Negativo original — Miriam Moreno Aguirre

A los cuadros de Ramón Gaya es mejor llegar sin invitación. Producirán extrañeza; esa fascinación por los grandes clásicos en formas diluidas, en homenajes donde las copas de agua guardan el contenido de un mundo. Saldremos igualmente extrañados, y querremos volver a mirarlos. Así con su obra escrita. La mejor aproximación a las reflexiones plásticas y narrativas de este gran pintor, hasta la fecha, es el ensayo Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya, de Miriam Moreno Aguirre (Madrid, 1954), quien nos da, a los curiosos o iniciados, una guía por los senderos de una obra que, como el verso de Cernuda, ‘demora su esplendor cercano del ocaso’.

 

Las palabras

 

—Habiendo publicado anteriormente otro, más pequeño, libro acerca de la obra de Gaya, ¿dónde surgió el primer latido para llevar a cabo Otra modernidad?

Mi primer libro sobre Ramón Gaya fue El arte como Destino, un pequeño estudio que publiqué en la colección La Veleta de la Editorial Comares en 2010. Era una adaptación de mi trabajo fin del Máster de Estudios Avanzados en Filosofía. Mi propósito al empezar la tesis era partir del libro profundizando  y ampliando la investigación, pero luego me topé con la normativa del doctorado que prohibía expresamente incorporar cualquier texto ya publicado, aunque fuera del mismo autor o autora, como era mi caso. De modo que no tuve más remedio que plantearme el estudio de nuevo desde un punto de partida y estructura diferentes. En 2015 presenté e hice la defensa de la tesis de la que Otra modernidad, el libro que ahora edita Pre-Textos, es una adaptación más madura, condensada y concluyente.

—Al igual que Gaya pensaba que su obra no eran más que intentos de una no terminada, tú también invitas a quien quiera recoger el testigo a seguir expandiendo las interpretaciones y lecturas que su trayectoria nos sigue ofreciendo.

En efecto. La propuesta de Gaya era una «obra en marcha» que tiene gran calado y da mucho de sí. Su obra, tanto escrita como pintada, abre caminos y es fuente de inspiración. Defiende una actitud para con la naturaleza que permite percibir su hermosura y sentirse parte de ella, en vez de considerarla como una fuente ilimitada de recursos que está ahí para ser explotada. Una actitud compatible con la que defiende hoy la generación que está tomando el relevo cultural.

—Dos líneas filosóficas, principales entre otras, las presentas como primordiales para explicar el corpus gayesco: el krausismo y el inmanentismo. Al saber tras el premio que el ensayo se publicaría, ¿tuviste en cuenta la dificultad que en el lector podía causar la difícil entrada en estas corrientes?

Tanto las nociones de “arte para la vida” y del arte como prolongación del hombre confirman que la base de la estética y ética de Gaya provienen del krausismo y del ideario institucionista –llevado a la práctica en las Misiones Pedagógicas, en las que el propio Gaya participó–, y del magisterio de Juan Ramón Jiménez, de cuya poética partió el pintor murciano para elaborar la suya propia. Igualmente, al indagar cómo se articula su pensamiento estético con las propuestas filosóficas y teóricas del momento, se pueden reconocer principios filosóficos vitalistas, tanto de Bergson como de la filosofía trágica de Nietzsche.

Cuando presenté mi trabajo al Premio Amado Alonso intenté pulir las expresiones más académicas y prescindir de ciertas muletillas y tecnicismos, procurando la mayor claridad y precisión posibles. También intenté evitar la aridez y reducir el número de notas. Ahora bien, aunque no sea un libro para especialistas, no deja de ser un libro de filosofía.

—Los Homenajes, a partir del exilio mejicano, suponen algunas de las más representativas pinturas de Gaya. Nacen de su deseo de retomar el contacto con sus indispensables: Tiziano, Velázquez, entre otros. ¿Podrían también suponerse como un aparte, una personal visión de los bodegones o naturalezas muertas que recorren toda la historia del Arte? Aunque el propio Gaya rechazaba denominarlos así.

Los homenajes de Gaya no son únicamente bodegones. Encierran una gran complejidad. Se ha dicho de ellos que son altares laicos, motivados por la misma emoción con la que él realiza las copias del Museo del Pueblo. Con la ayuda de una reproducción que podía ser tanto una lámina como una simple postal, junto con vasos o copas de cristal, flores y otros objetos dispuestos como un pequeño altar, el pintor establecía un vínculo con lo que él llamaba «pintura de verdad» que eran las obras que no podía contemplar en México. Este era su modo de soportar el destierro. Y al aproximarse así a estas pinturas reclamaba la máxima dignidad del arte desde la doble faceta del artista: como contemplador y como pintor. De este modo designaba la pintura como la manifestación de una constante natural humana transversal a lo largo del tiempo y las distintas culturas, no únicamente como un fenómeno cultural o un hecho de sociedad o un muestrario de novedades, sino más bien como presencia y encarnación de una vitalidad que él consideraba sagrada.

