesía que supone la escritura de un libro y su posterior búsqueda editorial, no se puede echar amarre y respirar aliviado cuando se encuentra ese favorable momento en el que se dice ‘sí’ y el texto puede ver la luz. Sólo es otro inicio, una vuelta a otra casilla de salida. Publicar libros es un ejemplo de los miles de eternos retornos que podemos imaginar. No basta una primera obra que deslumbre, se ha de ir a por la siguiente y la siguiente, así hasta que el ingenio, en pulso constante con la fortuna y el azar, dé de sí.

No debe preocuparse demasiado Gema Nieto con estos —importantes, no obstante— pormenores, pues su segunda novela, Haz memoria (Dos Bigotes), ha llegado silenciosamente, del mismo modo que hiciera con su primera irrupción en el mundo literario español. Sin necesidad de alzar un reclamo llamativo para dejar atrás su anterior libro, la autora se ha valido de las herramientas básicas que hacen funcionar, que insuflan vida, un nuevo trabajo: la discreta constancia e interés por imprimir calidad en lo que se está escribiendo.

Es esta una novela sobre la Guerra Civil en la que el conflicto sólo es nombrado, recordado, evocado. Es esta una novela sobre una casa familiar, a la que se haría dudosa calificarla de hogar, pues pese a los intentos, ni el lugar ni el momento ni los acontecimientos ni los hechos podrían permitírselo a sus personajes. Es una novela de personajes, femeninos en su totalidad; ellas conducen al lector por las estancias de sus vidas, acompañándole a hacer memoria, quitando el polvo y viendo dónde se marcaron los golpes, los sueños imposibles en un país que acababa de romperse, los agravios que se estiran en el tiempo como goma fundida. La Rusa, la que más queda de todas, podría merecer otra novela para seguir observando su particularidad, su fuerza. Es esta una novela faulkneriana, donde todo el mundo huele como los árboles y las pavesas calientes saltan en las frases airadas.

Aparte de resultar una lectura amena —pese a la mezcla de profundidad y estilo solaniego de Nieto, en buen equilibrio— que lleva hasta el final en un tránsito que deja un poso de tiempo bien empleado, uno ha de agradecer el detalle, presente en todas las páginas, de que Haz memoria no se avergüence en prestar atención a los materiales de los que esté hecho un cesto, el olor recogido de los soportales, la sombra de las tapias acaloradas de hiedra. Entre la cerebralidad reinante de la literatura actual, sin importar su procedencia, es un alivio que resistan los narradores a los que les son llamativos estos recovecos de la realidad; a veces ripios, sí, pero siempre destacables si la mirada está entrenada.

No puedo desvelar nada más. Invito a cada uno a hacerse con un ejemplar y buscar por su cuenta ese objeto olvidado en una esquina, llamado memoria. A veces un consuelo; otros, larga condena.

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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