Náuticos y chalecos

Ancha es Castilla y la Calle Serrano. Unidireccional, hacia el sur. Llena de tiendas orgullo patrio. Por allí bajaba sin disfraz el día 10 de febrero de 2019.

Las tiendas cerradas y la calle cortada. Es un placer caminar por Madrid cuando no hay coches. Como en el orgullo gay, como cuando el Madrid gana una Champions o como cuando varios partidos de derecha organizan una marcha pacífica para derrocar a un gobierno.

La capital se para por causas justas.

Hacía tiempo que no veía niños con pantalón corto en invierno ni el periódico La Razón en manos de tantos. Pensaba que solo hacían portadas.

Los abrigos de las señoras hablan de animales muertos y de caza pero sientan bien rodeados de edificios de la expansión urbanística del siglo XIX.

La peregrinación se dirige a Colón, centro estratégico del españolismo; al norte Plaza de Castilla, eje financiero, al sur La Cibeles, al este el Barrio de Salamanca y al oeste la sede del PP.

Bajo los pies de la plaza, un teatro con el nombre de un anarquista. Bien pisado. La CNT se revuelve en su tumba.

Mirando hacia arriba, cara al sol, Colón y una bandera de España que hoy ondea paralela al suelo gracias a un fuerte viento.

Los lateros han cambiado las cervezas por banderas de España y a ratos gritan con acento extraño, consignas patrióticas. No venden nada, todos han venido preparados.

Una niña con un paraguas rojo y amarillo grita “Pedro Sánchez dimisión” mientras su padre, legionario, le anima a subirse a hombros para que se le oiga mejor. Muy legítimo.

Hay perros que ladran pero no muerden disfrazados de españoles. Alguna tienda de animales se ha forrado haciendo bufandas, correas y zapatitos con los colores de nuestra bandera.

Carlistas que visten de negro y con botas altas, han quedado en el bar donde se fundó VOX y ahora caminan mirando la estatua de Colón pensando que todo tiempo pasado fue mejor.

En la plaza, un anciano grita en contra de los barcos españoles que salvan vidas en el Mediterráneo (¿?) y una familia de Toledo le escucha asintiendo.

  • Los amigos de mi hijo son todos extranjeros.

Pablo Casado camina entre la gente, está blanco; look de oficina. Por la cara se ve que no sale mucho a la calle.

Zapatos castellanos y náuticos corren a verle, sacan de sus chalecos plumas el teléfono móvil y le hacen fotos al grito de “presidente, presidente”. Varios hombres se rascan las patillas y maldicen la gomina que duele en un día con tanta ventolera. Pecho palante, pelo patrás.

Algunos jóvenes con pantalones pitillo y deportivas hablan en bajo sobre la corrupción del Partido Popular y aplauden cuando Albert Rivera clama por la unidad del país. Otros, que llevan el pelo hacia un lado, les justifican diciendo que no hay partido incorrupto.

Suena Serrat, se llenan los bares. Hay capotes de toreros y un chiringuito que vende cerveza en vaso de plástico. Autobuses que han traído la feria de abril y catalanes que hablan de los que se quieren ir como infelices.

Ancianos y jóvenes que parecen ancianos se confunden al ponerle letra al himno. Una señora se quita sus pendientes color rojo, amarillo, rojo y se los regala a una niña que miraba confusa cómo su padre hablaba de Venezuela, ¿pero esto no iba de España?

La manifestación por la unidad de España fue una pasarela de moda denominación de origen. Camisetas fabricadas en Camboya pero pintadas de rojo y amarillo. Como los melones de Villaconejos. Lo que importa es la etiqueta.

Porque España es una nación. Una gran nación. Imagínate los españoles.

Eso es así.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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