—Es habitual la referencia a su Diario de un pintor. 1952-1953. Pese a su lejanía en el tiempo, sigue resultando una lectura misteriosa y certera hoy día. Encontramos ahí esa desnudez e importancia del aire y agua que inundan sus pinturas.

Toda la obra autobiográfica de Ramón Gaya es de gran interés, tanto el Diario de un pintor, su epistolario con María Zambrano y las Cartas a sus amigos. Son escritos en los que se aprecia la originalidad de su perspectiva llena de agudeza y lirismo. En ellos aborda los asuntos más variados: sus observaciones de viajero; sus impresiones ante el paisaje veneciano; su descubrimiento o reencuentro con la pintura de sus maestros o su condición de exiliado y sus impresiones al regresar a España. También está su crítica del mundo del arte y sus meditaciones en torno a la pintura, que responden a su necesidad de dilucidar la naturaleza de su propio impulso pictórico y del influjo que otras creaciones han ejercido en su obra. En todos sus escritos, incluidos sus poemas, se hace patente esa relación tan peculiar que establece entre la escritura y la pintura, dos lenguajes que parecen complementarse en su obra.

—Abres el ensayo con esta cita, de una carta inacabada de Gaya a Manuel Fernández-Delgado: ‘Porque ese arranque propio, y suyo, y único, que sin duda tiene todo aquello que nos disponemos a emprender, no se manifestará nunca muy claramente ni dará muchas señales de sí; no nos queda, pues, más remedio que intuirlo, que adivinarlo, que acertarlo…’

El motivo de empezar con esta cita, tiene que ver con lo relevante que es para Ramón Gaya la noción de principio. También, en cierto modo, intento sugerir que Otra modernidad se apoya en la estética de Bergson, adonde se define la creación como intuición pura. Gaya suele referirse más bien al instinto pictórico, pero en este aforismo señala la “intuición” como algo anterior a lo estrictamente racional, como presentimiento, como adivinación.

—¿Son así los mejores escritos del pintor, El sentimiento de la pintura y Velázquez, pájaro solitario, lúcidas intuiciones de algo que no llegará a manifestarse nunca?

Tanto en El sentimiento de la pintura como en Velázquez, pájaro solitario, sus ensayos mayores, la noción de sentimiento, matriz de la facultad creadora para él, aparece caracterizada como un poder o fuerza natural de origen misterioso que es común a todas las artes. Gaya sugiere que lo que se manifiesta en la pintura de Velázquez es algo que no puede decirse porque excede la lógica discursiva. Así el misterio que alberga el ser angélico del Niño de Vallecas no se puede explicar sino únicamente sentir, porque la pintura verdadera para él no consiste en narrar sino en captar en lo real el centro de la vida sin hacerlo explícito.

—Siendo alguien que pudo conocerle y trató durante sus últimos años, ¿hacia qué pintura suya sientes especial debilidad, Miriam?

Tuve la inmensa suerte de tratarlo durante los últimos treinta años de su vida. Fue alguien ejemplar, de gran generosidad y cercanía, un maestro en el sentido más pleno de la palabra.

Es difícil escoger un cuadro de Gaya. Todos tienen para mí su magnetismo. Es preciso señalar la importancia del agua, sus reflejos, transparencias, irisaciones, tanto en los paisajes como en los homenajes en los que la significación de la copa de agua resulta muy enigmática. Un cuadro que me fascina especialmente es La mano de doña Mariana de Velázquez, de 1951, sobre un detalle del cuadro que se “transparenta” a través del agua de la copa, cuya función es servir de lente que aproxima las pinceladas de la obra velazqueña, como si con esta imagen Ramón Gaya quisiera mostrar la dignidad de la pintura.

 

El test

 

¿Cuál es tu palabra favorita? Aurora

¿Cuál es la palabra que menos te gusta? Fiasco

¿Qué es lo que más te causa placer? La buena música

¿Qué es lo que más te desagrada? La agresividad, la chulería

¿Qué sonido o ruido te agrada más? La voz de Victoria de los Ángeles

¿Qué sonido aborreces escuchar? La contaminación acústica en el campo

¿Cuál es tu palabrota preferida? ¡Caramba!

Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado hacer? Música

¿Qué profesión nunca ejercerías? No podría ser militar, ni boxeadora, ni obispa

Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta, ¿qué te gustaría que te dijera al llegar? Vuelve a casa

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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